Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

El museo de Carlos Slim a dos meses de su apertura

El museo Soumaya abrió sus puertas al público el 29 de marzo del presente año con un sueño sin precedentes del millonario Carlos Slim: reunir lo mejor del arte universal y mexicano, según narra Mercedes Pérez Pergliaffa, en un reportaje especial desde México DF para la Revista Ñ.

Plateado, inmenso y todavía extraño a la ciudad, está recubierto por 16.000 espejos que forman su piel metálica de ofidio. Por dentro no hay paredes rectas sino que el espacio es blando, blanco, curvo. Por eso recorrerlo es como caminar por dentro de un huevo (en esto se parece mucho al Guggenheim, de Wright, en Nueva York). Contiene dieciséis colecciones de arte y un total de 64 mil obras, de las que solamente el 10 por ciento se expone al público. Y esto no es todo: tanto las obras como el edificio tienen un sólo dueño, el reconocido millonario mexicano Carlos Slim.
Aunque algunos lo llaman el “último capricho” de la persona más rica del mundo, según la revista Forbes, estamos hablando del nuevo boom a nivel museológico mundial, el Museo Soumaya, inaugurado hace algunas semanas en DF. Creado en memoria de su esposa, Soumaya Domit, esta es la segunda sede del museo. La primera está en funcionamiento desde hace diecisiete años en plaza Loreto, barrio de San Angel, con un perfil más discreto. Ambas responden a los mismos objetivos y criterios curatoriales.
Pero Carlos Slim no se conformó con crear solamente el Soumaya sino que también edificó todo el micro-barrio que lo circunda. Plantado al lado del barrio de Polanco, la zona más exclusiva del DF, es un mini-contexto de lo más reservado: de hecho, “Saks”,  marca de lujo con sede central en la 5ta avenida de Nueva York, tiene su local aquí.
Está claro que DF es una ciudad de contrastes profundos, y este nuevo micro-barrio –inventado donde antes existía un área despreciada– es su arista visible. Luego de atravesar la puerta del Soumaya y de pasar por los sensores de armas, nos damos cuenta de que no existe la boletería: la entrada es gratuita. Y ahí sí, vamos rápidamente hacia las obras, hacia la primera sala, tan solo una pequeña porción de los 17 mil metros cuadrados del museo.
En la planta baja asoma una sola pieza en exhibición, solitaria, unívoca, esperando sobre un altar invisible y en forma de bienvenida al espectador. Es El pensador de Rodin, una de las obras favoritas de Slim. Pero frente a ella, de manera más disimulada, se encuentra el último mural realizado por Diego Rivera. Si uno todavía no se intimidó con el envolvente espacio blanco que contiene a El pensador y mucho más lejanamente al mural, por la poco frecuente disposición curatorial de mostrar apenas dos piezas en un espacio que podría albergar cincuenta; si a pesar de todo esto uno, por casualidad, osa levantar la vista, verá que mediando entre esas dos obras hay unas sandías pintadas al óleo. Son del mexicano Rufino Tamayo. Y que bastante más lejos, al pie del comienzo de la rampa, hay expuesta también una copia del impresionante conjunto de Laocoonte, una de las muy pocas que existen (otra, de mármol, está en el Vaticano).
Historia local (Rivera), regionalismo (Tamayo), lo que algunos llaman “genialidad” (Rodin), y la presencia del clacisismo griego, “base” de la cultura occidental (Agesandro, Polidoro y Atenodoro): el museo nos ofrece primero sólo esto. Recién entonces nos invita a pasar a las otras salas, a disfrutar del desplazamiento por el inusual templo laico.
El recorrido, por sugerencia de todos, empieza en el último piso, el sexto. Cúpula del organismo arquitectónico, baja de ella una catarata de luz natural que pega directo sobre el bronce del grupo Las tres sombras, de Rodin. En esta planta circular todas son esculturas, distribuidas casi desordenadamente como en un patio. Son europeas, de los siglos XIX y XX; decenas y decenas de verdaderas obras maestras de Claudel, Bourdelle, Daumier, Maillol, Boucher, Carpeaux, además de esculturas en bronce de Salvador Dalí y una apabullante colección de Rodin (la segunda más importante del mundo después de la del Museo Rodin de París). En Argentina parte de esta colección se vio el año pasado en el Museo Nacional de Arte Decorativo.
Uno de los momentos más emocionantes del recorrido es ése donde los curadores ubicaron las cabezas de Rodin y de su amante, Camille Claudel, enfrentadas mirándose. Una, el retrato de él hecho por ella; la otra, el retrato de ella creado por él.
La primera maqueta de Los burgueses de Calais, múltiples manos de bronce –también de Rodin–, el Gran valsLa ola de Claudel, y los cuarenta y dos Dalí (sobre todo el impactante Cristo de San Juan de la Cruz, amén de unos relojes derretidos hecho en 3D), va haciendo que uno camine como hipnotizado en círculos, ya que la dinámica espacial en este piso es así, caracólica.
En el caso de las obras de Dalí, fueron compradas en bloque a un coleccionista suizo. Es que muchas de las colecciones del Soumaya fueron adquiridas por lotes enteros en remates o directamente a privados.
La sala de esculturas es, sin embargo, el comienzo de una fiesta que parece inacabable.El resto no se queda atrás. La colección de “Antiguos maestros europeos” –Greco, Tintoretto, Murillo, Rubens, Van Dyck y Brueghel–; la de “Impresionismo y vanguardias” –que despliega generosamente a Monet, Pisarro, Degas, Renoir, Signac, Rouault, unos preciosos Vlaminick y Gauguin, además de Picasso–; la increíble colección de “Antiguos Maestros Novohispanos”, la no menos valiosa de “Arte mesoamericano”, la de “Retrato mexicano del siglo XIX”, la de los “Paisajes del México Independiente” y la de “Arte mexicano del siglo XX”, se mezclan con otras de objetos no siempre considerados artísticos, como las estampas devocionales, las miniaturas y relicarios, la de “Monedas, medallas y billetes de los siglos XVI al XX”, la colección de “Moda de los siglos XVIII al XX” y hasta los manuscritos y objetos personales del escritor Gibran Kahlil Girban, tienen cabida en el Soumaya.
Es difícil hacer convivir todo esto en un mismo espacio, aun cuando esté distribuido en varios pisos. Por eso no sirve recorrerlos manteniendo un solo sentido, una sola forma de percepción y entendimiento, sino que al ir caminando hay que cambiar el chip varias veces, en varias de las zonas. Aun así resulta extraño ver, por ejemplo, la exposición de vestidos montados sobre una escalinata, al lado de los retratos del siglo XIX. “El criterio curatorial obedeció a la organización de acervos alrededor de grandes temas”, responde Eva Ayala Canseco, curadora del Soumaya, ante la pregunta de Ñ acerca del asunto. “La verdad es que la colección es tan grande que seleccionamos sólo las piezas más importantes. Otras se exhiben en nuestra sede de Loreto y el resto permanecerá en nuestros depósitos de arte. Es una decisión curatorial que se ha ido trabajando por años”, comenta.
¿Pero cuál es el mensaje que un museo tan ecléctico quiere dar? “Bueno, se trata de mostrar la gran diversidad del arte y de la cultura”, responde Ayala. “Y de compartir con los mexicanos lo mejor del arte europeo y universal.”
Es una especie de nueva cruzada casi heroica de arte, con una arquitectura llamativa, única, que necesariamente dará que hablar.


Publicidad

 

  • El edificio tiene 17.000 metros cuadrados que se retuercen sobre sí mismos
  • Alberga 16 colecciones en seis plantas que culminan con la obra de Rodin
  • Las piezas recorren 2.000 años de arte mexicano y europeo
  • El millonario mexicano posee 66.000 piezas compradas en subastas