Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Leonora Carrington surrealista hasta la muerte

La escritora mexicana Elena Poniatowska recuerda a la pintora Leonora Carrington, recientemente fallecida, personaje de su última novela “Leonora”. Revista Ñ presenta una nota de esta autora.

Mala mañana la de éste 26 de mayo en la que muere de neumonía Leonora Carrington en el Hospital Inglés, como lo llamamos en México, porque lo fundó Lord Cowdray.Para México, para todos nosotros los mexicanos, la pérdida de Leonora es grande y dolorosa porque se lleva nuestras posibilidades de ir más allá de nosotros mismos y de entrar a Westmeath, Irlanda, el país en el que los Sidhes te enseñan a tomar la vida como una aventura risueña y mágica. Los Sidhes son seres invisibles que acompañaron a Leonora mucho mejor que su Angel de la Guarda y ahora mismo lloran sobre su tumba también en el cementerio inglés.
En 1942, Leonora llegó a México y diez años después comencé a entrevistarla aunque odiaba contestar preguntas y detestaba a los reporteros. A cada visita en su casa en la calle de Chihuahua, mientras tomábamos té, me daba alguna información y así de año en año fui recogiendo el material de la novela Leonora. Siempre la quise, en una ocasión, el año pasado, al bajar la gran escalera del Palacio de Minería en el que le habían hecho un homenaje, me regaló una sonrisa tan bella que iluminó varios días o será que ahora soy más sensible a las sonrisas.
Leonora llegó a México casi en los mismos años que el gran exilio español que tanto ha honrado a México y tanto ha significado en nuestra vida cultural y social. Si el exilio español nos enriqueció como lo hizo, si Luis Buñuel y Remedios Varo fueron sus amigos, también el destierro de la fabulosa pintora inglesa ha sido para nosotros una aportación invaluable. Saberla viviendo en la misma ciudad en la que nos recogemos todas las noches era una bendición, una prueba de confianza, un honor, un privilegio invaluable. Habría que recordar el amor de los españoles al Museo del Prado y cómo salvaron su tesoro a pesar de los bombardeos, lo envolvieron como a un niño y lo llevaron a Ginebra. Leonora era nuestro tesoro y todas las noches le deseábamos que durmiera con los angelitos. Al compartir Leonora su creatividad con los mexicanos, al poner a un rebaño de monjitas en una embarcación que hace agua a la luz de la luna en Manzanillo, la pintora inglesa nos hizo más creativos y su desafío –el desafío de toda su vida– fue también nuestro. Si ella vivía entre nosotros, teníamos que estar a la altura, si ella nos había adoptado teníamos que rendirle el mismo homenaje que ella nos rendía al habernos escogido.
Mucho de lo que cuento en la novela ya estaba escrito. Ella misma se describió en varios momentos de su vida. Sólo cambiaba su nombre y el de Max Ernst o el de Joe Bousquet. En México sus cuentos publicados son “El Séptimo Caballo”, “La dama Oval”, “La trompetilla acústica”, “La Casa del Miedo”, “Memorias de Abajo” y críticos y especialistas en el surrealismo han analizado su obra extraordinaria y su vida también fuera de serie. La crítica de arte mexicana Lourdes Andrade tenia la llave de muchos secretos de la alquimia, del psicoanálisis junguiano y del esoterismo que atraía tanto a Remedios Varo como a Leonora.
De Leonora quisiera destacar dos temas que poco se han tocado. Se conoce poco su actitud ante el nazismo y cómo desde los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, a partir del momento en que los nazis entraron a Francia el 24 de junio de 1940, denunció en las calles de Madrid a Hitler, a Franco y a Mussolini y si la tacharon de loca era porque ella fue una clarividente y se dio cuenta del peligro antes que nadie.
Desde el instante en que dos gendarmes se llevaron por segunda vez a Max Ernst, el máximo pintor surrealista, a Les Milles, un campo de concentración en Francia, Leonora luchó contra la injusticia. La invasión de Polonia, la de Bélgica y de Francia la llenaron de rabia y en Madrid, ya desesperada, pidió una entrevista con Franco para decirle que no se aliara a Hitler y a Mussolini y repartió en la calle volantes pidiendo el cese al fuego. Antes que muchos, se enfrentó a Hitler y al fascismo. Entonces la tildaron de loca cuando en realidad se adelantaba a la inmensa locura que es la guerra. La encerraron en un manicomio en Santander. ¿Quiénes fueron normales? ¿Los que escondieron la cabeza como el avestruz o Leonora, la visionaria, que se alzó contra la guerra porque adivinó el peligro?
Otro tema conmovedor de su ya larga vida (el 6 de abril cumplió 94 años) fue su solidaridad con los judíos. El sufrimiento de Chiki, Emerico Imre Weisz, fotógrafo, su marido y el padre de sus dos hijos Gaby y Pablo está ligado a la Guerra Civil española. Chiki fue quien salvó la maleta de negativos de Robert Capa que hace más de un año apareció en México y que ahora es motivo de una película y un documental. Leonora, que no era judía, se indignó más que ningún otro artista por el trato que se les daba a hombres y mujeres, ancianos y niños que fueron llevados encerrados en furgones sin luz ni aire a un campo de exterminio. Desde entonces jamás dejó de mostrar su rechazo a una de las grandes taras de la humanidad, el Holocausto.
Pretendí rendirle con Leonora un homenaje, un tributo amoroso. Leonora nunca sacrificó su ser verdadero a lo que la sociedad convencional esperaba de ella, nunca aceptó el molde en el que nos cuelan a todos, nunca dejó de ser ella, escogió vivir en un estado creativo que hoy nos exalta y nos llena de admiración, defendió su talento desde la madrugada hasta el anochecer, primero contra su padre y después contra una clase social que pretendía imponerle leyes estrictas, las mismas que han impedido el florecimiento y la creatividad de hombres y mujeres de talento que finalmente se rinden y regresan al conformismo. Leonora Carrington nunca cedió, jamás le importaron las apariencias, nunca guardó la fachada, vivió para pintar y para sus hijos, Gaby, filósofo y poeta, Pablo, pintor y médico con quienes tuvo una relación entrañable, la más cercana que pueda darse entre una madre y sus hijos. El único fin de su vida fue defender su vocación de pintora y escribir textos que nadie más que ella podría escribir como el relato de su encierro en el manicomio en Santander que escribió primero en francés y tituló En bas, Down below, Memorias de abajo.
En torno a ella, en México, se hizo poco ruido porque escogió el recogimiento, el anonimato, el silencio, la vida lejos de los amplificadores de sonido y de imágenes ajenas a su aislamiento. Su casa era finalmente un retiro y su soledad era voluntaria.
¿Fue feliz Leonora? Quien sabe. ¿Somos felices nosotros? Ustedes dirán. Alguna vez, Leonora declaró que no tenía nombre para la felicidad pero sí lo tuvo para la rebeldía y se levantó contra la Iglesia, el Estado, la familia. Su imaginación fue más allá de las leyes, de los cartabones, de qué dirán. Su único rito fue tomar el pincel o tomar la pluma o guisar. Alguna vez puso a hervir al arzobispo de Canterbury en mole verde.
Con su sentido del humor, destrozó cualquier imposición hasta la de ser surrealista. Más que surrealista su mundo interior fue celta y su obra está muy cercana al mundo de su infancia, un mundo que nada tiene que ver con la lógica, un mundo inesperado de poesía que es el de los Sidhes, los little people que para nosotros, los mexicanos, son los chaneques que nos acompañan, jalan la comisura de nuestros labios para que sonriamos y nos desatan las agujetas de los zapatos.


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