Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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El París de las fotografías de Doisneau

Una vez que uno ve Simplemente Doisneau, en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, siente que es más que una muestra fotográfica, afirma un reportaje en la Revista Ñ de diario El Clarín. El mundo Doisneau desata historias: los personajes salen de las fotos, se meten en los poros y en los ojos hasta arrancar lágrimas o sonrisas. Y eso es algo que no pasa frecuentemente.
Cuando llego al Centro Cultural para entrevistar a Agnes de Gouvion Saint-Cyr, curadora de la muestra y especialista en la obra de Doisneau (con quien tuvo una fuerte amistad), Francine Deroudille, una de las hijas de Doisneau, y encargada de su obra, está en la sala. La invito a sumarse a la entrevista.
Son 139 fotografías en pequeño formato; algunas de ellas hubiera sido preferible presentarlas en formato más grande. La exposición pone el foco en los cambios que experimentaron tras la guerra los suburbios parisinos, donde vivió Doisneau. París y los suburbios fueron su gran obsesión. Ahí está ese inolvidable chico mariposa. Y los hombres y mujeres que trabajan de noche, los empleados de los cafés, botes, clubes nocturnos, prostitutas y vagabundos. “Le interesaba fotografiar el mundo nocturno, pero no tenía un interés en ese mundo. Le atraía más, y tenía un gran respeto, por la gente con trabajos duros, que se levanta de madrugada: el mundo que le gustaba era el del mercado de Les Halles”, recuerda Saint-Cyr. Y agrega: “Cuando llevaba a la agencia sus fotos de los suburbios, sus colegas le decían que eso no le interesaba a nadie. Sin embargo, siguió desobedeciendo, siempre con gran amabilidad”.
Su interés por los temas sociales y los sectores populares se evidencia, por ejemplo, en un collage que se exhibe en sala: la pertenencia de clase de las distintas familias determina la disposición espacial en un edifico de departamentos. Cada ventana es una foto de un interior al que Doisneau nos invita a espiar. Uno se encuentra con los inquilinos en su intimidad: Monsieur Dassonville con su pato; el señor Salkhazanoff y sus tres bebés; Claudio, el estibador, recostado en su camita, mirando las fotos y los dibujos de las mujeres desnudas que empapelan las paredes de su habitación (excelente fotografía), y otras de los conciernes (los encargados de edificios).
Algunas imágenes de exteriores parecen pinturas: “Los reflejos de la Bastilla” es como una ciudad fantástica en clave gótica, y “El Sena”, un inolvidable paisaje romántico. Hay también fotos que acercan al modo en que trabajaba las series en secuencias: como si fueran escenas de un film. Hay dos trabajos en los que captura, sin ser visto, la mirada del espectador. Una, ante La Gioconda; la otra, ante una pintura de un desnudo femenino en la vidriera de un anticuario: y logra un desfile inagotable de expresiones que van de la sonrisa hasta la indignación.
Las fotografías de Doisneau son hermosísimas y al tiempo melancólicas. Quedan grabadas. Es curioso: los personajes, esos que se meten por los poros, se vuelven tan cercanos que uno siente que conoce a “la mimosa”, a Monsieur Garofino, ahí caminando en el muelle de la Râpée, o al atractivo dependiente de Gabrillargues, manchado de carbón, que toma una copa en la barra del bar.
En 1939 se alistó en la Resistencia francesa (hasta 1940 cuando le dieron la baja). Y en el verano de 1944 en París, hizo un fotoreportaje de la resistencia (“El descanso del FFI”). Sus fotografías sobre la ocupación y liberación de París se hicieron mundialmente conocidas. En sus fotos de postguerra, se percibe con fuerza la urgencia por mostrar un mundo que se termina. Esa premura marca la obra de Doisneau: “Una vez me dijo que no sabía si era preferible fotografiar o actuar”, dice la curadora. Descontando que las películas eran un bien muy escaso y preciado, hay que recordar que durante la guerra para fotografiar era necesario, primero, pedir autorización a los alemanes, y, luego, dejar que el material fuera sometido a la censura. Doisneau, como muchos fotógrafos, no aceptó.
Con su formación de grabador y litógrafo, se dedicó a falsificar documentos. “Hizo aún más: un día llegó a casa un judío que estaba huyendo y le pidió que le hiciera los documentos en seguida: al hombre le estaban pisando los talones. Pero mi padre no podía hacerlo tan rápido: tenía que preparar sellos, dejar secar la tinta … Le dijo: hay una sola solución: voy a darle mi documento cambiándole la foto. Ese hombre durante la guerra se llamó Robert Doisneau”, cuenta su hija. Y sigue: “Muchos de los que participaron en esa red de resistencia, desde luego, no se conocían entre sí. Ya cuando terminó la guerra, mi padre se dedicó a fotografiar a todos los impresores clandestinos: decía que eran los héroes anónimos de la guerra”.
En sala, está también la famosísima fotografía El beso del Hôtel de Ville (París, 1951) de su serie de “Besos”, fotos que son puestas en escena hechas a pedido de la revista Life, para mostrar que en París los enamorados no andaban tímidamente. Y hubo besos en la Municipalidad, en la Ópera, en la estación de Saint Lazare, y la lista sigue. Doisneau llevó a una pareja amiga suya, y su cámara los transformó en protagonistas de una inolvidable historia de amor.
“Descontando a los que quisieron aprovecharse, es extraño que tanta gente haya pensado que era la que estaba en esa fotografía. Es algo que sorprende”, les comento a la curadora y Francine Deroudille. “Hubo muuuuucha gente (risas): todos habían sido modelos de la foto. En un momento teníamos miles de llamadas. Todos querían dinero, pero yo creo que también había gente sincera: todo el mundo quería vivir un momento como ese”, recuerda la hija del fotógrafo.
Hombre extremadamente discreto, Doisneau decía que “detestaba pisotear los jardines secretos”. Y así y todo, sin pisotearlos, auscultó a quienes pasaron delante de su cámara. Doisneau, el que siempre se definió como un cazador clandestino de lo efímero, y estaba orgullo de ser un fotógrafo de prensa (y de ser uno de los primeros en tener su credencial de fotoperiodista). Ese hombre desató historias eternas.


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La muestra estará abierta en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires hasta el 26 de Junio 2011