Ecuador, Viernes 31 de octubre de 2014
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Una mirada al arte de los 60 y 70

Sistemas, acciones y procesos 1965 – 1975 comprende una visión de dos lustros de cada una de las décadas que más convulsionaron el mundo del arte, o mas bien, fue el tiempo donde lo que se comprendía hasta ese momento como arte ya no fue suficiente.

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Podría decirse que el largo derrotero de siglos que llevó a los artistas a afirmar progresivamente su capacidad intelectual por encima de su habilidad manual culminó al promediar los años 60, cuando el arte acabó por imponerse como actividad del pensamiento más que manual, como publica en su reportaje Revista Ñ.

Mucho de esto tuvo que ver con los demorados efectos de la revolución industrial a los que, como señaló Duchamp, el mundo del arte había permanecido blindado hasta avanzado el siglo veinte. Los 60 produjeron un estallido y una puesta a punto en ese sentido. Fascinados con los nuevos medios, los artistas empezaron a investigar todo cuanto la tecnología ponía a su disposición. Video, fotografía y nuevos ámbitos de circulación ampliaron como nunca el repertorio de posibilidades que tenían a mano. Y no sólo produjeron una ruptura con la tradición de la producción sino que modificaron radicalmente la recepción, fundiendo la una y la otra en la acción. Así fue como, inexplicablemente para muchos, bajo el mismo término se empezaron a cobijar cosas tan diversas y difíciles de definir como una convocatoria a un happening en la Estación Central de Nueva York, una aburrida secuencia de fotos de una calle, increíblemente parecidas entre sí, o la acción dramática de un artista, que haciendo de artista, se presentaba en una galería con una liebre muerta en sus brazos y se paseaba ante los cuadros con la cara embadurnada de miel y oro susurrándole al animal una explicación de cada cuadro. Es fácil imaginar la tensión que esto produjo ante la falta de adecuación con la noción de arte que reconocía el mundo.

A comienzos de los 60 el sistema capitalista mostraba una increíble recuperación de los estragos de la guerra. Algo que generó una gran fascinación en los artistas y a la vez una profunda desconfianza por las implicancias en las relaciones de poder. No es casual que justo aquellos años alumbraran relecturas fundamentales de Marx y Freud como las de Louis Althusser y Lacan. Pero también textos de Foucault que exploraron las relaciones discurso-poder. O el conocido ensayo de Bourdieu Campo intelectual, proyecto creador, que describía descarnadamente a los ámbitos de la cultura como terrenos de lucha por la apropiación de un capital simbólico. Así, la obra de Duchamp, que llevaba casi 50 años soterrada, empezó a proyectar su sentido en ese insospechado presente cuya producción crítica empezó a ser concebida por fuera de los circuitos institucionales del arte. Todo eso expulsó a la figura intelectualmente activa del artista de la pura expresión individual. La plantó ante la responsabilidad de pensar críticamente su época y el sistema al que pertenecía.

Un poco a de todo eso refiere Sistemas, Acciones y Procesos. 1965 – 1975, la exhibición curada por Rodrigo Alonso que se exhibe en la Fundación Proa en Buenos Aires y analiza un período seminal cuyas transformaciones aún reverberan en la escena del arte actual. Un momento en el que coincidieron el nacimiento del arte conceptual, el minimalismo, el arte povera, las estrategias participativas del happening, la performance, el arte procesual y el arte de sistemas. Verdadero caldero en ebullición que acogió el preludio y los efectos del mayo del 68.

La muestra comienza con la obra de Raúl Lozza, a quien el curador señala como antecedente en nuestro país. Ya en los 40 el artista concebía la forma y el color según un sistema propio basado en relaciones matemáticas. Algo que no será ajeno a los postulados que luego desarrollará el minimalismo en los 60. En esa vecindad incluye a Alejandro Puente y Margarita Paksa con obras emblemáticas de 1967 en las que el primero indaga la forma en relación al color y la segunda la forma con relación a la luz. Y aunque ambas exploraciones expresan un interés en los artistas que atravesó siglos, aquí se manifiesta en un planteo analítico y espacial, que es distintivo de la época.

El conjunto, procedente de distintas colecciones, da cuenta del nivel de intercambios que caracterizó a la época. Incluye registros de acciones de orientación tan disímil como el “Vivo Dito” en Piedralaves de 1963 de Alberto Greco, la Acción encierro de Graciela Carnevale de 1968, la Coloración del Gran Canal de Venecia, de Nicolás García Uriburu (1970), o los “Señalamientos” de Edgardo Vigo. Todo eso junto a piezas fundamentales de Carl Andre, Alvaro Barrios, Mel Bochner y On Kawara que dialogan en un mismo plano sobre “el Sistema” o los “sistemas” con Juan Carlos Romero, Víctor Grippo, Joseph Beuys o Luis Benedit. Muchas de esas piezas son clave para entender las razones que pusieron el caldero en ebullición. Problemáticas similares se vinculan y se cruzan en afinidades formales que a su vez derivan de afinidades ideológicas o poéticas. Tal el caso del “tríptico” de botellas “Forma y función” de Horacio Zabala que ya puede conectar Con el Proyecto Coca Cola de Cildo Meireles, la obra de Camnitzer o con la máquina de escribir de Leopoldo Maler. El cuerpo y la política atraviesan buena parte de la muestra.