Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Una retrospectiva de Cruz Diez en Buenos Aires

 


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Si de arte cinético, si de experiencias con la luz, si de juegos ópticos se puede hablar en Latinoamérica, es imprescindible el nombre de Carlos Cruz Diez. Con la muestra ‘El color en el espacio y en el tiempo’ en el Malba de Buenos Aires que estará abierta hasta el 5 de marzo, sobra decirlo.

Una de las formas más radicales de pintura que empezaron en los sesenta con las tendencias desmaterializadoras del arte, llegaron a tomar forma con respecto al color en las experimentaciones y “ambientaciones” del artista venezolano Carlos Cruz-Diez.

La deslumbrante exposición, curada por Maricarmen Ramírez, directora del International Center for the Arts of the Americas del Museo de Bellas Artes de Houston (MFAH), institución que la organizó y exhibió en 2010, abarca seis décadas de la producción de este artista. Esto es un pormenorizado conjunto de más de 120 piezas que une indagación científica y experimentación sensible a través de relieves, dibujos, serigrafías y diversas estructuras en las que utiliza distintos materiales, desde cartones y maderas pintadas a mano hasta varillas de metal cortadas a máquina e impresas digitalmente. También, grandes ambientes a los que se suman instrumentos de trabajo y registros de una enorme cantidad de intervenciones urbanas, afirmó Revista Ñ.

Pero acaso lo más importante es que el conjunto logra instalar al visitante en la experiencia vital del color. Una experiencia profundamente sensual que lo atraviesa y envuelve, modificando su percepción del tiempo y el espacio. Esto es lo que ocurre fundamentalmente en el interior de dos obras de la exposición del Malba. Una es “Ambiente cromointerferente”, un ámbito blanco, totalmente alterado por proyecciones de bandas de color que modifican el piso, el techo y cualquier cuerpo que se encuentre en su interior. La otra es “Cromosaturación”, la gran ambientación donde el artista saca máximo partido de la radiación del color en el espacio y su persistencia en la retina.

“‘Cromosaturación’ tiene que ver con el espacio coloreado”, explicaba el artista el día de la inauguración mientras nos guiaba de un lado a otro para mostrarnos la experiencia que propone esa obra, lo que ocurre con la percepción y el porqué de las misteriosas vivencias cambiantes del color en ese espacio. “Es un problema de lectura del espacio coloreado por la luz –reflexionaba–. Cuando entramos domina el azul, porque es muy fuerte pero después de un rato el ojo no lo lee más y entonces todo se vuelve blanco –demostró– y si luego pasamos a la zona de la luz verde, ocurre algo parecido porque el verde es tan agresivo como el azul. Primero lo vemos con intensidad y luego lo dejamos de ver y si volvemos a la zona del azul, lo vemos aparecer nuevamente. Pero si entramos a la zona del rojo hay otra sensación física. La idea es que el color está en el espacio y que no es permanente sino que está en continua mutación”, concluyó Cruz Diez, entusiasmado como un niño que consigue incendiar un papel con una lupa.

La muestra incluye una selección de cuarenta Fisicromías. Se trata de series que empezó a elaborar en 1959 y postularon el color de un modo distinto al de las composiciones en la pintura tradicional. Son construcciones que exploran el carácter físico del color en sí mismo, a través de secuencias y tabiques alineados en forma vertical que funcionan como filtros para la reflexión del color. Pero a la vez son modificados según sea la proyección de la luz y la posición del espectador. Aquí también están las series de Color aditivo e Inducción cromática. Todas exploraciones del color y la visión basadas en el principio de persistencia en la retina y su prolongación en los colores complementarios. Puede que mucho de esto haya contribuido a encasillarlo en el arte óptico y cinético. Un lugar del que esta muestra y la investigación de 5 años que la precedió buscaron sacarlo.

“Más allá de que el artista ciertamente participó del cinetismo –admite Maricarmen Ramírez– lo que plantea esta exposición es que el movimiento, como tal, no fue estrictamente su principal preocupación”. En ese sentido este conjunto trata de reposicionarlo como uno de los grandes maestros del color en el arte del siglo XX. “Carlos Cruz Diez reflexiona sobre el color en un momento en que se convierte en un problema para los artistas –aclara Ramírez–. Su larga trayectoria que se remonta a 1954 comienza con una reflexión que parte de la pintura y el espacio. Pero coincide con un momento en que muchos artistas están tratando de abandonar la pintura y hacer propuestas más radicales. En este marco casi todos piensan que el color es un tema ya resuelto en el ámbito de la pintura y muy pocos son los artistas como Carlos Cruz-Diez que encaran una búsqueda en el color que a decir verdad es bastante solitaria”, concluye Maricarmen Ramírez y en ese grupo reducido menciona a Josef Albers, a Ellsworth Kelly y el brasileño, Helio Oiticica. “Son muy pocos los artistas que emprenden ese camino y desde mi punto de vista Cruz-Diez es el que más lejos llega porque se apoya sobre la matriz del cinetismo y con su conocimiento sobre la psicología de la visión y  su fundamento científico. De allí es que llega a proyectar el color al espacio”.

“Me he leído todas las teorías imaginables del color –apuntó al instante Cruz-Diez en ese amable recorrido por su muestra que condujo en el Malba– aunque la mayor parte de lo que conseguía de los artistas era anecdótico y superficial”, aclaró para finalmente confesar en voz baja: “Pensar que todo esto nació de un fracaso. Un fracaso de la idea de que un cuadro o una representación de una villa podría solucionar un problema fundamental de la sociedad, como la miseria. Fue entonces que me pregunté si no le haría mucho mejor a esa gente participar de lo que yo hago. Compartir conmigo algo de esto y que no sea yo quien venga a mostrarles a ellos lo que ellos son”. Así fue como nacieron las primeras piezas manipulables que hizo para la calle y, más tarde, las innumerables intervenciones públicas efímeras, como “Inducción cromática para un bus público”, de 1975, o permanentes, como las plazas de Barquisimeto y Porlamar, entre tantas, cuyos registros ocupan toda una sala de la exhibición.