Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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En Cotacachi celebran el Inti Raimy con vigorosos bailes

Fotografía fechada el 30 de junio de 2014 que muestra a un grupo de indígenas mientras celebran el tiempo de las cosechas y dan gracias al sol y a la tierra con vigorosos bailes y peleas, que guarda sus recuerdos ancestrales, en Cotacachi, una ciudad en el norte de los Andes de Ecuador. EFE/José Jácome

En Cotacachi los indígenas celebran el tiempo de las cosechas y dan gracias al sol y a la tierra con vigorosos bailes y peleas que pretenden ocupar la plaza mayor, que guarda sus recuerdos ancestrales.


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La fiesta se enmarca en la celebración de la Fiesta del Sol o Inti Raimy, en quichua, y es un agradecimiento a la “Pacha Mama” o Madre Tierra por las cosechas, especialmente del maíz, según comentó a Efe Edison Navarro, del departamento de Comunicación del Municipio de Cotacachi.

La toma de la plaza, sin embargo, tiene que ver con la historia, pues se recuerda que durante la conquista los indígenas fueron desplazados de la localidad por españoles y criollos hacendados, hacia las partes altas y la periferia.

Navarro señaló que la iglesia de Cotacachi está construida sobre un tola o montículo que es sagrado para los indígenas, pues allí celebraban sus fiestas y rituales antes de la conquista.

Por eso, el objetivo es “volver una vez al año” y ocupar el centro de la ciudad “para decir: No nos han vencido, seguimos aquí“, añadió Navarro al recordar que “siempre ha sido una fiesta guerrera, porque es enfrentar al poder“, representado en el Municipio y la Iglesia que se erigen a los costados de la plaza.

Los registros históricos señalan que la primera toma de la plaza data de 1755, cuando un grupo de mujeres indígenas ocupó el centro de la ciudad, incendió la Iglesia y enterró vivo al sacerdote que custodiaba ese recinto.

“Por eso esta fiesta siempre tuvo una connotación de fuerza” que se demuestra en el baile, con un zapateo fuerte y gritos que los indígenas dirigen a la tierra, “para que la Pacha Mama escuche”, agregó.

En medio de la celebración se suelen producir enfrentamientos entre las comunidades de las zonas altas y las de la periferia, por establecer la hegemonía en la ocupación de la plaza.

Las disputas, en algunas ocasiones, suelen concluir con heridos, aunque las autoridades municipales y de la Organizaciones Campesinas de Cotacachi han hecho esfuerzos para reducir los niveles de violencia.

“La pelea no es el fin en sí mismo, pero al ser una fiesta de mucha fuerza, de mucha energía, es inevitable que a veces se produzcan peleas” entre los bandos, agregó Navarro.

En el baile los indígenas forman filas y grupos numerosos que rondan la plaza con un zapateo armónico y fuerte y, a momentos, “silban y levantan sus aciales (látigos) cuando pasan por el Municipio y la Iglesia”, como desafío al poder, añadió.

Se escuchan -dijo- frases como “ula, ula, je,je”, por medio de las cuales los danzantes convocan a los espíritus, mientras gritan en quichua “yo soy de Cotacachi, esta es mi tierra, de aquí me sacaron”.

Esta es una de las pocas fiestas indígenas que “conserva elementos ancestrales fuertes” y por eso las autoridades civiles e indígenas de Cotacachi pretenden que “no se pierda” o se transforme en un elemento de folclor, agregó Navarro.

La fiesta, recordó, comienza el 22 de junio, un día después del solsticio, con un baño de purificación en una vertiente, una cascada o en la cercana laguna de Cuicocha.

“Cada comunidad tiene su propia vertiente sagrada” y el baño se lo hace con plantas andinas entre las que se incluye la ortiga, pero también los indígenas realizan plegarias a un “toro”, un montículo de piedra que representa a algún espíritu, relató.

En el sincretismo católico la fiesta corresponde a San Juan, San Pedro, San Pablo y Santa Lucía, por eso concluye el 1 de julio con un baile protagonizado por las mujeres de las comunidades.

“Esta fiesta -agregó- ha llamado la atención de turistas” que visitan esta rica meseta de la sierra andina, aunque no participan en los bailes por el riesgo que ello supone, al ser una celebración de “tanta fuerza y tanta energía”.
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Por Fernando Arroyo León, de EFE.