Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Xavier Oquendo Troncoso explora la soledad en su nuevo libro

El poeta Xavier Oquendo Troncoso. Foto de su cortesía.

Quito.- Xavier Oquendo Troncoso es, quizá, el poeta ecuatoriano vivo más conocido en el extranjero y el principal promotor de la poesía en castellano que hay en Ecuador y, muy probablemente, en América Latina.


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Mantis Editores, el sello que dirige Luis Armenta Malpica desde Ciudad de México, pone a disposición del público ‘Últimos cuadernos’ (Mantis, 2015), que reúne la obra que Oquendo Troncoso ha publicado desde el 2008.

El lanzamiento del libro será el 17 de septiembre, a las 19h00, en la Sala Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ubicada en la Av. 6 de Diciembre y Patria.

Presentarán la obra los periodistas Miguel Molina Días, de La República.EC, y Damián De la Torre, de La Hora, así como la poeta cubana Liyanis González y el cantautor español José Manuel Ruiz.

Oquendo Troncoso conversó con este diario sobre los temas de su poesía y su visión del mundo.

– ¿Qué es la soledad del poeta? ¿De algún modo esa soledad es la condición para la creación de la poesía?

– La soledad es un requisito indispensable para la creación real. Lo único que es individual es el arte. Yo creo en la soledad para conseguir una autenticidad en el trabajo poético. Recuerdo a Jorge Enrique Adoum decir que le hubiese encantado ser pianista de bar para hacer su arte de espaldas al público, como una suerte de creación fuera de los otros. Esa imagen me parece muy oportuna. Fue Euler Granda el que dijo alguna vez que ya no hay que buscar escribir bien, solamente, sino buscar una voz, una suerte de eco, y eso uno puede conseguirlo en soledad.

– Pese a que la poesía se escribe en soledad, ¿no termina, como piensa Paul Auster, conectándolo con otros seres humanos?

– La poesía es comunicación como todos los actos del ser humano. No hay forma de escribir para sí mismo. Uno escribe solo, pero necesita que los otros lo lean, lo escuchen. Es una necesidad imperiosa el buscar terminar el poema en el lector. Si bien es cierto uno no piensa en su lector, pero sí lo busca.

– ¿La soledad es un estado de sufrimiento?

Uno puede sufrir más en compañía que en soledad. La soledad sirve para pensar en los otros. Somos animales sociales que buscamos en los otros las otras soledades. Creo que fue Shopenhauer el que habló de un estado de sufrimiento. Es un estado necesario para renacer (esto ya no lo dice el filósofo citado). La felicidad larga o eterna se parece a la inmortalidad y las dos cosas son insufribles y aburridas.

– ¿Escribe poesía para mirarse con la ayuda de las palabras?

– Escribo poesía para seguir presente en el mundo. Para ser en el mundo. Para tener amigos. Y sí, puede ser que las palabras ayuden a la identificación del individuo, pero lo mío es más terrenal que lingüístico.

– Tu dices: “Están siempre esperando/ que los acompañe/ esa mísera persona/ que los habita/ mientras el tren pasa.” ¿Quién habita en el poeta solo?

– Todos somos un montón. Es decir en todos habita un microcosmos que obliga a vivir, amar, odiar: todo afecto es una forma de ser uno mismo. Todas las personas que te afectan sentimentalmente viven en ti y te hacen distinto. Te renuevan.

– ¿Qué papel juega la naturaleza y sus fenómenos, como el viento, en tu proceso creativo?

– Yo he escrito mucho sobre el mundo contemplativo natural. Las aguas, las montañas, los desiertos, los vientos siempre han estado en mi poesía. Allí es donde se vuelve real aquello de que la poesía está en todas partes. Sucede que la posmodernidad humana ha perdido la capacidad de asombro y el poeta es un irresponsable si no se diera cuenta de ello.

– Tu dices: “Donde el amor esté,/ yo salgo solo”. ¿Cuál es la relación que existe entre el amor y la soledad?

– Es una pregunta difícil, porque en amor esencial es donde uno efectivamente podría aportar nuevas visiones. Por eso es tan difícil la poesía de amor. No tanto la del desamor. Llegar a conceptualizar el amor individual es muy complejo en un poeta contemporáneo. Pero creo que eso solo se podría hacer en soledad. Uno piensa siempre en el amor cuando llega la frialdad del desamor y la abundancia del deseo.

– Defines al amor, entre otras cosas, como “viento sexual”. ¿Qué papel juega el sexo en tu proceso de creación poética?

– La sexualidad más tiene que ver con el deseo que con el amor. Y ese deseo pasa, como el viento.

– Hay un elemento espiritual, incluso teológico y propiamente religioso en tu poesía. ¿De donde viene?

– Esto es un gusto irrenunciable que tengo con la historia hebrea. Me encantan los parajes bíblicos y las historias antiguas y míticas del Oriente occidentalizado. No soy religioso y menos clerical. Todo lo contrario. Sin embargo creo en estos personajes vinculados con la religión de occidente y sus mitos, son algo así como mis superhéroes.

– “Cicatrices” es un poema fuerte. ¿Cómo fue el proceso creativo? ¿Crees que el escritor, como pensaba Hemingway, se desangra en sus textos?

– Este poema lo escribí en crisis verdadera. Quiero decir que estaba muy cargado de dolor. Entonces descubrí “la teoría del niño herido”, leyendo un magnífico libro de un siquiatra alemán que habla de las terapias practicadas a una serie de pacientes en base a la reconciliación con su niño interior. Me pareció genial encontrar ese niño herido mío. Y aunque no lo hallé completamente, salió este poema que hizo las veces de terapia.

– En tu obra reflexionas sobre el “ser” poeta. ¿Por qué viste la necesidad de redefinir el oficio del poeta?, ¿a dónde te han llevado esas divagaciones?

– Yo, a diferencia de muchos hacedores de versos, creo que un poeta debe efectivamente ser una persona que se las cree. Cómo no pedirle a un ingeniero o médico que no se crea lo que es. Los poetas tienen una misión que es escribir poesía para justificarse en el mundo. Me gusta pensar en los poetas como personas que viven una suerte de apostolado, sin que este sea caer en los estereotipos del poeta maldito o el poeta exquisito. A la larga los poetas están sumergidos en un gremio más inútil que los otros gremios, pero gremio al fin, y deben buscarse en los otros también. Hay un oficio en los poetas que no es producto de la casualidad.

Xavier Oquendo

– Uno de los grandes temas de Jaime Gil de Biedma fue el lento pero indetenible proceso de dejar la juventud. Es un tema que, hoy, aparece en tu obra. ¿Estás dejando registro del inicio de tu propia pérdida de la juventud?

– Me gusta ese tema. El tiempo siempre deja huellas de lo que vendrá. Y claro el momento más luminoso del ser humano es la juventud porque vas descubriendo la vida real. En la niñez descubres la vida fantástica. En la adultez recuerdas esas vidas, das cuenta de tus actos creativos y regresas a los recuerdos, con humildad. Eso es lo ideal.

– ¿El poeta explica lo imposible? ¿A quién le beneficia esto?

– Te respondo con unos versos de Silvio Rodríguez, la primera parte de tu pregunta: “Yo he preferido hablar de cosas imposibles/ porque de lo posible se sabe demasiado”. 
La poesía no es un benefactor de nadie. Acaso del propio poeta, sin embargo los lectores de poesía saben que la poesía “sí hace el milagro”, pero como diría Octavio Paz, el peso más grande de la poesía está en el misterio.

– ¿Qué es el aire para ti, como poeta, además de la atmósfera que habitas?

– No me propuse dotarle de nada al aire. De hecho el título de mi libro “Lo que aire es” salió de un verso de uno de los poemas que lo conforman. Sin embargo el aire es pues un elemento natural básico para entender la naturaleza, pero solo para reinterpretar el misterio, de que ya hablamos en la pregunta anterior.

– ¿Cómo te relacionas con la memoria? ¿Cómo aparece ella en tu obra? Dices: “Voy camino, con paso firme, hacia la estación/ del recuerdo”.

– Ah, la memoria sí es primordial. A mi juicio la materia prima de la poesía. Aun más que la belleza y las reglas de lo estético, la memoria es ese otro universo en donde descansa la poesía. Memoria e inteligencia van de la mano, y entre ellas está el conocimiento y la intuición. He ahí la ecuación de la poesía.

– En “La más dura despedida” encuentro resonancias de Dávila Andrade. ¿Qué significa ese autor para ti?

– Dávila es para mí el poeta que inaugura la contemporaneidad en la poesía ecuatoriana. Enorme poeta que explora el mundo macro en su micro universo. Es auténtico sobretodo, no se dejó llevar por modas estéticas ni discursos políticos. Solo por el poema sobre todas las cosas.

– Tu fuiste amigo de Juan Gelman. ¿Cómo fue que se convirtió de amigo admirado en motivo de tu poesía? ¿Con eso pretendes que siga vivo para ti?

– Aquí cabe hablar de los beneficios de la memoria. Si Gelman murió queda su recuerdo. Amo la poesía de Gelman y la respeto tanto que he tratado siempre, en lo posible, que no se me “pegue” su labor metalingüística con la poesía. El poema que dedico al maestro argentino, sin embargo, no es un homenaje para él, es más bien una forma de entenderlo a través de mi dolor. Una suerte de diálogo de dolor a dolor.

– ¿La poesía y el acto de redefinirla y tratar de entenderla te ayuda a “estar” en el mundo?

– Sí. Uno siempre quiere definir los misterios. Así nació la inteligencia, tratando de excavar en los problemas filosóficos: el amor, la vida, la muerte, la poesía. Son temas del mismo saco. Absolutamente imposibles de conceptualizarlos, por lo tanto, inagotables, eternos.

– ¿En “La posta” intentas hacer con tu padre lo mismo que haces con Gelman en el poema que le dedicaste? ¿Por qué escribiste ese poema?

– “La posta” nace a partir de la muerte de mi padre y de mi realidad como papá. Muy pocas veces se escribe de la paternidad. Hay muchos poemas al padre, pero de la paternidad no hay tantos, como de la maternidad, por ejemplo. Y en mi caso, ser papá, me cambió la vida, porque dividí mi vida en el padre que soy y en mis hijos.

– Rimbaud y otros genios de la palabra dejaron de escribir cuando pensaron que ya lo dijeron todo. ¿Crees que te faltan cosas por decir?

– Por suerte siento que estoy repleto. Que el cántaro de lo que debo decir está lleno. Esto es el sentimiento del insatisfecho del que hablaba Gelman. Siempre hay que tener insatisfacción con lo que uno hace para seguir buscando. Siempre espero que el siguiente “cuaderno” diga algo que me tenga satisfecho más tiempo, pero cuando uno come manjares, luego de unas horas viene el hambre. Y continua comiendo.