Ecuador. Jueves 23 de Marzo de 2017
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Paúl Tellería: “Me interesa narrar sin sustraerme de mi tiempo, de la realidad que me convoca”

Paúl Tellería, poeta bolivia. Foto de Cristian López.

Gabriela Mistral, en uno de sus poemas, decía de su Chile “País de la ausencia,/ extraño país” y como no retomar estos versos para hablar de los otros países hispanoamericanos, tan lacerados por la historia. Por eso, retornar a pensarnos por medio de la escritura se vuelve imprescindible. En el fondo, cuando crecemos, nos sentimos extranjeros de nuestras propias patrias al ver cómo nuestra infancia se va corrompiendo y es en el acto literario en donde (re)pensamos nuestra identidad, desde la diversidad. Ante esto, en Ecuador salió la Antología de cuento Una espuma de música que flota, que reúne a ocho autores de dos países hermanos: Ecuador y Bolivia.

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Para eso, conversamos con uno de los autores bolivianos, Paúl Tellería, quien participa en esta Antología de cuento y nos da sus impresiones sobre el acto de escritura.

CL. Pienso en la frase de Enrique Vila-Matas: “Escribir es dejar de ser escritor”, cuál crees debe ser la función del escritor al momento de enfrentarse con la creación.

PT. La pregunta en sí entraña la trampa de la dicotomía “o leo o escribo” o lo que en su momento debatía con amigos literatos que sentenciaban sin temblarle la voz: “no estudies literatura, el momento que lo hagas dejarás de escribir”. Probablemente, Vila-Matas se refiera al hecho de que escribir es dejar de lado el ideal imaginado de “el escritor” y enfrentarte con el oficio de la escritura y eso, además de doler, requiere trabajo, por eso la tentación de tirar la toalla siempre está presente.

La escritura, cuando decides asumirla con los riesgos que entraña, es un acto en esencia perverso, un juego de látigo empapado en miel, la broma radica en que amo y esclavo habitan dentro tuyo. El primero es implacable, te demanda escribir sin descanso, sin respiro y de tiempo en tiempo cede a los llantos o placeres del esclavo y lo aleja del látigo para permitirle dedicarse a cosas más banales, como caminar, ir al cine, respirar la vida en las redes sociales o fuera de ellas.

Creo que para enfrentarse a la creación hay que tener coraje y aceptar que antes de producir un párrafo relativamente decente tendrás varias jornadas que, por más látigo que te impongas, frente a una página en blanco, no hay que perder la paciencia. El proceso creativo, implica también saber hacer con los largos periodos de sequía, esos en los que te quedas días mirando el papel (la pantalla en estos tiempos) y con los febriles episodios de “diarrea verbal” donde uno escribe sin parar páginas y páginas.

En esa medida creo que el proceso creativo es un espejismo, una está convencido de que está creando algo, cuando en realidad es un vehículo un canal para que otro hable. Porque hay una soberbia absurda en esto de la escritura, uno se cree dios, un miserable dios menor de los personajes que nacen de su pluma, cuando es completamente al revés, ellos ya estaban antes de ser “creados” solo esperaban el momento de salir. Al hablar sobre el otro en la escritura debo reconocer que me traiciona el psicoanalista frustrado que habita en mí y no puedo evitar citar a Lacan cuando afirmaba que el artista le lleva la delantera al psicoanalista, se le anticipa. En el caso de la literatura, creo que las manos son el puente que encuentra lo no dicho para ser hablado, desde un registro distinto al cotidiano. A Borges le interesaba menos como la realidad afecta a la ficción que como la ficción afecta a la realidad, creo que esta idea abrocha bien lo que decía hace un momento uno “cree que crea” cuando no tiene ni idea y es la ficción la que se filtra por la forma de percibir la realidad en el que escribe, aquella de todo lo leído, todo lo absorbido y otorga la ilusión de la creación.

Todo lo anterior puede resultar muy abstracto y tal vez no sirve de nada para el novel escritor que anhela el recetario de la buena escritura. En esa medida habría que decir algo más mundano, por llamarlo de alguna manera, y eso es tal vez el hecho de que uno aprende a escribir escribiendo ¿De dónde se obtiene la tinta? Pues de leer sin clemencia. Al respecto podría añadir que es útil tener siempre en el bolsillo una libreta que te acompañe en el proceso creativo, en esto que un amigo poeta llamaba perseguir el tema y anotar todo lo que tiene relación con él.

Para hacerlo simple, si uno decide crear una historia sobre la mesa en la que escribe deberá destripar la mesa, meterse en la madera de la que está hecha, en el barniz que se usa, en la historia detrás del carpintero, en suma convertirse en la mesa y en su creador. La fórmula suena fácil pero requiere mucha rigurosidad y sacrificio.

CL. ¿En tu proceso individual ¿existe alguna fórmula al momento de crear literatura?

PT. En cuanto al proceso individual de creación, a mí me funciona escribir rápido y corregir lento, no soy de los que medita cada párrafo, soy de los que escupo palabras de una sin filtro previo, dejando que la voz del otro diga lo que quiere decir, que la historia decida por donde seguir y luego hago la pausa, leo, re leo, reviso, edito, corto, quito la maleza y pongo el punto final, eso sí, hay que saber cuándo poner el punto.

Podría acotar también que escribir es aquel saber hacer con lo que uno absorbe en periodos de sequía, lo que recoge de la lectura, de la música, del cine, de las charlas de café, de las complicidades en un bar a la madrugada. Todo eso llena, el balde mental, hasta que un rato algo se desborda, algo te pide ser escritor. Entonces surge el látigo inclemente y escribes con desesperación y deseo, escribes hasta que te sangren las yemas, rápido como una metralla verbal.

Por último, no sé si hay formula en esto de crear historias, en el género de hacer cuento que en esencia es el más complicado y ante la falta de respuestas siempre es útil volver a la vieja y lúcida definición de Julio Cortázar que afirmaba que la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Lo que no significa que uno se debe lanzar a la pelea sin preparación, por eso tal vez usando una analogía futbolera el proceso creativo es el entrenamiento para la pelea que uno la juega con el lector y es de este lance que el escritor noqueará o saldrá noqueado.

CL. La originalidad es un tema importante en el quehacer literario, cuéntame, cuál es tu aporte en la literatura.

PT. No sé si en este tiempo se pueda hablar de originalidad, habría que preguntarse qué hay detrás de aquella palabra. Quien diga que ha hecho algo nuevo es un impostor, la literatura es una copia de la copia de otro y uno mientras más se adentra en ella se da cuenta que poco queda por decir de la forma en la que lo dijeron antes los grandes, por eso creo que es imprescindible de tiempo en tiempo volver a los clásicos, re visitarlos con ojos de presente siempre refresca y entender que más que originalidad el tema no se trata de narrar lo mismo de antes, sino de cómo lo narras.

No creo en la originalidad y en decir que lo que hago es un aporte único al mundo de la narrativa, me parece hasta arrogante. Tal vez podría afirmar, con riesgo a equivocarme que he tenido el valor de poner mi escritura ante los ojos del otro, en la medida que al publicar tu obra ya no te pertenece. Si algo de lo dicho mueve algo, genera algo no solo desde lo estético, sino desde el encuentro íntimo con la palabra habré generado algún efecto. En esa medida mi aporte será aquello que el lector quiera recoger de mi escritura y nada más, una especie de disparador de preguntas al lector para su historia.

Lo anterior no significa un consuelo de tontos en absoluto, sino más bien una forma de aceptar con humildad que nadie inventará la historia jamás contada, sino más bien pasa por el hecho de aceptar que el oficio de escribir es anterior a nosotros y seguirá existiendo luego.

CL. En Ecuador participas en la antología de cuento Una espuma de música que flota, con el relato Alex, qué significa para ti esta inclusión.

PT. Pues una alegría, ignoro la génesis del mismo pero asumo que nació como se gestan las cosas más locas y lindas de la vida, entre copas, en una enriquecedora charla de madrugada entre dos tocayos uno narrador e inclemente cuentista Paceño (Christian Kanahuatty) y otro poeta futbolero ecuatoriano) (Cristian López Talavera). En todo caso, el haber sido invitado es un orgullo y me otorga la oportunidad de que mi narrativa cruce las fronteras de mi país y sea conocida en un país hermano como Ecuador. Estoy feliz por eso y espero que permita que nuevos puentes se tiendan y la espuma de la palabra trascienda la cordillera de vuelta y se instale en Bolivia.

Al final, la literatura tiene la capacidad de romper fronteras, no necesita pasaporte, es del que lea y donde lo lea. En esa medida la antología es un encuentro interesante en escritores y escritoras de dos países con mucho en común y espero sinceramente que permita un encuentro de voces que perdure en el tiempo.

CL. Alex es un tributo a la obra de Roberto Bolaño. Cuéntame el proceso de creación de tu cuento.

PT. Evidentemente, en Alex hay una clara referencia a Roberto Bolaño, a Putas Asesinas y tangencialmente a Los Detectives Salvajes, al referirme a la historia de Alicia Escaffo. Sin embargo, es también un homenaje a las mujeres combativas, indignadas y valientes y una parodia al personaje femenino de Putas Asesinas, en el buen sentido del término. En la construcción me apropié de algunos elementos del cuento de Roberto Bolaño y los torcí un poco, matizándolos con aspectos actuales, con referentes inevitables de la música y el cine que influyen mucho en mi obra.

Por otro lado, es también una forma de reivindicar a las mujeres que toman revancha desde un acto de violencia y en esa medida se inspiró en mujeres reales que conocí, atrapadas, encadenadas, dependientes, como Alex. Inmersas en historias perversas de las que buscan la salida y a la vez no quieren irse, algunas lo logran, otras acaban muertas.

Alex como parte del Acto de Agua es también una historia de violencia de género, de esa asumida como parte del amor, de esa que te atrapa y se resuelve con más violencia, de ahí a que sea la mejor vía o no, no es tema de esta historia al final como me dijo una amiga ¿Quién no quisiera hacer lo que hizo Alex.

CL. ¿Qué le interesa narrar a Paul Tellería?

PT. El resultado de aquella disputa intensa entre la vida y la muerte, lo cotidiano, lo que dispara en mi palabra una historia de carne y hueso, una buena película, un encuentro, un viaje, un buen libro. Me considero parte de una generación de escritores bisagra entre la generación Mac Ondo que surgió en los años noventa como forma de separarse de la escuela del realismo mágico y que incluye escritores como Edmundo Paz Soldán, Sergio Gómez y Alberto Fuguet y aquella post generación X que defiende una literatura en la que se rechazan elementos locales y que busca la construcción de historias globales vaciadas de cualquier referencia local, a tono con un mundo cada vez más pequeño e interconectado y que en Bolivia trae voces de una fuerza impresionante y arrolladora como Liliana Colanzi, Sebastián Antezana, Rodrigo Hasbún, Wilmer Urrelo, por nombrar a algunos.

En esa medida creo que como narrador soy de los que insiste que uno al escribir no puede abstraerse de su realidad social e histórica, en eso coincido con Daniel Link cuando dice que la literatura no puede pensarse separadamente de las tensiones de su tiempo. Uno no puede pretender escribir como un acto solitario y onanista, no es posible pretender escribir sin que lo escrito lleve a formularnos preguntas sobre el presente, la relación de uno mismo con el tiempo actual, con el lugar geográfico y social que ocupamos.

Tu pregunta me lleva también a recordar las palabras de la escritora cruceña Giovanna Rivero, en relación a los textos del Acto de Agua “El enorme encargo que esta escritura asume consiste, precisamente, en suturar sus existencias nuevamente mutiladas, esta vez por el olvido, la impunidad, la naturalización sistemática de una cultura enferma, las estúpidas expectativas sobre los géneros o, simplemente, la indiferencia” En esa medida creo que algo de eso hay en mi narrativa, una forma de escritura por encargo, auto impuesta desde la voz de otro que me lleva a escribir como acto de incomodar, no de distraer o divertir. En pocas, tengo una recurrente necesidad de escribir sobre la muerte, sobre la violencia, sobre aquello que nos muestra los peores lados del ser humano y a la vez nos permite creer en que puede haber algo más, en ese sentido pienso que cuando escribo aporto un poco a recoger la basura y la miseria humana, la mía y la ajena, para encerrarla entre paredes de ficción.

Por eso puedo decirte que me interesa narrar sin sustraerme de mi tiempo, de la realidad que me convoca, mirando de frente a lo que nos incomoda, la mayor de las veces desde sus lados más oscuros y frente a la pregunta ¿Si es posible o válida en este tiempo una narrativa comprometida con la realidad que te convoca como escritor? No lo sé, en todo caso habría que preguntarle a Michel Houellebecq que en su última novela Sumisión toma elementos de la Francia de este tiempo para construir una realidad en el año 2022 que hoy por hoy luego del 13 N incomoda y lleva a preguntarnos sobre el papel de la literatura en la sociedad actual y esto de que la realidad copia a la ficción, pero bueno ese sería tema de otra charla.

Más sobre el autor.

En el campo literario empieza escribiendo poesía, inspirado en lecturas de los clásicos Bécquer y Amado Nervo. Sus primeros textos aparecen en Abrapalabra, proyecto que sobrevivió hasta el octavo número y en el que hicieron sus primeras armas poetas locales como Jessica Freudenthal.

En el año 2003 publica su primer libro “De las especies Innombrables” (Fragmentos de ausencias y bienvenidas). En el año 2008, publica Trajines y Haceres libro que recogen textos en crónica, relatos en prosa y poesía del periodo 1999 a 2007. En ese mismo año, colabora junto a Santiago Roncagoglio en una revista chilena con un texto que hablada de la ciudad La Paz. En el 2014, publica el libro de cuentos El Acto de Agua, Lleva como temática transversal la violencia de género y reúne 13 cuentos que hablan del amor, de aquel afecto infame, enfermo, perverso, que se traduce en muerte, en revancha, en cobardía. (I)

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Por Cristián López Talavera