Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Something flew, something… o el simulacro de un vuelo parcial

Por Aníbal Páez

De primera vista la imagen deviene en poesía espacial, el escenario, revestido de unas estructuras metálicas en el centro y uno de los extremos que nos trasladan de inmediato a una especie de celda, deja entrever una hilera de sillas dibujando una diagonal penumbrosa que acapara la retina del espectador.

Por Aníbal Páez


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De primera vista la imagen deviene en poesía espacial, el escenario, revestido de unas estructuras metálicas en el centro y uno de los extremos que nos trasladan de inmediato a una especie de celda, deja entrever una hilera de sillas dibujando una diagonal penumbrosa que acapara la retina del espectador. Entonces aparecen uno por uno los personajes de la obra, trazando un recorrido que transforma la percepción tiempo-espacio y nos introduce con entusiasmo a un mundo donde el cuerpo y su presencia en el escenario adquieren un valor distinto al cotidiano; y es precisamente aquello, la cotidianidad del discurso que prosigue, lo que salta de inmediato y hace trastabillar la poesía que se ha tejido con anterioridad. Es decir, los dos lenguajes más fuertes que propone la puesta: el del realismo en la actuación y el de la búsqueda de un cuerpo otro encarnados en las presencias vigilantes que trazan (danzan) recorridos subrepticios y fragmentados, no logran compaginar del todo y, más bien, aparecen como flashes de belleza inusitada, hermosos en sí mismos, pero dislocados con el registro actoral que marca la obra.

Hay que resaltar el hecho de que Jaime Tamariz por segunda ocasión incorpora en su producción pasajes enteros de danza contemporánea en una ciudad como Guayaquil donde todavía es difícil ubicar ese término fuera de la bailoterapia y los ritmos tropicales; es un acierto que no pierde valor por el hecho de que no logre complementarse del todo en la escena, es una apuesta y una búsqueda que poco a poco irá fortaleciéndose en beneficio del espectador y lo hace de la mano del coreógrafo y bailarín Chevi Muraday y dos integrantes de su compañía, que merecen mención aparte por la limpieza y fuerza interpretativa de sus intervenciones.

La historia es sencilla, un hombre llega a un hospital psiquiátrico fingiendo un desorden mental para evitar ir a la cárcel y de a poco va ganándose el cariño y admiración de los otros internos ante el creciente odio de la enfermera impasible que ve su autoridad en peligro.

La metáfora de la sociedad de valores trastocados donde el más “cuerdo” es quien maquina las peores acciones de crueldad y violencia, se enturbia con la intromisión, a nuestro criterio excesivo, del gag televisivo y el chiste obvio. Es difícil, para un televidente promedio, escapar de la comparación automática entre la kinesis y gestualidad de Joel Benavides -David Reinoso en la obra- y el marciano Sabrosonix, personaje interpretado por Reinoso hace ya una década.

A la obra se le agradece la búsqueda de imágenes y composiciones con la luz y el espacio que no vimos en anteriores producciones de Jaime Tamariz; hay una intención en la puesta en escena de construir atmósferas más allá del texto dicho y son estos, precisamente, los momentos más contundentes de la pieza, que pierde intensidad cuando surge la palabra y lo hace aun de manera liviana, donde a ratos, por la extrema coloquialidad en la adaptación del texto y el training actoral del elenco en determinado registro, se escurren momentos potencialmente conmovedores que no llegan serlo por completo. Es decir, ni la impasible contención de la actriz Montse Serra, ni el histrionismo de David Reinoso, ni el eficiente trabajo en equipo y comunicación de los demás actores, logran desmarcar a la obra de un lenguaje que recuerda más bien al set televisivo que al escenario teatral; ese set donde con frecuencia las emociones se convierten en gestos vaciados de sentido y aparece el estereotipo en donde tuvo que haber un personaje.

“Alguien voló…” ha tenido en su estreno la capacidad de convocar a más de ochocientas personas que aplaudieron a rabiar a sus actores. Eso es un indicador de que gustó. El problema reside en considerar el “gusto” de la gente como el único termómetro del éxito de una obra, ya que podemos caer en el error de asumir el publicotropismo (hacer lo que le gusta a la gente) como medida de nuestro trabajo escénico y de ese modo arredrar nuestras propias intenciones de búsquedas artísticas más provocadoras que no precisamente sean parte del “gusto” actual de una sociedad que se ha involucrado con el teatro a partir de la cultura del sketch televisivo y el monólogo de humor.

Daemon producciones tiene el acierto de proponer un trabajo sin mayores pretensiones que entretener a un espectador que no es asiduo visitante y llevarlo cada vez más al teatro. Eso es positivo en cuanto generación de nuevos públicos. Habrá que medir en el tiempo si ese público que asiste está dispuesto a confrontar otras estéticas y abrir el diapasón de sus referentes con el único objetivo de multiplicar las opciones. Pero eso no es responsabilidad atribuible a Jaime y su equipo, que han encontrado en el trabajo obstinado y arduo, la fórmula para llenar la sala del teatro con cada estreno, sino de todos los teatristas que están en la obligación de seguir construyendo lenguajes, rompiendo esquemas, sorteando cercas como Anank, el indio aquel de la obra, que saltó a la búsqueda de su propio andar.