Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Música y poder político

Por Eduardo Varas

¿Qué hace buena a una canción? Es quizás la pregunta fundamental que surge en estos momentos en los que se asume que cualquier discusión estética pasa por el tema de la letra como única condición propicia para el análisis. Y si me refiero a letra quiero decir contenido y con esto me concentro en las dinámicas ideológicas que sectorizan la realidad. Ojo, también hay que hablar de la ausencia de contenido, desde luego, porque la música se ha convertido en “soundtrack” y no la escuchamos, la hacemos parte del paisaje, no le prestamos atención: no importa lo que digan.

Por Eduardo Varas


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¿Qué hace buena a una canción? Es quizás la pregunta fundamental que surge en estos momentos en los que se asume que cualquier discusión estética pasa por el tema de la letra como única condición propicia para el análisis. Y si me refiero a letra quiero decir contenido y con esto me concentro en las dinámicas ideológicas que sectorizan la realidad. Ojo, también hay que hablar de la ausencia de contenido, desde luego, porque la música se ha convertido en “soundtrack” y no la escuchamos, la hacemos parte del paisaje, no le prestamos atención: no importa lo que digan. Es como si la vida se hubiera convertido en una simple narración en la que una canción solo sirve para adornardos. Pero la música es jodida, tiene que serlo.
Si se trata de darle un valor extra solo porque creo que lo que se dice “es lo que es”, la música también se desnaturaliza. Las buenas canciones superan la ideología de quien las provoca.

Una canción sola puede significar mucho, también puede congelarse en el tiempo y ser la imagen de algo que se quedó ahí, inamovible, significando una opción que al parecer no ha podido trascenderse. Una canción es un monumento a ciertas sensaciones y por lo general, cuando valen la pena impactan como una sentencia (la discusión sobre la calidad de las cosas que escuchamos por la radio está absolutamente olvidada porque la música no importa, ¿no?). ¿Pero eso importa? Al parecer sí. El rol de la música es fundamental y los cantantes, los que dicen las cosas, son elevados al rol de voceros y figuras con cierta facilidad, fragilidad y justicia (en algunos casos).

Esta semana han pasado dos cosas que unen a la música y al poder político. Facundo Cabral es asesinado de una manera tan estúpida y miserable en Guatemala. El mundo es ya un lugar en el que nada funciona. El sábado pasado algo cayó y se rompió. Y el choque para mí fue la imagen de guatemaltecos heridos pidiéndole disculpas al mundo por lo que pasó en su tierra, con vergüenza y humildad. Todo lo contrario con lo que pasó acá, donde el Presidente Correa, más allá de lamentar la muerte de Cabral, encontró en ese acto indescriptible la oportunidad de ejercer el manejo más burdo del poder: Sí, Correa dijo que el cantautor nacido en La Plata simpatizaba con la Revolución Ciudadana. ¿Y eso qué? ¿Eso vuelve mejor a Cabral? ¿Eso revalida el proceso político ecutoriano? ¿Importa en realidad esa predilección? No es posible una respuesta noble a estas preguntas. El poder político siempre buscará herramientas que estén a su alcance para darle valor a sus perspectivas y en este caso alguien cuya vida significó tanto para muchos (me incluyo) merece homenajes que superen las contingencias políticas.

Ahora, ¿la música se puede acercar a la política de manera directa? Sí, pero va a sufrir. Eso ha aprendido Fito Páez, quien en un arranque de sinceridad e incorrección escribió este martes un artículo en Página 12 en el que reclamaba que Buenos Aires votara en su mayoría por Mauricio Macri para que sea “alcalde” de la ciudad (el 47% le sirvió para una segunda vuelta). Escribe Páez: “Da asco la mitad de Buenos Aires. Hace tiempo que lo vengo sintiendo. Es difícil de diagnosticarse algo tan pesado (…)Buenos Aires quiere un gobierno de derechas. Pero de derechas con paperas. Simplones escondiéndose detrás de la máscara siniestra de las fuerzas ocultas inmanentes de la Argentina, que no van a entregar tan fácilmente lo que siempre tuvieron: las riendas del dolor, la ignorancia y la hipocresía de este país. Gente con ideas para pocos. Gente egoísta. Gente sin swing. Eso es lo que la mitad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires quiere para sí misma”. Páez es duro, justo y necesario. ¿Los músicos no pueden opinar? Lo pueden hacer, con sus riesgos, sobre todo porque hoy resulta que todo el mundo tiene la razón y es mejor no decir nada. Estamos en una época en la que el valor de las cifras electorales es el único vehículo posible para entender los fenómenos políticos y solo así importa: lo que decidió la mayoría, como concurso de popularidad, es la solitaria justificación.

Páez evidencia que expresarse políticamente hoy es una ruleta rusa, que molesta y duele. Páez ha recibido de todo, hasta posibles demandas por ofender a esa mayoría macrista que asume que un triunfo no puede ser cuestionado. Pero hay que hacerlo, hay que jugársela, sin duda. La música y la política siempre están relacionadas, lo que hay que encontrar es el mecanismo perfecto para analizar y entender que quienes parten de la creación no pueden casarse con las condiciones políticas existentes, solo porque sí. La música debe ver con ojos de duda al poder político y si el poder político quiere aprovecharse de ella… pues hay que estar atentos, nada más.