Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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El ruido necesario de una orquesta vacía

Por Aníbal Páez

Muégano nos trae una nueva versión de su Karaoke que ya desde su primera presentación en septiembre de dos mil nueve, nos invitaba al nacimiento de un nuevo modelo estético por lo menos para Guayaquil -ciudad signada en sus procederes, es decir en su cultura, o sea en su teatro, por una marquesina supuestamente indeleble cargada de representaciones (no me refiero sólo al teatro) donde la chabacanería y el histrionismo de sus habitantes se han erigido desde los discursos del poder y del arte que lo aúpa, en símbolos patrios de su “identidad”, recurrente palabra que es utilizada para describirnos a los guayaquileños, en general, como gente imposibilitada de relacionarse desde el respeto por el otro y sobre todo, por sí mismo.

Por Aníbal Páez


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Muégano nos trae una nueva versión de su Karaoke que ya desde su primera presentación en septiembre de dos mil nueve, nos invitaba al nacimiento de un nuevo modelo estético por lo menos para Guayaquil -ciudad signada en sus procederes, es decir en su cultura, o sea en su teatro, por una marquesina supuestamente indeleble cargada de representaciones (no me refiero sólo al teatro) donde la chabacanería y el histrionismo de sus habitantes se han erigido desde los discursos del poder y del arte que lo aúpa, en símbolos patrios de su “identidad”, recurrente palabra que es utilizada para describirnos a los guayaquileños, en general, como gente imposibilitada de relacionarse desde el respeto por el otro y sobre todo, por sí mismo.

En esta ciudad-estado -cito al programa de la obra: “diseñada con los mismos criterios de un rudimentario porvenir: tesón, diversión y adecuación a la competencia salvaje”, Karaoke resulta una obra necesaria, porque sintetiza de muchas maneras la emergencia de una teatralidad diferente; una que diversifica la posibilidad de lecturas proponiendo desde su tejido dramático y espectacular, imágenes que confrontan al espectador a partir de la diversión que suscita el pensamiento.

Sus personajes/presencias transitan en un escenario dividido. Atrás, siempre son fragmentos, mitades, casi muñecos, protagonistas o testigos incompletos de una fábula que está hecha también de pedazos, retazos sacados de un diario familiar que repasa con crueldad la historia de los afectos en relación al poder, es decir, en relación a su violación sistemática.

Delante, aparece el personaje que narra, que anuncia, que interpela, que es uno y todos a la vez. Y en ese laberinto a lo PACMAN aparecen Abdalá, un torero, la madre de muchos hijos, Hamlet Donoso, la del vestido, una pareja, etc, como los protagonistas de cada una de esas partes que constituyen el diagrama de una crítica mordaz a las relaciones familiares donde la patología es precisamente la “normalidad” aparente de su funcionamiento.

La obra nos presenta a Santiago Roldós hablando de sus padres -acudimos estremecidos al momento en que un terno en colgador ajustado a un pedestal es arrastrado por él y nos lo presenta como “lo que queda de su papá”- declarando desde la primera escena, a través de un monstruo trepado sobre un rascacielos diminuto, su derecho a resucitarlos. Éste parece ser el punto de partida de una dramaturgia que utiliza la autoreferencialidad para discurrir sobre sus dolores personales y mostrarnos, sin embargo, un espejo donde poder mirarnos nosotros mismos en nuestras relaciones, ayudándonos a poner en perspectiva nuestras más sólidas certezas.

Un teatro siempre en búsqueda, siempre en laboratorio, permite ver también sus costuras y el camino que transita por encontrar el ritmo ideal, el gesto que englobe. En ese recorrido vemos todavía un trabajo por pulir; la intervención con el público demanda una frescura que no se logra por completo. El nivel de juego está en camino, porque sino el desenfado, la intención de ruptura, queda supeditada únicamente a una forma que provoca el contrario de su intención.

Apunto también la dificultad para entender el texto que se escucha grabado, es decir, la atmósfera se logra, nos encontramos ante el sonido de una radiola o de una vieja proyección cinematográfica sin imagen, pero es fácil perderse por el volumen utilizado o la calidad del audio. Hay palabras que se escurren y por ende el sentido queda incompleto; y esto en una obra que está hecha sin estructura dramática lineal, hace tambalear los ya débiles indicios que tiene el espectador para armar su rompecabezas.

Hay que decir también que este grupo de teatro es el primero en Guayaquil, sin temor a equivocarme, que diseña con la luz. La iluminación -fundamental a la hora de crear atmósferas- es un punto alto en su dramaturgia del espacio y confiere a su trabajo poesía visual, algo que está bastante alejado de la mayoría de teatralidades del puerto.

La Orquesta Vacía de Muégano, le da respiro a una escena guayaquileña cargada de ese humor televisivo ramplón que ha calado en el gusto masivo. Entonces su trabajo, que se presenta hermético y de desafiante digerimiento, es una invitación a acercarnos a otras posibilidades de diversión, en la apuesta por ir compartiendo con el público no solamente lo que “le gusta” sino, lo que “puede llegar a gustarle” una vez que lo conozca.

Ficha técnica
Obra: Karaoke (orquesta vacía)

Elenco: Pilar Aranda, Marcia Cevallos y Santiago Roldós

Texto, dirección, escenografía e iluminación: Santiago Roldós, con la colaboración de Pilar Aranda, Marcia Cevallos y Bárbara Aranda.

Asistencia técnica, de dirección y producción: Aída Calderón

Nota: Actualmente en temporada en casa del ARAWA, viernes 8 y 15,

sábado 9 y 16, domingo 10 y 17 de julio.