Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La vida en un día

Por Vicente Albornoz

‘La vida en un día’ es uno de los documentales más curiosos que pueda uno imaginarse, hecho con la contribución de 80 000 personas que enviaron sus filmaciones domésticas realizadas un día específico del 2010. El documental nos habla de cuánto hay en común entre la humanidad y de cuan parecidos somos. Después de verlo, uno se pregunta ¿como hacemos los seres humanos para pelearnos tanto?

Por Vicente Albornoz


Publicidad

‘La vida en un día’ es uno de los documentales más curiosos que pueda uno imaginarse, hecho con la contribución de 80 000 personas que enviaron sus filmaciones domésticas realizadas un día específico del 2010. El documental nos habla de cuánto hay en común entre la humanidad y de cuan parecidos somos. Después de verlo, uno se pregunta ¿como hacemos los seres humanos para pelearnos tanto?

A inicios de junio del año pasado, Ridley Scott (el director de películas tan emblemáticas como Alien o Thelma y Louise) hizo una invitación a través de YouTube para que cualquier persona envíe filmaciones realizadas el 24 de julio de 2010, el primer sábado luego del Campeonato Mundial de Fútbol.

La respuesta fue multitudinaria y llegaron miles de filmaciones, provenientes de 140 países y que sumadas tenían una duración de 4 500 horas. Un enorme equipo de técnicos multilingües separó las filmaciones de cierta calidad y de ahí se armó una película de algo más de una hora y media con porciones de unos 350 clips.

Sin duda, un documental así es el resultado de toda la tecnología actualmente disponible, gracias a la que hay tanta gente dispuesta a filmar en formato digital y enviar sus videos por YouTube a los productores.

Es también una película que resulta de la difusión del internet y de las nuevas redes sociales. Y es fascinante.

Lo que se ve es una humanidad con mucho en común, donde se resalta justamente todo lo que es común, y no se da énfasis a aquello que nos separa. Y se ve desde el señor que se levanta antes del amanecer en Bangladesh para ir al trabajo, la señora que reza antes de ir a trabajar (posiblemente en la India), el señor que recuerda cada mañana a su esposa muerta, la niña pequeñita que sonríe a su madre y en español le dice “hola”, los niños que juegan en el agua, el ciclista coreano que pasea por el sudeste asiático, otros niños que en otro rincón del planeta también juegan con agua, la pequeña que sube a la inmensa pirámide humana cargando la cámara en su casco, gallos que cantan al amanecer, el festejo tecno de Duisburg que horas más tarde termina en una tragedia, la gente que se quiere y que expresa su amor públicamente, la señora que confiesa su miedo a los perros, el anciano que confiesa su miedo a la política, la esposa que por internet conversa con su esposo estacionado en Afganistán, el afgano que confiesa su miedo de morir ese mismo día y cientos de historias más que nos hacen ver a este planeta como el hogar de todos los seres humanos.

Por suerte, en el documental no pusieron a nadie gritando y separando artificialmente el mundo entre “ellos” y “nosotros” y dividiendo en lugar de unir.

Por eso se convierte en un documental refrescante que merece la pena verse, un documental que hasta nos puede hacer soñar en un mundo mejor y más fraterno.

El texto de Vicente Albornoz ha sido reproducido de El Comercio con la autorización de su autor.