Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Por Andrés Cárdenas

Abandonarse a un cuento es como tratar de comprender una guerra apareciendo en campo de batalla sin armamento y siendo arrebatado a los pocos instantes. Es mirar por una rendija, escuchar con la oreja pegada a la puerta, quedarnos con el fantasma. Escasos segundos, apenas una decena de párrafos que lanzan la cantidad de tinta estrictamente necesaria para que lo figurativo quede a merced del receptor. Tenemos que dotar de significado a ese mínimo encuentro. Memoria emotiva, construcción de escenarios, abstracción de la humanidad en dos o tres personajes. Cualquiera de esas tres opciones sirve para hacer expandir la literatura sugerente de Carver y no quedarse con la impresión de una no-historia.

Por Andrés Cárdenas


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Abandonarse a un cuento es como tratar de comprender una guerra apareciendo en campo de batalla sin armamento y siendo arrebatado a los pocos instantes. Es mirar por una rendija, escuchar con la oreja pegada a la puerta, quedarnos con el fantasma. Escasos segundos, apenas una decena de párrafos que lanzan la cantidad de tinta estrictamente necesaria para que lo figurativo quede a merced del receptor. Tenemos que dotar de significado a ese mínimo encuentro. Memoria emotiva, construcción de escenarios, abstracción de la humanidad en dos o tres personajes. Cualquiera de esas tres opciones sirve para hacer expandir la literatura sugerente de Carver y no quedarse con la impresión de una no-historia. Anuncio la parcialidad de estas líneas, fruto de leer su primera recopilación de relatos cortos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y tener todavía sus cuentos en mi retina.

Voy a obviar la problemática de la injerencia del editor de Carver, Gordon Lish, en sus primeros textos. Me ciño inevitablemente a la traducción que nos ha sido dada. Generalmente se encasilla al escritor norteamericano nacido en 1938 dentro del minimalismo y del realismo sucio. No importa cómo se llame la categoría, lo que pasa es que con una economía austera en palabras, con la descripción justa de eso que se nos hace tan cotidiano y pequeño, tan aliterario, evoca situaciones que nos dejan desolados. Personajes que cargan con el fardo de la soledad de aquel que se considera arrojado al mundo por azar y no encuentra su redención en esas mismas banalidades. “La desesperación es la convicción de haber perdido para siempre todo amor; el horror de la total soledad”, lo dijo un teólogo contemporáneo. Personajes que, habiendo descubierto la precariedad humana, no saben qué esperar. Los oprime la realidad y no saben cómo escapar.

Sobre todo pienso en cinco de los veintidós cuentos. En Al, el personaje principal de “Jerry, Molly y Sam”, que no sabe cómo rehacer su vida golpeada económicamente y, sobre todo, involucrado en un affair. Quiere salir, y considera que el primer paso es deshacerse de la mascota de su casa. Pienso en “La esposa del estudiante” donde están Nan y Mike, casados, conversando en la noche en su cama antes de dormir. Él se duerme y ella termina llorando sin saber qué llora ni por qué pide ayuda a un Dios en el que no cree. Pienso en “¿Qué hace usted en San Francisco?”, en “¿Por qué cariño?” y en el que da nombre al libro. Es interesante saber que Carver publicó esta recopilación durante la época más complicada de su vida: cuando recién había abandonado el alcoholismo, salía de un fracaso matrimonial y se había declarado insolvente. Supuso su consagración inmediata y marca el inicio de la década que tuvo para escribir antes de morir de cáncer a los 50 años.