Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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El hundimiento

Por Martín Santiváñez Vivanco

Conscientes de que la historia difícilmente los absolverá, los Castro, por boca del pequeño Raúl, intentan proteger su herencia renunciando a una serie de dogmas impuestos hace varias décadas por la revolución. Se trata de retornar de manera paulatina a un cierto grado de sentido común en la gestión de la economía y la administración pública, sin que ello implique, ni por asomo, desmontar el Estado policial que la dictadura del Partido Comunista de Cuba ha implantado, conculcando la libertad de millones de cubanos que continúan viviendo en una burbuja totalitaria exclusiva y excluyente.

Por Martín Santiváñez Vivanco


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Conscientes de que la historia difícilmente los absolverá, los Castro, por boca del pequeño Raúl, intentan proteger su herencia renunciando a una serie de dogmas impuestos hace varias décadas por la revolución. Se trata de retornar de manera paulatina a un cierto grado de sentido común en la gestión de la economía y la administración pública, sin que ello implique, ni por asomo, desmontar el Estado policial que la dictadura del Partido Comunista de Cuba ha implantado, conculcando la libertad de millones de cubanos que continúan viviendo en una burbuja totalitaria exclusiva y excluyente.

Sería un grave error considerar que este llamado a la “rectificación” tiene por objeto sentar las bases de una transición hacia la democracia, lejana todavía, pero transición al fin y al cabo. Los Castro, tras este discurso, solo pretenden redirigir los aparatos de su dictadura a objetivos distintos. Por un lado, se trata de fortalecer un gobierno corrupto y ausente, tan experto en burocratizar la vida de los cubanos como en maquillar el pobre resultado de su acción pública. Por otro, la gerontocracia que detenta el poder en Cuba intenta salvaguardar los privilegios de su entorno más cercano, buscando que el Partido Comunista prepare “el día después” y prolongue, íntegra o al menos con la mayor pureza posible, esa amalgama de nacionalismo y marxismo totalitario que ha caracterizado a la férula castrista.

No hay, pues, desesperación en los discursos de los Castro, tan solo pautas de un plan premeditado. Su existencia se hunde porque es ley de vida, pero su herencia ideológica pervivirá, yuxtapuesta a un Estado elefantiásico difícil de desmontar y a un partido ducho en psicología de masas y en el control de la agenda política. Los Castro, plenamente conscientes de ello, apuestan por crear, al menos formalmente, la imagen de un gobierno comprometido con ciertos valores de eficiencia y solidaridad. Y aunque por momentos el discurso sobre el partido se endurezca, es en la partitocracia populista donde depositarán lo que ellos consideran su gran legado histórico: el antiimperialismo convertido en programa máximo y único. El partido será, en el futuro, el oráculo que modelará la imagen de una dictadura que ha transformado la historia latinoamericana, influyendo decisivamente en la configuración de nuestras izquierdas. El Partido Comunista cubano está llamado a ser, para los Castro, la gran maquinaria encargada de perpetuar su memoria, una estampa purificada por el tiempo, la propaganda y la complicidad de un sector de la progresía latina que continúa cautivada por el mito del guerrillero barbudo. Para muestra, el botón de las continuas peregrinaciones a La Habana, inexplicable besamanos persa al que se someten muchos de los presidentes que intentan, en casa, modernizar sus partidos de izquierda y aparearse con el mercado.

El pequeño de los Castro ha dicho que “el que miente debe ser destituido de su cargo”. Si esta es la vara con la que deben ser medidos los puestos del gobierno, las cabezas que tendrían que rodar en primer lugar son las de esa camarilla de mitómanos que pretende que los cubanos continúen viviendo en un moridero miserable. El hundimiento del castrismo es paulatino, pero el ‘Titanic’ comunista que navega desde hace décadas en el trópico dejará tras de sí una estela de sobrevivientes dispuestos a prolongar sus errores históricos. Un partido acostumbrado al ejercicio del poder y un Estado despótico conforman la herencia viscosa de los Castro. Más vale que no nos hagamos ilusiones.

1 Comentario el El hundimiento

  1. Y pensar que los “ñañitos” Castro, siguen siendo especímenes frecuentables de nuestros presidentes del grupo ALBA; tienen por obligación, cual peregrinación a la Meca, visitar al Comandante Fidel, con fotografía de rigor por supuesto, con el anciano barbón sin barba.
    ¿ Es que no hay dentro de los países del ALBA – mi Ecuador lamentablemente incluido – alguien que les espete en la cara a sus respectivos presidentes ?: ¡¡¡¡ CUBA ES UNA DICTADURA !!!!

Los comentarios están cerrados.