Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Balas de plata

Por Joaquín Hernández Alvarado

¿Qué va a pasar en México al final del sexenio del presidente Felipe Calderón si no logra una victoria contundente en la guerra de las drogas en la que se encuentra empeñado? ¿Proseguirá el próximo presidente esta guerra u optará por una especie de arreglo? ¿Corre México el peligro inminente de volverse un Estado fallido debido a la tremenda corrupción que soporta como resultado del poder devastador de la droga y de la contaminación a importantes sectores políticos y económicos? ¿Se empeñarán los EEUU en una participación más decisiva con todos los riesgos que ello implica, incluyendo el nacionalismo mexicano?

Por Joaquín Hernández Alvarado


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¿Qué va a pasar en México al final del sexenio del presidente Felipe Calderón si no logra una victoria contundente en la guerra de las drogas en la que se encuentra empeñado? ¿Proseguirá el próximo presidente esta guerra u optará por una especie de arreglo? ¿Corre México el peligro inminente de volverse un Estado fallido debido a la tremenda corrupción que soporta como resultado del poder devastador de la droga y de la contaminación a importantes sectores políticos y económicos? ¿Se empeñarán los EEUU en una participación más decisiva con todos los riesgos que ello implica, incluyendo el nacionalismo mexicano? Por otra parte, naturalmente se plantean también preguntas: ¿qué va a pasar con el desarrollo mexicano si no soluciona este problema? En el ambiente flota el fantasma evocado por el actual presidente colombiano, Juan Manuel Santos, cuando en una reunión internacional exclusiva de mandatarios de Estado alertó sobre la presencia de los narcos en esa reunión.

Los escritores mexicanos contemporáneos se han sentido implicados en esta situación. Pasaron de moda los grandes textos que preguntaban en forma narrativa por la identidad nacional. De alguna manera, Héctor Aguilar Camín, en Muerte en el golfo, anticipó las oscuras y letales conexiones del poder político y del crimen organizado cuando la generación anterior a la suya se extasiaba con juegos lúdicos en busca del tiempo perdido. El México de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, más allá de las implicaciones de un estilo diferente y de una forma de narrar absolutamente suya, mostraron un país sórdido en el que las personas sobrevivían en medio de un consumo de drogas y de muertes violentas.

Distinto a la problemática literaria planteada por Bolaño en sus novelas, Elmer Mendoza, nacido en Culiacán, capital del célebre estado de Sinaloa, es el creador de lo que el corresponsal de El País de Madrid llama “un lenguaje propio para describir el horror que asuela” a México actualmente.

“En México, el narco afecta, de alguna u otra manera, digamos, a más o menos un 70% de la población, y eso no excluye estatus: desde los que tienen una economía precaria hasta los consorcios que lavan dinero… Hay regiones enteras en las que están identificados ciclos que tienen que ver con la siembra de la amapola o cannabis. Hay un momento en el que no hay ventas de coches, por ejemplo, y llega el tiempo de cosecha y venden joyas, mucha cerveza.… Y los que tienen negocios saben eso. Y vuelve a reactivarse a los tres meses, con la consiguiente cosecha”.

Elmer Mendoza, autor entre otras novelas de Balas de plata, La prueba del ácido, El amante de Janis Joplin, no teme legitimar con su narrativa la violencia que corroe a México. En Sinaloa y en buena parte del norte, las historias que se cuentan, los corridos que se cantan, los santos al estilo de Jesús Malverde que se veneran, no son excepciones de bandas aisladas, sino que forman parte del imaginario social. El mensaje es claro en este tiempo sin héroes: hay que aprender a convivir con el mal. ¿Hasta cuándo?, es la pregunta.