Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Andares que delatan

Por Bernardo Tobar Carrión

Hay gente para todo, con tipos morfológicos que anuncian rasgos de carácter, que también pueden descubrirse en las líneas de la mano, o la forma de estrecharla al saludarte, que dependiendo si el gesto se acompaña con mirada esquiva o franca, ya proporciona una buena radiografía de una personalidad con retranca, recelosa o abierta y transparente. Pero estas técnicas para descubrir el carácter exigen el saludo, alguna conversación, el trato previo para el examen quiromántico, o por lo menos la firma de un recibo, que como corre la mano corre la vida, como revelan esas firmas llenas de círculos y adornos sobre sí mismas, evidencia de quienes ansían para su nombre la importancia de la que carecen sus humanidades.

Por Bernardo Tobar Carrión


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Hay gente para todo, con tipos morfológicos que anuncian rasgos de carácter, que también pueden descubrirse en las líneas de la mano, o la forma de estrecharla al saludarte, que dependiendo si el gesto se acompaña con mirada esquiva o franca, ya proporciona una buena radiografía de una personalidad con retranca, recelosa o abierta y transparente. Pero estas técnicas para descubrir el carácter exigen el saludo, alguna conversación, el trato previo para el examen quiromántico, o por lo menos la firma de un recibo, que como corre la mano corre la vida, como revelan esas firmas llenas de círculos y adornos sobre sí mismas, evidencia de quienes ansían para su nombre la importancia de la que carecen sus humanidades.

Pero hay otro método muy acertado, que no exige conversación o relación alguna, y aun se practica observando al sujeto a distancia: el caminadito. Porque hay gente que anda como si llevara pistolas al cinto y botas tipo Lejano Oeste, dispuesto a deshacer a patadas cualquier obstáculo que se interponga, cara de mascar tabaco, de los que se tatúan sus conquistas imaginarias, que inevitablemente presumen. Este tipo de personajes no frecuentan las librerías ni los museos, y se encuentran más bien en los corredores de los centros comerciales, en las afueras de los coliseos, en las barras donde se bebe tequila, o en las barras bravas, como dispuestos siempre a dar bronca. Y generalmente la dan, aunque sea a golpe de verbo altisonante, de manera que a nadie se le escape que con el sujeto no se juega.

A diferencia del tipo rudo, víctima de la violencia de otros y de la suya, que aburre o amostaza, hay otro que divierte mucho: el galán. Con balanceo de pasarela y seguro manejo de sí mismo, hombros echados para atrás y mirada altiva y distante, como dirigida a la cámara oculta o a cualquier cristal que le permita comprobar, por enésima vez, su halo irresistible al sexo opuesto -y en ocasiones cada vez más frecuentes, al propio-, ya te puedes hacer a la idea de que la vida no le ha puesto muchos retos, ni que los necesita, ni hay temas demasiado importantes que distraigan su rutina del gimnasio. Que la frivolidad también tiene cierto sitio en la vida, lo mismo que un sorbete entre platos importantes de una comida, y allí están estos tipos y sus colegas féminas para recordártelo, con toda su moda, pinta de vegetarianos y ansia de carne fresca.

Está claro que el sexo, la edad y la actitud juegan en todo esto importante papel en la interpretación del carácter, que no puede ser la misma para una mujer que va naturalmente por ahí como la Venus de Milo y te regala una sonrisa clara y amable, descubriendo así toda su belleza y generosidad, que la seductora y templada pose de la que sospecha reencarnar a la diosa afrodita, y se contonea en consecuencia.

Hay quienes caminan encorvados bajo el peso de su tragedia, muy sufridores, o los que van dando saltitos, incapaces de pisar firme en nada. Y los iconoclastas, que hacen aspaviento como si quisieran de paso echar al suelo los símbolos de cualquier credo. Sí, el andar delata.