Por José Hernández

Javier. Esta carta va dirigida al intelectual que muchos llamábamos por el nombre y tuteábamos. No al ministro que despacha desde La Recoleta.

¿Qué es un hombre rebelde?, se preguntó Albert Camus. La respuesta tú la conoces: “es un hombre que dice No”. Tú fuiste rebelde y quizá por eso estás en este gobierno. Eras un referente. Tus amigos te veían como una voz y una pluma; como un periodista y un poeta impertinente e irreverente. Y se pudieran agregar más adjetivos. Y tus amigos celebraban que fueras así: la mala conciencia, como decía Pasolini, de muchos.

Te fuiste al gobierno y muchos lamentaron perder tus artículos y libros. Conociendo las servidumbres del poder, se imaginaron que serías discreto. No esperaron, claro, tu desaparición de la esfera pública. Y peor aún, tu silencio en un momento en el cual gente como tú, incluso amigos tuyos, son mirados por tu gobierno como enemigos. Su delito ha sido hacer y decir lo mismo que tú hiciste y dijiste bajo otros gobiernos.

¿Dirás, como se dice en el gobierno, que es una cuestión ideológica? Quizá no, porque tú sabes que está en juego un asunto ético. En ese andarivel se parquearon los intelectuales frente al poder, desde que Sartre y Camus ventilaron, entre otros, un tema fundamental en los años cincuenta: callarse o denunciar los campos de concentración bajo Stalin.

Tú sabes que hay un sentido de la responsabilidad intelectual en el hecho de ir a contracorriente. ¿Acaso no fue lo que siempre hiciste? Contigo era fácil coincidir en la visión de Bourdieu cuando hablaba de la autonomía de los intelectuales y de su “libertad de críticas respecto a los poderes”.

Callarse o decir: he ahí el dilema. En él no solo estás inmerso tú en este gobierno. Pero había en ti una densidad espiritual y una especial sensibilidad que permitía esperar un mayor sentido conceptual en la construcción de políticas públicas. ¿Qué pasó? Hoy estás asistiendo en silencio a una obra desquiciada de la maquinaria propagandística del gobierno al cual sirves: la pulverización pública de la honra y vida de amigos tuyos. Uno de ellos, en esa lista llamada a incrementarse, es Diego Cornejo. Amigo y editor de libros tuyos.

Tú sabes que la máquina de propaganda y destrucción de honras ajenas no la manejan intelectuales como tú. Esos revolucionarios de última hora se forjaron en las escuelas que, oh paradoja, tú combatiste con tu pluma. No saben y no conocen, que antes de ellos hubo gente decente que defendió valores y se opuso a atrocidades como la sufrida por la familia Restrepo. Ellos no saben, pero tú sí. Ahora resulta que tu amigo Cornejo, o gente decente como César Ricaurte y amigos periodistas que fueron a Washington, a clamar por derechos que tu gobierno conculca, son íntimos de un supuesto torturador.

Lo afirman y lo repiten con un cinismo desalmado. Y ante la sociedad inerme, sujeta a oír cadenas infames, esos seres que tú conoces, que sabes que arriesgaron al lado tuyo por defender lo contrario de lo que les endilgan; ellos asisten en directo a la transformación de su propia biografía. Inverosímil.

Los mefistolianos que manejan la propaganda han logrado desmentir a Bioy Casares. Recuerda “El Ídolo”, en el cual escribe que “solo es posible robar el alma a los que ya la perdieron”: pues no, tus amigos la tenían bien puesta, pero hay genios de tu gobierno que quisieran apoderarse de ella. O dejarlos sin alma.

¿Quién, Javier, en la historia de las ideas y de la lucha política, ha procedido con tamaña monstruosidad? No solamente acosar, perseguir, asustar, demandar… sino cambiar una vida. Convertir a un demócrata convencido y también irreverente, como Diego Cornejo, en amigo clandestino de una persona denunciada por tortura. ¿Es eso ético, Javier? ¿Enaltece esto al gobierno al cual sirves en silencio?

Silencio: ¡qué palabra más atroz cuando se evoca lo público! Silencio pudiera ser sinónimo de cementerio. Se dice silencio y vuelve la imagen de Castellio, esa conciencia, esa voz, esa actitud que en el siglo XVI dio lecciones de lo que deben ser los intelectuales ante el poder. Nunca calló, nunca bajó la cabeza ante Calvino, quien recurrió a todo tipo de bajeza para enmudecerlo.

Tu silencio hace temer, y ojalá no sea así, que dejaste de ser lo que eras para volverte un hombre de partido. De esas personas Castellio dijo que “lo que les importa no es la justicia, sino solo la victoria. No quieren dar la razón sino únicamente tenerla”. ¿Tu silencio debe interpretarse como acuerdo tácito con estas operaciones mefistolianas de tu gobierno? ¿Ya no concibes, como antaño, que haya seres rebeldes que puedan decir No? ¿Los rebeldes se acabaron cuando llegaste tú al gobierno?

Hace unos años hubieras estado de acuerdo con Castellio, quien en 1562 escribió: “la posteridad no podrá creer que, después de que ya se hubiera hecho la luz, hayamos tenido que vivir de nuevo en medio de tan densa oscuridad”. ¿Y ahora, Javier?

Cordialmente, José Hernández

* José Hernández es subdirector del diario Expreso. El texto que reproducimos ha sido publicado originalmente en ese diario, el domingo 20 de noviembre de 2011.