Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Cuando escuchar está de más

Por Eduardo Varas

Me cuesta creer en la capacidad redentora del debate. Por una sencilla razón: nadie escucha. Todos quieren hablar, es necesario hacerlo, mostrarse, destrozar y ganar por caída y limpia. Lo dijo Lennon en una de sus últimas canciones: “Everybody’s talking, but no one says a word”. Sabiduría inglesa o ingenio de la desesperación. El único debate realmente posible está en el diálogo de los amigos, en los sitios menos esperados, cuando los carteles sobran y las etiquetas no molestan. El único debate posible está cuando callamos y permitimos que alguien más tenga nuestra atención.

Por Eduardo Varas


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Me cuesta creer en la capacidad redentora del debate. Por una sencilla razón: nadie escucha. Todos quieren hablar, es necesario hacerlo, mostrarse, destrozar y ganar por caída y limpia. Lo dijo Lennon en una de sus últimas canciones: “Everybody’s talking, but no one says a word”. Sabiduría inglesa o ingenio de la desesperación. El único debate realmente posible está en el diálogo de los amigos, en los sitios menos esperados, cuando los carteles sobran y las etiquetas no molestan. El único debate posible está cuando callamos y permitimos que alguien más tenga nuestra atención.

No está en respetar lo que el otro tenga que decirnos.

El debate está en dudar de lo que nosotros vamos a decir y en reconocer en el otro cierta posibilidad de acierto. Todo esto a priori.

Esa la única manera, sin duda.

Todo lo demás se convierte para mí en terreno árido de ideas, en fragmentos de ego desperdigados por doquier. Onanismo mental, autocomplacencia.

La semana pasada estuve de invitado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que de entrada hace quedar a las que se hacen en el país como intenciones; buenas, pero intenciones. Y más allá de las diferencias obvias que podría enumerar, me queda el extraño sabor de paréntesis retórico en el que vivimos. Quizás de todas las mesas en las que estuve como participante y espectador, la de Literatura ecuatoriana fue la más dura. No solo porque pude notar cierta desconexión entre esa necesidad de motrar lo que se hace y se piensa en el país, frente a lo que está pasando en otras partes del mundo (y en esto puedo traer a colación el “debate” alrededor de la identidad, que extrañamente se vuelve importante para nosotros y sigo sin entender por qué. En ninguna otra mesa atestigué que este tema tenga relevancia, por ejemplo), sino también la falta de claridad que nos acompaña, al hablar o tratar de comunicarnos. Me incluyo en esto, desde luego. Al querer tener la razón, ignoramos la obtención de una respuesta que consiga inclusive interpelarnos, lo cuál sería sano. No, preferimos el avispero de la razón y un concepto de debate que solo piense en el otro en calidad de “interlocutor al que hay que respetar”. Lo demás no interesa.

Otra sería la hitoria si escucháramos.

En el viaje pude recorrer la periferia de Guadalajara y detenerme en la carretera para probar algo denominado “Camote de cerro”. Lo vende Alma Castañeda, quien me cuenta cómo lo obtiene, cavando un agujero de un metro y medio de profundidad, para buscar los tubérculos, que luego servirá con limón, sal y chile. Claro, antes, me dice (y yo la escucho con atención) que debe limpiar con la fuerza de agua y de un cepillo el camote, y esa acción le provoca una alergia que deja a sus manos como carbón ardiente. No se queja, es parte del trabajo. Me pregunta qué hago por ahí, le respondo y me cuenta que también ama los libros.

-Leo mucho – me dice -. Y creo que por eso me encanta escribir.

Asiento con la cabeza para no interrumpirla.
-Una vez le escribí una historia a mi hija mayor, que está en la prepa. Necesitaba un cuento y yo se lo escribí. Mi hija quedó en primer lugar en su curso.

Le celebré el comentario y sentí que todo el viaje estaba valiendo la pena.

-Si cuando en mi casa están viendo una película y me llaman para acompañarles les digo que no, prefiero quedarme en el otro cuarto leyendo un libro. Me gusta mucho.

A un lado de Alma descansan los cacahuates que vende a los compradores que se detienen al ver su puesto. Ella no deja de hablarme.

-Mi hijo de 9 años llegó el otro día y me trajo un libro que le prestaron en la escuela. Lo estoy leyendo – se aleja y busca en una funda de plástico, saca una novela pequeña de Juan Villoro y me la muestra.

Alma me pide un favor: “Usted que se va a Guadalajara, ¿me puede traer luego un libro de la Feria, que yo acá le pago?”. Sonrío, escuchar funciona mejor que hablar.

4 Comentarios el Cuando escuchar está de más

  1. “Tenemos dos orejas y una sola boca justamente para escuchar más y hablar menos”
    Zenón de Citión

  2. Qué increíble anécdota. Encantadora, en realidad.

    Y con respecto a lo otro, pues como se dice en Fight Club: No esuchamos, solo esperamos nuestro turno para hablar. 

  3. Siguen tratando de acallar la voz de los ciudadanos, que cada día son más, ante la oleada delincuencial, lainflación y los impuestos con los que ahoga Correa al pueblo, mientras gasta inescrupulosamente decenas de millones de dólares en una campaña publicitaria inmoral y mentirosa, aparte de que está prohibida, como si no fuera poco se pone Correa de rodillas ante Chávez y pasa en TV la cadena telesur, financiada desde Cuba y Venezuela para la propaganda Chavista-Castrista, VAYA SOBERANIA.

  4. Y BUENO MASHI QUIERES CALLAR A TODO EL MUNDO??? COMO VAS A CALLAR A QUIENES DENUNCIAMOS LA CORRUPCION EN LAS REDES SOCIALES Y EN ESTOS MEDIOS…LOS QUE DENUNCIAMOS A LA CHINITA CHANG Y SUS AMBULANCIAS AL RICARDO ANTON Y SUS CHALECOS Y PUESTOS, AL VENDEACCIONES DEL PACO VELASCO, AL FABRI, AL COMECHEQUES, AL NUEVO RICO, AL BALERIO ESTACIO, AL RODRIGUEZ, AL BARRERA…NADIE NOS VA A CALLAR….LOS PRECIOS SUBIRAN Y AQUI ESTAREMOS PARA DENUNCIARTE, LOS RIOS SE ENVENENARAN, EL YASUNI MORIRA..

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