Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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¿Y si pedimos hasta el Bermejo?

Jesús Ruiz Nestosa
Asunción, Paraguay

Una cosa es ir por el mundo diciendo tonterías y pidiendo satisfacciones históricas en Hiroshima o en Vietnam y otra muy diferente es ir por el mundo firmando documentos, compromisos y convenios que pueden afectar seriamente a nuestro país. Es en momentos como este donde se pone en evidencia, dramáticamente, lo importante que es saber elegir en el momento de poner el voto en la urna.

Jesús Ruiz Nestosa
Asunción, Paraguay


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Una cosa es ir por el mundo diciendo tonterías y pidiendo satisfacciones históricas en Hiroshima o en Vietnam y otra muy diferente es ir por el mundo firmando documentos, compromisos y convenios que pueden afectar seriamente a nuestro país. Es en momentos como este donde se pone en evidencia, dramáticamente, lo importante que es saber elegir en el momento de poner el voto en la urna.

Ya se están realizando consultas a alto nivel de quiénes podrían ser los posibles candidatos por los diferentes grupos políticos y alianzas factibles. Consultar a la gente no es una costumbre entre nosotros. Peor aún: en los últimos años se han venido sustituyendo las elecciones y votaciones por encuestas cuyos resultados no son de fiar. Y aunque fueran fiables, no es posible que el derecho que tiene el pueblo de elegir a sus gobernantes, se desplace a las compañías especializadas en tales técnicas.

La deriva de nuestra diplomacia y nuestra política exterior se puso en evidencia no solo en la firma del documento Ushuaia II que permitirá a los otros países del Mercosur encerrar a Paraguay y paralizarlo, sino además el presidente Fernando Lugo se comprometió a apoyar, en nombre de todos nosotros, a Argentina en su reclamo de las Malvinas y el cierre de todos los puertos a barcos de bandera inglesa. Una pregunta que puede parecer meramente utilitaria: ¿a cambio de qué? Sí, a cambio de qué le damos este apoyo enemistándonos con una potencia mundial de la que podríamos obtener muchas ventajas, mientras Argentina nos cierra las fronteras, bloquea el paso de camiones con productos paraguayos perecederos (tomates, verduras, frutas) y una vez que todo esté debidamente podrido, los gendarmes de Clorinda dan su visto bueno para que sigan camino.

Argentina nos pide apoyo en su reclamo de un territorio que perdió en 1833 cuando Inglaterra envió la fragata “HMS Clío” al mando del capitán John James Onsolw, quien intimó al gobernador argentino que abandonase el sitio y declaró la soberanía inglesa sobre el archipiélago. Si después de 179 años es legítimo reclamar un territorio perdido en acción de guerra, ¿no podríamos reclamar nosotros hasta el río Bermejo, zona que nos quitó Argentina en la Guerra del 70? Después de todo solo son 142 años, llevamos una ventaja de 37 años. Se solucionaría así el desvío del Pilcomayo y las enormes sequías que ello produce en una región rica en ganado. Esto suena a tontería, ¿verdad? ¿Pero por qué es una tontería?

Tontería, y bien trágica, fue aquella decisión de Leopoldo Galtieri de iniciar una guerra contra Inglaterra cuando el 2 de abril de 1982 ordenó invadir las Malvinas. La izquierda festiva cantó victoria: Argentina lograría la adhesión, el apoyo y la alianza de todos los países latinoamericanos, todos juntos vencerían a una armada contra la que no pudo nadie, ni siquiera la Armada Invencible de Felipe II de España. Lograda la victoria, se establecería un reordenamiento de nuestros países, de sus políticas y sus influencias. Lo que en cambio vio Galtieri desde el balcón de la Casa Rosada, con la lengua hecha un estropajo a causa de su afición por empinar el codo, fue que ningún país le dio tal apoyo; Chile permitió a los barcos ingleses utilizar sus puertos y Estados Unidos acudió en ayuda de Inglaterra. Los soldados argentinos caían prisioneros, enfermos de hepatitis y disentería, pues no podían hervir el agua para beber, ya que el querosene de sus calentadores había sido aguado por algún especulador de Buenos Aires y los chocolates que las fábricas regalaron para los combatientes se vendían a la puerta de los cines de Lavalle y Corrientes.

La demagogia de Cristina Kirchner que la desarrolle, la aplique y la juegue en territorio argentino, pero que no nos involucre cuando ella nos necesita para sus planes electoralistas o lograr que le suceda en el cargo su hijo Máximo que viene calentando ya los motores. Que no nos llame cuando tenga necesidad de hacerlo. Que antes cambie esa política de humillaciones a la que nos ha sometido la Argentina desde que decidimos independizarnos de la Corona de España y de la Junta de Buenos Aires en 1811. Y que Lugo, antes de firmar nada, piense que representa a un país y no a sí mismo, con la idea aquella de que “después de mí, el diluvio”.