Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Los tinterillos de Dickens

Por Hernán Pérez
Guayaquil, Ecuador

Joseph Tartakovski nos recordaba en días pasados la presencia de los abogados en la prolífica obra de Charles Dickens, el gran novelista inglés cuyo bicentenario está siendo celebrado por el mundo entero. En efecto, no deja de ser interesante el hecho de que en 11 de sus 15 obras aparecen uno o más abogados generalmente representando un papel importante en la trama. El realismo con el que Dickens describió a los abogados se debe en buena parte a que él mismo vivió inmerso durante un tiempo en el mundo judicial. A los 15 años Dickens fue contratado para trabajar como ayudante en la secretaría de una corte. A su cargo estaba notificar autos, sentencias y otros menesteres secretariales.

Por Hernán Pérez
Guayaquil, Ecuador


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Joseph Tartakovski nos recordaba en días pasados la presencia de los abogados en la prolífica obra de Charles Dickens, el gran novelista inglés cuyo bicentenario está siendo celebrado por el mundo entero. En efecto, no deja de ser interesante el hecho de que en 11 de sus 15 obras aparecen uno o más abogados generalmente representando un papel importante en la trama. El realismo con el que Dickens describió a los abogados se debe en buena parte a que él mismo vivió inmerso durante un tiempo en el mundo judicial. A los 15 años Dickens fue contratado para trabajar como ayudante en la secretaría de una corte. A su cargo estaba notificar autos, sentencias y otros menesteres secretariales. Poco después fue incluso ascendido. Durante todos estos años el joven Dickens tuvo la oportunidad de estudiar los caracteres y actitudes de magistrados, jueces, abogados, y estudiantes de leyes. Una experiencia que sin duda le sirvió luego para plasmarla en sus obras.

Sin embargo, en ninguna de las novelas de Dickens los abogados salen bien parados. Comenzando por David Copperfield y terminando por su obra maestra Casa Desolada; en todas, los abogados son retratados como personajes odiosos por la forma cínica y perversa de torturar la ley, tergiversar los precedentes y convencer a los jueces –quienes son pintados con no menos benevolencia– de las decisiones más injustas y bizarras en nombre de la justicia. Unos y otros terminan traicionando los fines del sistema judicial y generando un sentido social de frustración, coraje y hasta repulsión.

Hay otros personajes no menos negativos en las obras de Dickens ciertamente. Los aristócratas, los directores de los orfanatos y los maestros de escuela son algunos de ellos. Pero de alguna forma la evolución de la sociedad inglesa, y, en general, del mundo moderno parecería que logró disipar en buena medida la imagen que Dickens construyó de ellos. Pero no así la de los abogados y jueces que lamentablemente sigue en alguna forma asociada con aquella que salió de su genio literario hace tantos años.

Claro que hay excepcionales juristas que son fuente de inspiración y ejemplo, y claro que hoy la cultura jurídica ha hecho avances enormes desde la época de Dickens. Pero aún queda un largo camino por recorrer. Los tinterillos de Dickens no se han extinguido aún. Siguen por allí desprestigiando una profesión tan importante como es la abogacía por la íntima conexión que ella tiene con valores como la libertad, la justicia y la democracia.

Y si no lo creen, allí estuvieron estos seres en acción la semana pasada cuando salieron en coro a responder una decisión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de suspender una decisión judicial como medida cautelar. Las cosas que dijeron fueron de tal desfachatez y cinismo que quizás ni a Dickens se le habría ocurrido ponerlas en boca de sus personajes. Y lo peor es que no necesariamente lo hacían a título personal sino que pretendían hablar por el Estado ecuatoriano.