Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Paren, ¡me bajo!

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Si el progreso es avance, es indudable que la sociedad global se mueve rauda e irrefrenable, tanto que hasta el tiempo parece andar más deprisa. Preguntémonos cuántas comidas, cuántas horas de pausa al día, a la semana, en compañía de la familia, de un amigo; y por compañía me refiero a seres humanos comunicados entre sí, escuchándose con interés, aprendiendo mutuamente, no a ese simulacro de reunión con cada cual conectado a sus redes sociales, celulares, pantallas, en ese frío y patético intercambio digital, tan pendientes de la próxima actividad de la agenda que no quedan apenas sabores ni esencias del presente.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Si el progreso es avance, es indudable que la sociedad global se mueve rauda e irrefrenable, tanto que hasta el tiempo parece andar más deprisa. Preguntémonos cuántas comidas, cuántas horas de pausa al día, a la semana, en compañía de la familia, de un amigo; y por compañía me refiero a seres humanos comunicados entre sí, escuchándose con interés, aprendiendo mutuamente, no a ese simulacro de reunión con cada cual conectado a sus redes sociales, celulares, pantallas, en ese frío y patético intercambio digital, tan pendientes de la próxima actividad de la agenda que no quedan apenas sabores ni esencias del presente.

Los jóvenes gozan hoy de comodidades y opciones que sus abuelos cumplían si acaso en una vida, privilegios de ayer que hoy son la regla: viajes, idiomas, tecnología, entretenimiento, sexualidad precoz, crédito, patrimonio, incesante capacitación técnica para hacer frente a la competencia global. Pero a diferencia de sus abuelos, que se formaban más y se informaban menos, que tenían que inventarse juegos y escenificarlos en medio de la calle, todavía segura a la sazón, los niños de hoy no necesitan la imaginación para conjurar el aburrimiento, ni tiempo hay para padecerlo, y terminarán en su mayoría solos en un ancianato, sin mucha memoria de tan poca lectura y tanto darle a la consola de videojuegos; solos porque -omisiones de sus padres- les cuesta saludar y dar las gracias, porque la visita es costumbre que ha perdido glamour, como el matrimonio, y también porque las familias, cada vez más cortas y pegadas con las babas de las uniones a plazo, acaban disgregándose en una aldea global que nos acerca el mundo, pero nos aleja las personas. Con Twitter, sabemos a cada minuto qué pedo neuronal echó algún famoso, mientras la arena del tiempo se nos escapa de las manos sin mirar a los ojos de un hijo, de un padre, de un hermano.

En el país de Mickey Mouse, una de cada dos parejas se divorcia, y la maternidad entre las menores de 30 se reparte por igual entre casadas y solteras. En la China, la llegada del segundo hijo era penalizada, y Alemania, a pesar de ser la economía más sólida y austera de Europa, dedicó en 2010 la friolera de 44 billones de euros solamente a pagar intereses a los bancos, cifra que alcanzaría para alimentar a todos los niños de los países en desarrollo durante un año. El nivel de deuda global es impagable por generaciones, al igual que los pasivos generados por el uso “sin límites” -frase predilecta de la cultura de la felicidad comercial- de las tarjetas de crédito. A ese ritmo, dicen los expertos, el planeta pasará en pocos años un umbral de daño ecológico irreversible, pero los motores siguen aumentando de potencia y a la gente se le promete el bienestar. Nadie quiere oír hablar de esfuerzo y renunciamiento.

El tren del progreso no admite paradas. En estas condiciones, no hay espacio ni tiempo para disfrutar del viaje. Habría que apearse en el primer descarrilamiento para ver pasar, entre diversión y espanto, desde la quietud de las propias huellas, esos vagones llenos de gente desesperada por llegar rápidamente a ninguna parte.