Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Anticuerpos de la democracia

Por Emilio Cárdenas
Buenos Aires, Argentina

El régimen democrático se define como un conjunto de instituciones y valores que se combinan entre sí para conformar un esquema complejo de gobierno en cuyo seno los poderes del Estado se limitan y equilibran mutuamente. Lo antedicho supone que todos los poderes no pueden estar confiados a las mismas personas, ni concentrados en ninguna institución. Están ciertamente articulados entre sí, pero conceptualmente tienen roles diferentes y por ello existen por separado. En las democracias de buen funcionamiento esto se exterioriza por la manera, así moderada, en la que el poder efectivamente se ejerce.

Por Emilio Cárdenas
Buenos Aires, Argentina


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El régimen democrático se define como un conjunto de instituciones y valores que se combinan entre sí para conformar un esquema complejo de gobierno en cuyo seno los poderes del Estado se limitan y equilibran mutuamente. Lo antedicho supone que todos los poderes no pueden estar confiados a las mismas personas, ni concentrados en ninguna institución. Están ciertamente articulados entre sí, pero conceptualmente tienen roles diferentes y por ello existen por separado. En las democracias de buen funcionamiento esto se exterioriza por la manera, así moderada, en la que el poder efectivamente se ejerce.

En ese esquema, es obvio, el Poder Judicial no puede, ni debe, estar sometido de ninguna manera al poder político. Debe ser independiente e imparcial, para así asegurar a los ciudadanos protección contra la arbitrariedad del poder.

Algo parecido sucede con el poder mediático, que debe asegurar el pluralismo y no puede estar al servicio del gobierno, transformado en una mera máquina de aplaudir su acción, disimular sus errores, evitar las críticas o, peor, asegurar su impunidad. Como contrapoder que es, la prensa es esencial y, por ende, su libertad de expresión es preciosa.

En nuestra región se advierte una clara resurrección de la amenaza totalitaria. Nadie debeería sorprenderse por esto: la democracia está siempre amenazada -desde adentro- por la demagogia.

Cuando llega la demagogia aparecen el populismo y la desmesura. La lógica de la guerra se apodera de la política y se reduce lo plural al discurso único, con frecuencia mesiánico. La consecuencia es que el diálogo termina siendo reemplazado por los dogmas. La razón, por el fervor. Y la elocuencia encendida desplaza a la serenidad y a la moderación. Recurriendo a la seducción se silencia a la argumentación. En ese escenario no sorprende que la eliminación del adversario sea de pronto una suerte de deber moral.

Aparecen entonces los excesos de opulencia, los cultos a la personalidad y las arbitrariedades de todo tipo. Y hasta la mentira deja de diferenciarse de la verdad.

Para los individuos, presenciar un proceso de demolición de la democracia y su reemplazo por un autoritarismo presuntamente iluminado es grave. Porque lo que está en juego tiene que ver con la dignidad de las personas. Es su capacidad de elegir y es precisamente esa facultad, esencialmente deliberativa, la que se arriesga. Nada menos que aquella con la que el hombre y la mujer se distinguen de los animales.

En una deriva antidemocrática, una vez desarticulados los equilibrios y concentrado el poder en pocas manos, se cercena -paso a paso- no sólo el diálogo político, sino también la libertad económica, en un proceso que se retroalimenta.

El Estado policial flota, de pronto, sobre nosotros. Lo grave es que de la pérdida de la libertad económica a la esclavitud política hay un tránsito que suele ser corto. La arbitrariedad del poder no sólo se apodera de todo, sino de todos. El final es previsible: estancamiento económico y penurias de toda índole. Según enseña la historia, de allí a la esclavitud política hay poca distancia.

Ocurre que no siempre los votantes advierten a tiempo la importancia de asegurar el equilibrio democrático entre los poderes. También ellos pueden equivocarse. Chávez fue alguna vez elegido legítimamente en Venezuela; Berlusconi, varias veces, en Italia; Orban, en Hungría; y hasta el mismo Hitler, en Alemania. Las urnas, queda visto, no son infalibles.

Pero también es cierto que Chávez pretendió ser presidente de por vida; que Berlusconi procuró eludir a la justicia de sus país, y que Orban apuntó a someter a los medios húngaros de comunicación.

Los tres de alguna manera deterioraron seriamente las estructuras democráticas de sus países. No obstante, también es cierto que ninguno de los tres logró su objetivo y que ello testimonia no sólo la vitalidad interior de las democracias, sino la de sus anticuerpos.

La democracia es siempre preferible al autoritarismo. Porque las urnas también sirven para corregir los errores colectivos que pudieran haberse cometido.

* Emilio Cárdnas es ex embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas. Su texto ha sido publicado originalmente por el diario La Nación, de Buenos Aires.