Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

El neonazi, el islamista y el candidato presidencial

Por Andrés López Rivera
Lyon, Francia

Antes de darle un nombre al “enemigo público número uno”, los franceses ‒profanos y expertos confundidos‒ especulaban sobre la identidad y las motivaciones de éste a partir de un razonamiento que disimulaba una hipótesis más o menos arbitraria: lo que importaba no eran las identidades de las víctimas, sino el grupo social al que pertenecían y que por ende representaban.

Por Andrés López Rivera
Lyon, Francia


Publicidad

Antes de darle un nombre al “enemigo público número uno”, los franceses ‒profanos y expertos confundidos‒ especulaban sobre la identidad y las motivaciones de éste a partir de un razonamiento que disimulaba una hipótesis más o menos arbitraria: lo que importaba no eran las identidades de las víctimas, sino el grupo social al que pertenecían y que por ende representaban.

Las víctimas, asesinadas entre el 11 y 19 de marzo en Toulouse y Montauban, eran tres militares de origen magrebí y cuatro personas de confesión judía (entre las cuales tres niños). Se presumía entonces que el homicida tenía algo en contra de los judíos, los no-blancos y/o la armada francesa. El problema era que la hipótesis daba como sospechosos a dos figuras opuestas (lo que no quiere decir que en algún punto convergen): un neonazi o un islamista ‒el primero por racista, pero sobretodo antisemita, y el segundo por vengar la presencia de la armada francesa en Afganistán, y además por antisemita‒.

Los sucesos se precipitaron durante la campaña presidencial, lo que anunciaba una politización desmedida del caso criminal. A contracorriente, el duelo nacional propiciaba la suspensión momentánea de la contienda política: los candidatos presidenciales adoptaron de entrada un discurso de unión nacional, por encima de las divergencias entre derecha e izquierda; pero la tregua no duró (¿existió acaso?) o, para ser más exactos, no resistió al vertiginoso desenlace de los hechos: Mohamed Merah, joven salafista tolosano, fue identificado por los servicios de inteligencia como el presunto autor de los crímenes, fue luego acorralado y finalmente abatido en el tiroteo que tuvo lugar a continuación, cuando los miembros del cuerpo de élite de la policía francesa irrumpieron en su apartamento-guarida; todo en menos de tres días.

La duda se disipó: no se trataba de un neonazi, sino de un islamista afín a Al Qaeda. Una parte de la prensa dejó entonces de hablar de “crímenes” y pasó a hablar de “atentados”, al tiempo que el término “asesino” era reemplazado por el término “terrorista”. El hallazgo de los servicios de inteligencia cayó como un anillo al dedo a Marine Le Pen, candidata del partido de extrema derecha (Front National), quien supo aprovechar de la ocasión para alimentar la islamofobia; y alivió al ministro del Interior, Claude Guéant, quien en los días que precedieron la masacre de Toulouse no había dejado de polemizar sobre la implantación del islam en el país galo. El candidato a la reelección, Nicolás Sarkozy, revistiendo el rol de “presidente protector” prometió tomar medidas drásticas, que se inscriben en el plan de lucha contra el terrorismo, si los franceses confían en él, es decir, si votan por él. Hoy por hoy, ya nadie descarta su reelección.

En otro discurso, el mismo Sarkozy sostenía que los crímenes cometidos no eran los de un loco, sino los de un monstruo y un fanático. La declaración ‒a primera vista banal y politiquera‒ es certera. Merah no era un simple demente, no salía a disparar al primero que se le cruzaba, tenía objetivos claros. Tampoco era un yihadista como los otros: contrariamente a los terroristas suicidas, él nunca puso su vida en juego al cometer los atentados. Se desplazaba en scooter y con pistola en mano; era un terrorista casero, unipersonal, que filmaba sus atentados y los colgaba en Internet.

En este sentido, el perfil de Merah se asemeja más al de un Anders Breivik (autor de la masacre del 22 de julio del año pasado en Noruega) que al de un yihadista tradicional. Y es que Breivik y Merah son ambos dos síntomas de la misma enfermedad, dos monstruos fanáticos, dos engendros de una historia que “tiene la realidad atroz de una pesadilla”, según la fórmula de Octavio Paz; una historia que va más allá de la guerra en Afganistán, y aún más allá del genocidio nazi y la creación de Israel.

3 Comentarios el El neonazi, el islamista y el candidato presidencial

  1. Buena presentación de hechos y complejidades. Pero si hubiera que tomar posición ¿cuál sería?. Porque hacerse los buenos e intelectuales con nazis y fanáticos islámicos yihadistas no sirve para nada. O mejor: le sirve a los asesinos.

  2. Buena presentación de hechos y complejidades. Pero si hubiera que tomar posición ¿cuál sería?. Porque hacerse los buenos e intelectuales con nazis y fanáticos islámicos yihadistas no sirve para nada. O mejor: le sirve a los asesinos.

  3. Buena presentación de hechos y complejidades. Pero si hubiera que tomar posición ¿cuál sería?. Porque hacerse los buenos e intelectuales con nazis y fanáticos islámicos yihadistas no sirve para nada. O mejor: le sirve a los asesinos.

Los comentarios están cerrados.