Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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De volantes a curules

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Las personas parecen revelar al volante su lado oscuro, se impacientan, rehúsan ceder el paso, se agarran a bocinazos por un quítame allá esas direccionales, se avivan en las colas como si quienes las respetaran fueran idiotas, se acuerdan permanentemente de la madre del prójimo, reparten yucas, dedos fálicos, rebasan con la pose de quien espolea sus caballos de fuerza en lugar de acelerarlos y, al hacerlo, te miran como si fuese evidente la cara de imbécil que sospechas haber visto en el espejo. No son todos así, ni todas -algunas son peores-, pero la mayoría lleva cara de pocos amigos.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Las personas parecen revelar al volante su lado oscuro, se impacientan, rehúsan ceder el paso, se agarran a bocinazos por un quítame allá esas direccionales, se avivan en las colas como si quienes las respetaran fueran idiotas, se acuerdan permanentemente de la madre del prójimo, reparten yucas, dedos fálicos, rebasan con la pose de quien espolea sus caballos de fuerza en lugar de acelerarlos y, al hacerlo, te miran como si fuese evidente la cara de imbécil que sospechas haber visto en el espejo. No son todos así, ni todas -algunas son peores-, pero la mayoría lleva cara de pocos amigos.

El colapso de las vías, la indisciplina de peatones y conductores por igual, la abundancia de chapas acostados, la inconsistencia de la señalización vial, las sorpresas del camino, hacen del tránsito por las calles una aventura cada vez más peligrosa; y las chambonadas no solamente se presenten sobre ruedas, sino también en forma de códigos.

Tres décadas hace desde que un accidente de tránsito con consecuencias fatales originó una legislación que trata a los conductores como delincuentes; y algunos ciertamente lo son, pero no la generalidad. Esa ley, si bien movida por la indignación natural de la coyuntura, no solamente que no ha sido moderada con la cabeza fría que aporta el tiempo, sino que ha sido sustituida recientemente por una más draconiana.

En efecto, la actual legislación convierte en delito sancionado con prisión un accidente de tránsito -hecho culposo por definición- dependiendo de la cuantía de los daños o sus consecuencias personales. Si a Juan Metepata se le van los frenos y choca contra un carro viejo, sin consecuencias personales ni más daño material que unos pocos dólares, soporta una indemnización civil y puede dormir en casa tranquilo; si el objeto de su imprevisible desventura es un vehículo de lujo cuyo dueño, para colmo, se da de narices contra el volante por no usar cinturón de seguridad, Metepata puede prepararse para un hospedaje forzado en la prisión. Y con sus huesos puede ir a parar en el mismo albergue aún el inocente conductor que se ve implicado en un accidente si la otra parte se ha pasado de copas, pues según el protocolo policial, cuando hay alcohol de por medio, detenidos van tanto al ebrio victimario como al abstemio victimado, hasta que el tema se esclarezca judicialmente, lo cual demora usualmente más que la pena definitiva, al ritmo de nuestro sistema judicial.

Si Metepata la mete por sobre el margen de tolerancia al exceso de velocidad admitido por el reglamento -curioso caso de inconstitucionalidad, debido a la mutación de una contravención en delito por “tipificación” reglamentaria-, también va preso, aunque no hayan consecuencias fatales que lamentar, que de haberlas le harían reo de homicidio. Sí, el volante saca lo oscuro de las personas, tanto como una curul parlamentaria.

Hoy que las muertes en las vías pueden llevar a insistir en el camino anacrónico y estadísticamente inútil de la criminalización de las conductas, hay que darse cuenta de que en la raíz del problema está la ausencia de una cultura de respeto a los demás.