Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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La sonrisa de Beatriz

Por Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

Había decidido escribir una tercera entrega sobre la Comedia cuanto la inesperada muerte de Carlos Fuentes, la semana pasada, me obligó a abandonar una de las más extrañas historias de amor que se puede encontrar en la literatura de Occidente: la que Dante profesó por Beatriz, y que en mi profana opinión parece ser el motivo real por el que el poeta florentino se embarcó en la titánica tarea de inventar ese arduo viaje del que nos dice, al iniciarlo, ha ocurrido al mediodía de su vida, en un momento en que siente que ha perdido la senda.

Por Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador


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Había decidido escribir una tercera entrega sobre la Comedia cuanto la inesperada muerte de Carlos Fuentes, la semana pasada, me obligó a abandonar una de las más extrañas historias de amor que se puede encontrar en la literatura de Occidente: la que Dante profesó por Beatriz, y que en mi profana opinión parece ser el motivo real por el que el poeta florentino se embarcó en la titánica tarea de inventar ese arduo viaje del que nos dice, al iniciarlo, ha ocurrido al mediodía de su vida, en un momento en que siente que ha perdido la senda.

Ciertamente la mayoría (que muy probablemente no habrá pasado del Infierno) cree que la Comedia de Dante, a la que la posteridad daría el apelativo de “Divina”, es una obra teológica en la que el poeta ordena la Historia desde el punto de vista de las creencias que profesa. Muchos, en cambio, sostienen que su interés no era religioso sino político, y que el escritor lo utilizó como una manera de vengarse de sus enemigos que lo tenían desterrado de su ciudad natal. Algunos opinan que toda la Comedia no es más que un panfleto florentino, en donde uno se entera de los vicios de los vecinos de Dante y las iniquidades de sus gobernantes. Yo me incluyo entre los que sospechan que todo el entramado no es más que un pretexto para cantar su amor por Beatriz Portinari, una mujer que no le correspondió.

“Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, escribió Jorge Luis Borges en uno de sus nueve “ensayos dantescos”, para explicar que Dante sintió por Beatriz una “adoración idolátrica” . Y que pese a que cuando ella se enteró de la pasión que suscitaba en el poeta no hizo más que burlarse de él y desairarlo, él encontró la manera de unirse a ella en la eternidad. Yo no recuerdo unos versos más hermosos que los que Dante pronuncia cuando, al final del Purgatorio, la divisa sonriente en la entrada del Paraíso, a donde había salido a recibirlo.

Beatriz Portinari, la que había amado en silencio contentándose solo con verla caminar por la calle. La que una vez le negó el saludo y viró el rostro hacia otro lado. La que se casó con Bardi. La que murió a los 24 años, probablemente de peste bubónica, y cuyo cortejo él siguió desde lejos. La Beatriz Portinari que encuentra en el Paraíso, no como una santa, sino como un ser casi similar a la Virgen María, y por la que Dante no ha dejado de sentir una pasión que debería considerarse blasfema sino fuera por la extraordinaria naturalidad con la que lo escribe. La Beatriz Portinari por la que él ha recorrido el Infierno, y ascendido por la penosa colina del Purgatorio solo para encontrarla en el Paraíso y decirle, a solas, lo que nunca pudo decirle cuando la veía caminando por las calles de Florencia.

He imaginado a Beatriz caminando presurosa por el Puente Vecchio. Borges, al final de su ensayo sobre Beatriz, imagina que Dante hubiera preferido encontrarse con ella en el círculo del Infierno destinado a los amantes, y que acaso escribió esos versos con ansiedad, con admiración, con envidia.