Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Rompiendo una lanza por el nuevo teatro

Por Aníbal Paez
Guayaquil, Ecuador 

Rompo una lanza por el Sánchez Aguilar.

A renglón seguido de criticar su montaje de estreno, me surge la necesidad de reconocer la gran oportunidad de ese nuevo teatro.

Los espacios de un artículo no alcanzan para abarcar todo lo que uno quiere y entonces hace falta recapitular.

El  Sánchez Aguilar nace como respuesta a una ciudad carente de un teatro de programación. Lo más cercano a un teatro de esa magnitud, era -no sé decir si es aún- el Teatro Centro de Arte, que fundado a fines de los 80’s se convirtió en el único sitio para las grandes producciones.

Por Aníbal Paez
Guayaquil, Ecuador 


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Rompo una lanza por el Sánchez Aguilar.

A renglón seguido de criticar su montaje de estreno, me surge la necesidad de reconocer la gran oportunidad de ese nuevo teatro.

Los espacios de un artículo no alcanzan para abarcar todo lo que uno quiere y entonces hace falta recapitular.

El  Sánchez Aguilar nace como respuesta a una ciudad carente de un teatro de programación. Lo más cercano a un teatro de esa magnitud, era -no sé decir si es aún- el Teatro Centro de Arte, que fundado a fines de los 80’s se convirtió en el único sitio para las grandes producciones.

No es este el espacio para desarrollar todo lo que pasó después, solo puedo apuntar que a causa de su compleja estructura administrativa, donde funciona un conjunto de señoras con buenas intenciones más que otra cosa, llamadas Sociedad Femenina de Cultura, y un enorme grupo de trabajadores pletóricos de espíritu burocrático,  se ha ido convirtiendo en el centro de eventos y clausuras de escuelas de danza, modelaje y demás shows, más grande del país. Lo digo por experiencia propia, que junto con mi compañera alquilamos en tres mil dólares la sala grande a inicios de este año para una de esas clausuras.

Pero de ahí en más, el “teatro de la ciudad” como dice su nuevo slogan, no ha sabido o no ha podido sostener un teatro para la ciudad, dando la impresión de que su mayor esfuerzo ha sido por salvar los muebles cada año. Y me refiero a la necesidad de establecer una programación permanente de alta calidad y propuesta artística apartada de la noción de evento.

Entonces llega el Sánchez Aguilar, construido con fondos privados, pero con la promesa de ser administrado con la suficiente autonomía y conocimiento que garantice una programación independiente de los gustos particulares de sus dueños: el señor que puso el dinero para su construcción y funcionamiento, y su familia, en boca de su hijo, decidió crear un espacio sin fines de lucro, lo cual nos habla, junto a la presencia de un programador con trayectoria en artes escénicas, de un teatro que tiene la firme intención de no sucumbir ante la demanda actual de su audiencia, y proponerle, más allá de lo que quiere/conoce, una opción diferente que lo acerque, paulatinamente, a la valoración de otras estéticas.

Sin embargo no deja de ser un hecho impresionante cuando alguien ha destinado más de once millones de dólares en crearlo; y aquí se abre la paradoja, a la vez esperanzadora y frágil: un teatro construido en la mitad de una ciudad satélite como la vía a Samborondón, con un promedio de habitantes de altos ingresos económicos pero escaso consumo cultural -por lo menos dentro del país- se propone mantener una programación nacional e internacional de relativo nivel, rompiendo los patrones de gusto del espectador acostumbrado más al sketch televisivo. Me parece un gran reto y además, necesario. Más allá de que está dirigido principalmente al público del sector donde se encuentra ubicado –eso se advierte en el valor de las entradas- representa la posibilidad, por primera vez en Guayaquil, de un espacio teatral que tenga opciones para ofrecer.

En todo caso, desde cualquier punto de vista, mejor dicho, desde el punto de vista de lo que significa emprender cualquier proyecto en Guayaquil -llamemos así también al otro lado del puente- y más uno artístico, solo podemos agradecer, felicitar y apoyar la creación de este nuevo teatro y por eso mismo, criticar su repertorio, con toda la vehemencia y la buena voluntad para ser corresponsable de su crecimiento, para que sepa que estamos interesados en él, que nos importa;  y porque hay muchos que vamos al teatro por que nos es vital que la ficción nos muestre lo que muchas veces la realidad nos vela, y no porque es un evento social que nos pone inside.

El Sánchez Aguilar puede pasar a la historia como el infiltrado en la casa del lucro, que sobrevivió a la corriente del retornoinmediato, supeditando la acumulación que podría generar la programación de los famosos “monólogos”, por la necesarísima función de ir creando público nuevo para un teatro inteligente que nos divierta de verdad, es decir, que di-versifique nuestro pensamiento.

Por eso rompo una lanza por el nuevo teatro, por la esperanza.