Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Traumas Nacionales

Por Gonzalo Orellana
Madrid, España

Siempre he pensado que una buena forma de entender a los países, es compararlos con las personas, como estas, los países tienen miedos, ambiciones, historias y traumas. La definición común de un trauma es: “cualquier suceso estresante extremo, algo fuera del ámbito de la experiencia humana normal, que produce consecuencias negativas tanto en la conducta como las emociones del individuo”.

Por Gonzalo Orellana
Madrid, España


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Siempre he pensado que una buena forma de entender a los países, es compararlos con las personas, como estas, los países tienen miedos, ambiciones, historias y traumas. La definición común de un trauma es: “cualquier suceso estresante extremo, algo fuera del ámbito de la experiencia humana normal, que produce consecuencias negativas tanto en la conducta como las emociones del individuo”.

Existen varios casos de sucesos tan traumáticos que condicionan el comportamiento colectivo de los ciudadanos de un país por mucho tiempo, aún el de quienes no lo vivieron directamente. Un par de ejemplos: el miedo casi “patológico” de Alemania a la inflación, el episodio de hiperinflación que registró Alemania después de la primera guerra mundial fue una de las razones del surgimiento del nazismo y del ascenso de Hitler al poder, aun ahora es casi imposible convencer a un político alemán de aceptar cualquier medida económica que pueda suponer el riesgo de inflación. Este “miedo” ha impregnado la política económica de Alemania durante décadas e inclusive ha sido exportado al resto de Europa a través del Banco Central Europeo. Otro ejemplo lo vemos en España y la huella de la Guerra Civil, aun ahora, varias décadas después y teniendo una democracia consolidada, la crispación y la división esta latente en el subconsciente de muchos españoles. Sin duda, la actual crisis tiene todos los ingredientes para convertirse en el trauma de los próximos años.

En el caso del Ecuador, aunque no es el único, sin duda el trauma más reciente, es la crisis bancaria de 1999. Sin duda alguna se trató de un suceso profundamente “estresante”, por utilizar la definición anterior, y de dimensiones sin precedentes. El impacto de la quiebra de buena parte del sector financiero, la debilidad institucional que le siguió, el feriado bancario, la congelación y en muchos casos la perdida de los ahorros de los ciudadanos, la salida del país de miles de ecuatorianos y la desaparición del sucre son algunas de las dolorosas consecuencias de aquella crisis.

La segunda parte de la definición de un trauma encaja a la perfección con las secuelas de la crisis del 1999-2000, “produce consecuencias negativas tanto en la conducta como las emociones del individuo”. En el plano político, la crisis marcó un antes y un después, no solo por la caída del presidente o la desaparición del partido con el que había llegado al poder.

Todos los políticos a partir de entonces, por lo menos los que han ganado elecciones, han realizado campañas enfocándose en combatir a los “banqueros corruptos” y a la “partidocracia” relacionada. Todavía ahora, la mejor manera de ganar una discusión, la mejor forma de reducir los argumentos de un rival es relacionarlo con la crisis, lo vemos por ejemplo cuando el presidente acusa a la prensa de haber permanecido callada en aquel momento, o cuando el alcalde de Quito, ante las criticas del ex alcalde Sevilla a su gestión, le responde acusándolo de no haber actuado durante la crisis. La derecha en Ecuador es una “mala palabra”, aun quienes simpatizan con esa tendencia evitan autodenominarse como tales, resulta llamativo que los únicos que utilizan la palabra son los sectores de izquierda y siempre en términos peyorativos.

Desde la crisis, los bancos cargan con un estigma, aun cuando los que sobrevivieron a la crisis demostraron que su gestión era correcta, y ese estigma permite cualquier ataque. No importa si una medida es acertada o no, si es contra la banca, está justificada.

El problema con los traumas es que condicionan el comportamiento durante mucho tiempo después de haber vivido el evento que lo generó, creando un temor injustificado a que suceda de nuevo, aunque sea muy poco probable. Sin ser psicólogo, creo que hay dos condiciones necesarias para superar un trauma, la primera es el tiempo y la segunda es reconocer que tienes un problema e intentar solucionarlo.

A juzgar por los dos ejemplos mencionados al inicio, los doce años que han transcurrido desde la crisis quizás no sean suficientes para sacar del subconsciente colectivo aquel doloroso episodio. Sin embargo si podemos empezar a enfrentar el trauma y eliminar algunas ideas que persisten en la cabeza de muchos ecuatorianos:

Los bancos no son enemigos de la sociedad, son una parte importante de cualquier economía y “satanizarlos” no trae nada bueno en ninguna parte.

La derecha, y con esto me refiero a sus ideas y no ha algunos de sus lamentables representantes, es tan valida y necesaria como la izquierda. No porque un gobierno que la representara haya fracasado quiere decir que debemos simplemente excluirla del debate nacional o peor aún, excluir a quienes simpaticen con ella.

El hecho de que la crisis se produjera por una mala gestión en el sector privado (bancos) no significa que la solución pase porque el estado lo controle todo y condenar la búsqueda de beneficios del mercado.

Afortunadamente la posibilidad de repetir una crisis como la del 1999 hoy parece poco probable, pero si seguimos mirando hacia atrás, seguramente no veremos los problemas que tenemos enfrente.