Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Vulneraciones morales

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

No deja de ser impresionante la contradicción que existe entre la exigencia de las filosofías contemporáneas -es el caso de Axel Honneth, de la tercera generación de la Escuela de Fránkfort, o de Avishai Margalit, por ejemplo- por los procesos de reconocimiento de las personas y su lucha contra lo que se llama vulneraciones morales por una parte y por otra, la facilidad en cambio con que en nuestro medio se afecta a la persona en nombre de la defensa de supuestas causas justas o “proyectos” que de ninguna manera pueden justificarse en nombre de la exclusión y del agravio.

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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No deja de ser impresionante la contradicción que existe entre la exigencia de las filosofías contemporáneas -es el caso de Axel Honneth, de la tercera generación de la Escuela de Fránkfort, o de Avishai Margalit, por ejemplo- por los procesos de reconocimiento de las personas y su lucha contra lo que se llama vulneraciones morales por una parte y por otra, la facilidad en cambio con que en nuestro medio se afecta a la persona en nombre de la defensa de supuestas causas justas o “proyectos” que de ninguna manera pueden justificarse en nombre de la exclusión y del agravio.

Para Honneth, a partir de sus lecturas de la lucha por el reconocimiento de Hegel y en el legado de la Escuela de Fránkfort formulado por Adorno y Horkheimer, las vulneraciones morales tienen que ver con tres estratos fundamentales para las personas. Cuando se habla de moral no hay que confundirse: se trata de la identidad de las personas que se construye en una relación práctica consigo misma y con los demás. En dichos estratos las personas se convierten en tales en su interacción con los otros: el primero es el de la relación consigo mismo que es la conciencia que dichas personas tienen respecto a las capacidades y derechos que les corresponden que se traduce en “la confianza en sí mismo”. Sin esa confianza el proyecto humano carece de bases. La segunda es el respeto de sí mismo y la tercera, el sentimiento de valer por sí mismo.

Si algo caracteriza al pensamiento contemporáneo y lo diferencia radicalmente del de comienzos y hasta mediados del siglo pasado es que el énfasis moral no se queda atrancado en el tema de la igualdad, es decir solo en la exclusión por motivos económicos.

No se trata del cuento trágico, en realidad una pesadilla, de destruir moralmente personas con el pretexto de construir otras nuevas. El famoso “hombre nuevo” que todavía encandila a algunos pese a su notable deterioro histórico, no puede ser visto como una opción moral si ello implica la falta de reconocimiento. Hay vulneraciones morales correspondientes a los tres estratos mencionados.

La identidad personal como se dijo solo se construye en el reconocimiento social. Precisamente las vulneraciones que afectan al sentimiento de valer por sí mismo son, según Honneth, en las que se busca demostrar a una o a varias personas por medio de la humillación y de la falta de respeto que sus capacidades no gozan de ningún reconocimiento. En este contexto se va desde el caso de no saludar o ignorar hasta la estigmatización. El problema se multiplica si se lo hace desde el poder y de ahí la desconfianza de toda la filosofía contemporánea a los ejercicios del mismo por su carga de dominación y de control.

¿Qué caracteriza a una sociedad del desprecio? ¿Cómo mantener la autonomía personal en un contexto de tecnocracia y de intelectuales “normalizados”, sintonizados con el poder y repetidores del mismo discurso? La libertad que se construye en sociedad es teleológica, en buenas palabras apunta a la buena vida o lo que en palabras más simples Aristóteles llamaba la felicidad.