Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Cultura de autómatas

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Ciertos ritos que, para los occidentales, tan laxos y acomodaticios en cuestiones de fe, podrían pasar por una curiosidad religiosa, empiezan a ser la estampa de una época posmoderna que mira la red digital como una revelación milagrosa, vive en comunión con los adminículos tecnológicos, cree que el camino hacia la verdad es la banda ancha y la nube virtual, el Paraíso. Es ya común ver grupos de personas con la mirada perdida en el mismo objeto de adoración, en trance, las manos alrededor del tótem, que pulsan nerviosos con los pulgares, una suerte de muro portátil de las lamentaciones: el teléfono inteligente, generalmente más inteligente que su dueño, que cree poseer el aparato místico cuando en realidad es éste el que posee a aquél.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Ciertos ritos que, para los occidentales, tan laxos y acomodaticios en cuestiones de fe, podrían pasar por una curiosidad religiosa, empiezan a ser la estampa de una época posmoderna que mira la red digital como una revelación milagrosa, vive en comunión con los adminículos tecnológicos, cree que el camino hacia la verdad es la banda ancha y la nube virtual, el Paraíso. Es ya común ver grupos de personas con la mirada perdida en el mismo objeto de adoración, en trance, las manos alrededor del tótem, que pulsan nerviosos con los pulgares, una suerte de muro portátil de las lamentaciones: el teléfono inteligente, generalmente más inteligente que su dueño, que cree poseer el aparato místico cuando en realidad es éste el que posee a aquél.

Antes el cosmos era infinito, y necesitábamos de filósofos y científicos que nos ayudaran a develar sus secretos. Más de 16 siglos de la era Cristiana se necesitaron para descubrir que la Tierra gira, y aún no entendemos cómo pudieron construirse hace 34 siglos las tumbas de los faraones egipcios, que hoy no podrían replicarse con toda la tecnología existente -no hemos evolucionado en todo-. Pero gracias a la religión virtual vivimos la ilusión de haber capturado el Mundo en una pantalla, y su sabiduría milenaria, en la Wikipedia. El safari no es más una larga y peligrosa expedición, es tan solo un código binario que ha terminado programando, más que cualquier otra cosa, nuestro subconsciente, haciéndonos sentir que, de verdad, navegamos. Hemos cambiado los diálogos renacentistas por pedos neuronales de 140 caracteres por tuit, porque para evidencia de la evolución de las especies, la humana ya se comunica como los pajaritos, trinando.

La representación digital de la realidad es, por definición, un modo de comprimirla, de mutilarla, de reducirla a los códigos y cápsulas que pueden ser procesados por los ordenadores, bajo estándares de expresión que hacen posible su circulación por las redes. Los músicos saben bien que la digitalización de los sonidos se consigue al costo de sacrificar la infinita riqueza musical que solo los instrumentos originarios en manos de sus intérpretes humanos son capaces de producir. Se habrá democratizado y facilitado la creación y circulación de música, pero el sonido que producían los discos de acetato era más completo, el proceso creativo, más complejo, y la cultura para darle contexto, más profunda. Lanier, gurú digital, confiesa cómo la integración global de las redes se ha conseguido anclando y replicando patrones de programación; es que librados los códigos binarios al capricho de sus creadores, tendríamos una Torre de Babel virtual sin conectividad posible. La originalidad en la red tiene mucho de espejismo, pues las nuevas creaciones están condicionadas por el diseño de origen, que se mantiene invariable a fin de propiciar la masificación. En este contexto, la individualidad no es útil. La cultura va perdiendo la impronta irrepetible del individuo, en proceso de convertirse en un autómata sin más memoria que la de su disco duro y poco más opciones que las que ofrece el menú de su inteligente portátil.