Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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La ley y los jueces

Por Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Me da gusto observar a los legisladores verdes, rojos, amarillos o azules hacerse como que discuten, debaten, analizan, trabajan en definitiva, en lo que debe ser el texto final del nuevo Código Penal que arrojará nuevos presos, miles de presos más a las pestilentes cárceles de nuestro país.

Por Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Me da gusto observar a los legisladores verdes, rojos, amarillos o azules hacerse como que discuten, debaten, analizan, trabajan en definitiva, en lo que debe ser el texto final del nuevo Código Penal que arrojará nuevos presos, miles de presos más a las pestilentes cárceles de nuestro país.

Lo digo con ironía, claro, porque en realidad me dan ganas de lanzar tomates a los protagonistas de este show. Porque sé que de nada sirve plantear la mejor ley del mundo, elaborar los textos más sabios del planeta, dejar como unos limitados a los romanos, si el problema de fondo del Ecuador no es si se incrementan o no cinco años más de castigo a los criminales, que bastante ya los hay, sino qué jueces son los que van a determinar quién es o no un criminal por estos caminos.

Porque así como van las cosas, cualquiera de nosotros podrá ser juzgado casi como un asesino, con penas así de duras. De pronto, un periodista que antes se jactaba de dar primicias consiguiendo información privilegiada que además estaba siendo escondida por alguien, ahora se arriesga a que lo juzguen por atentar a la seguridad interna del Estado. O los maestros que enciendan llantas en las calles podrían ser juzgados por boicot o terrorismo. O será más fácil, con distintos tipos penales, deshacerse de molestosos políticos de oposición.

En cualquiera de los delitos que se están discutiendo para que queden más bonitos en su lectura, para que la gente piense que ahora sí se va a reducir la inseguridad, los jueces y los fiscales son los que tienen en sus manos la libertad o inocencia de los ciudadanos, como tiene que ser.

Y yo, particularmente, no tengo mayor confianza en los jueces, en estos jueces.

No existe confianza cuando no se tratan igual a los acusados. En nuestro país, no es lo mismo que el acusado de violación a una menor sea el padre de un ministro, para poner solo un ejemplo. No es lo mismo que los acusados de redactar un fallo judicial, sean los abogados del presidente de la República, para poner otro.

No los veo independientes, no creo que tengan la fuerza necesaria respaldada en nombres de peso, como para enfadar con sus fallos al poder, en estricto apego a Derecho. Los concursos que lleva adelante la Judicatura en el país para integrar la nueva justicia, están plagados de dudas, de nombres cuestionados, de gente que está dispuesta a alinearse al régimen con tal de conseguir un empleo. Nadie con una actitud así de dócil merece ser considerado como juez.

Así que los legisladores podrán seguir debatiendo lo que quieran.

Esos mismos legisladores deberían preocuparse de quienes serán los jueces que aplicarán sus leyes, que tanta saliva y obediencia les costó. Si les interesa la justicia, claro.

Si lo único que les interesa, en cambio, es garantizarse de cualquier modo su reelección, no levantarán olas por ese lado. Seguirán hablando de temas sociales, religiosos, defendiendo o atacando a géneros sin cara antes que a individuos con rostros hecho pedazos. De la injusticia.