Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Cementerio constitucional

Por Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

La liberación o el intento de liberar de toda responsabilidad –inclusive administrativa–, a pesar de la abrumadora evidencia que lo condena, a quien no tuvo vergüenza de firmar una sentencia preparada por terceros y condenar a la cárcel a cuatro personas inocentes, una vergonzosa sentencia que pretende sentar la peor jurisprudencia imaginable en el derecho internacional de derechos humanos, ese no es un hecho aislado ni tampoco inesperado. Es ciertamente un hecho grave, pues, ese magistrado y quienes lo han encubierto son el producto más refinado que ha producido la reforma judicial iniciada hace más de un año con tanta pompa y dinero.

Por Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador


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La liberación o el intento de liberar de toda responsabilidad –inclusive administrativa–, a pesar de la abrumadora evidencia que lo condena, a quien no tuvo vergüenza de firmar una sentencia preparada por terceros y condenar a la cárcel a cuatro personas inocentes, una vergonzosa sentencia que pretende sentar la peor jurisprudencia imaginable en el derecho internacional de derechos humanos, ese no es un hecho aislado ni tampoco inesperado. Es ciertamente un hecho grave, pues, ese magistrado y quienes lo han encubierto son el producto más refinado que ha producido la reforma judicial iniciada hace más de un año con tanta pompa y dinero.

Pero a semejante decisión deben sumarse otras adoptadas recientemente por varios órganos públicos y que tienen como efecto visible el seguir cavando y cavando la tumba más profunda que hayamos cavado en el Ecuador para enterrar la Constitución del 2008 junto a las otras 17 que yacen en nuestro cementerio de cartas fundamentales. Bien podría decirse que la del 2008 es probablemente una de las constituciones que menos ha durado en nuestro país. A estas alturas pocos deben creer que en efecto la llamada Constitución de Montecristi siga vigente.

Hablando honestamente, ¿queda algo de esa Constitución? ¿Queda algún rastro siquiera de ese fantástico edificio de 444 artículos que iba a organizar el poder horizontalmente y que le dotó a cada ciudadano de un castillo de garantías y un océano de derechos? ¿Queda algo de ella cuando se van desplomando cada día las instituciones hasta convertirse en el espejo de una sola cara y el eco de una sola voz? Junto a la Constitución de Montecristi, en el solar de al lado, se ha ido levantando una estructura de poder grosera y gigantesca que la supera en altura y volumen, y que ha terminado por acorralarla hasta impedir que podamos ni siquiera verla; volviéndola así inoperante. Una pieza más en el museo de nuestra historia de ilusiones y pesadillas de fracasos.

No estamos solos en esta crisis, sin embargo. En la región varias naciones han vivido y otras aún viven procesos similares. La tercera ola de la democracia parece que trajo una nueva ola de antidemocracia. Pero así como los poderes autoritarios de hoy han aprendido a florecer en un mundo diferente al de los Somoza y Trujillo, así también las sociedades civiles de estos nuevos regímenes autoritarios han ido aprendiendo a derrotarlos con las virtudes de la organización y el civismo.

Hay además en la actualidad una comunidad internacional mucho más institucionalizada y más legalizada que hace unas décadas. Es una comunidad que, por otro lado, sabe leer entre líneas lo que aquí sucede. Sabe, por ejemplo, que si algún ecuatoriano, periodista o no, llegare a hacer en nuestro país el uno por ciento de lo que ha hecho el señor Julián Assange en el exterior, ese ecuatoriano sería condenado a varios años de prisión por uno de nuestros mercuriales jueces que firmaría nomás la sentencia que se le mande a dejar con un conserje.