Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Chabela Vargas

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

Los mariachis callaron “…Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor”. En Plaza Garibaldi y pese a la lluvia, miles y miles se dan cita para despedirse de la “Chamana”. Pareciera que esa noche ha triunfado el tiempo mítico de las grandes repeticiones y que por una especie de milagro –estamos en pleno siglo XXI – retornara esta noche el mismo público que ayer se despidió también entre lágrimas, tequila y mariachis de Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara o de Pedro Infante.

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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Los mariachis callaron “…Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor”. En Plaza Garibaldi y pese a la lluvia, miles y miles se dan cita para despedirse de la “Chamana”. Pareciera que esa noche ha triunfado el tiempo mítico de las grandes repeticiones y que por una especie de milagro –estamos en pleno siglo XXI – retornara esta noche el mismo público que ayer se despidió también entre lágrimas, tequila y mariachis de Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara o de Pedro Infante.

Pero no hay que llevarse a engaños: este público multitudinario que hoy asiste a la celebración de una fiesta tan peculiar como es la muerte, es probablemente el último donde coincidan sensibilidad y música, valores pasionales y urgencia de un modo de vida, elección de la identidad de sí mismo para ser expresada con unas letras determinadas que solo pueden ser cantadas por muy pocos como Chavela. ¿Por qué si no esas lágrimas en público que aunque no sean de pena como recomendaba la Chamana, son lágrimas? ¿Por qué si no esos tequilas que se beben puros y limpiamente como parte de la ceremonia del adiós? Por eso, esa noche en Garibaldi, Eugenia León, Tania Libertad y Lila Downs cantaron juntas “La Llorona” para terminar con “México lindo y querido”. Profundo y emocionado, el coro repite en la inmensidad de la Plaza como en las grandes ceremonias litúrgicas la certificación de su destino, “que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí, México, lindo y querido, si muero lejos de ti”

¿Por qué el amor es tan complicado? ¿Por qué ese ir y venir de afectos y desafectos, de encuentros y desencuentros verbales y corporales, esas pasiones que pueden estallar para incendiar o para olvidar? “Tómate esta botella conmigo/ en el último trago nos vamos/ quiero ver a qué sabe tu olvido/ sin poner en mis ojos tus manos/ esta noche no voy a rogarte/ esta noche te vas que de veras/ qué difícil tratar de olvidarte”. Chavela Vargas es el mito irrepetible de sí misma: bohemia, amores, farras que no terminan nunca, amigos de calidad que no conceden ni el parentesco, ni el trabajo ni las aulas de las universidades. Disponibilidad plena para el ahora.

Y sin embargo, pese a todo, Chavela Vargas también formó parte de la alta cultura. Trascendió su propia peripecia. Fue de la última generación “que se resintió al sin sentido de la Modernidad, a través de la bohemia, el tequila y el arte”. Por ello su presencia en películas de Werner Herzog y de Pedro Almodóvar o su reciente disco en Homenaje a Federico García Lorca. Por eso Sabina le dedicó más que una canción, un himno autobiográfico: “que no se ocupe de ti el desamparo/ que cada cena sea tu última cena/ que ser valiente no salga tan caro/ que ser cobarde no valga la pena”.

El destino del bolero y de la canción ranchera clásica será cada vez más para minorías cultas como lo es hoy el fado. Su insoportable contradicción, su complejidad vital, su ironía íntima serán insoportables en “paraísos” orwellianos, tecnocráticos y ordenados donde la pasión se ha extinguido.