Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Los mesías tropicales

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

Cansado e irónico, pero absolutamente lúcido de la condición humana y de sus debilidades, el Gran Inquisidor de Dostoyevsky, reclama a Jesús, apresado en las calles de la ciudad donde ejerce su imperio, su incapacidad de entender al hombre: “Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía…” ¿Qué era lo que Jesús no escuchó?: “Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para la siempre la conciencia de estos seres impotentes e indómitos, y hacerlos felices: el milagro, el misterio y la autoridad. No quisiste valerte de ninguna”.

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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Cansado e irónico, pero absolutamente lúcido de la condición humana y de sus debilidades, el Gran Inquisidor de Dostoyevsky, reclama a Jesús, apresado en las calles de la ciudad donde ejerce su imperio, su incapacidad de entender al hombre: “Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía…” ¿Qué era lo que Jesús no escuchó?: “Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para la siempre la conciencia de estos seres impotentes e indómitos, y hacerlos felices: el milagro, el misterio y la autoridad. No quisiste valerte de ninguna”.

Paradójicamente, lo que el Gran Inquisidor plantea como crítica en un texto que debiera leerse más que nunca en América Latina, agobiado de mesianismos que imponen su voluntad, es la condición no mesiánica de Jesús.

Jesús, según la acusación del Gran Inquisidor, experto en la manipulación de los hombres, no ha entendido que la condición humana, una mezcla extraña de impotencia pero también de ingobernabilidad. Esta extraña mezcla solo puede manejarse por tres fuerzas, por supuesto incompatibles con la democracia y la razón ilustrada moderna, el milagro, el misterio y la autoridad. Quien no las utilice, reitera el Gran Inquisidor, está condenado al fracaso.

En un artículo recientemente aparecido en la revista mexicana Letras Libres, “El pueblo soy yo”, Enrique Krause hace la radiografía del eterno candidato de la “izquierda” mexicana (de paso, ¿qué es ser de izquierda actualmente?) Andrés Manuel López Obrador. No hace falta mucha imaginación para leer en los rasgos del “Peje” los de sus colegas latinoamericanos y sus asesores intelectuales que desdeñan a las democracias liberales y que a la manera del Gran Inquisidor recurren en sabias combinaciones a la mezcla de milagro, misterio y autoridad.

Ya en un artículo anterior, “El mesías tropical”, Krause había delineado la radiografía de López Obrador. Ahora la confirma. Entre las ideas fuerza del eterno candidato presidencial tabasqueño, resaltan su predilección por el poder absoluto, su desprecio por lo republicano porque desdeña la división de poderes y las instituciones públicas autónomas que por supuesto constituyen una limitación insoportable de la voluntad mesiánica de refundar un país que como México debe comenzar a partir de López Obrador a escribir su historia.

“La ley no es la norma sino el arma de la burguesía para dominar al proletariado” repite su coideario Arturo Núñez. Para López Obrador, “el pueblo es la “plaza pública´ que se llena a su conjuro. Léase en clave virtual plaza pública y estamos en el siglo XXI, en el ciberespacio.

“Este país no avanza con procesos electorales, avanza con movilizaciones sociales” registra Krause de López Obrador. ¿Cómo entender esta visión tan ajena a la democracia y a sus instituciones? Para Krause, el caso de López Obrador tiene explicación en la fenomenología religiosa, en la conciencia mesiánica de transformador radical para quien, como en el caso del Gran Inquisidor, el fin si justifica los medios.