Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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El Médico de su honra

Por Aníbal Páez
Guayaquil, Ecuador

Teatro Corsario nos acerca a un valioso documento vivo de la historia universal del teatro y el arte en general. El Siglo de Oro fue quizá la época de mayor apogeo de las artes españolas, que, metodológicamente, culmina justamente con el fallecimiento de Pedro Calderón de la Barca, autor de “El médico de su honra”, montaje con el que el colectivo escénico Teatro Corsario, celebra treinta años de vida sobre las tablas y que tenemos la oportunidad de apreciar en el Sánchez Aguilar, en Guayaquil.

Por Aníbal Páez
Guayaquil, Ecuador


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Teatro Corsario nos acerca a un valioso documento vivo de la historia universal del teatro y el arte en general. El Siglo de Oro fue quizá la época de mayor apogeo de las artes españolas, que, metodológicamente, culmina justamente con el fallecimiento de Pedro Calderón de la Barca, autor de “El médico de su honra”, montaje con el que el colectivo escénico Teatro Corsario, celebra treinta años de vida sobre las tablas y que tenemos la oportunidad de apreciar en el Sánchez Aguilar, en Guayaquil.

Coherente con una línea clásica, nos encontramos ante un teatro que alude al período feliz del barroquismo español, cohesionando en su corpus todos los elementos formales que estructuren la idea de un montaje “correcto”, es decir, que respete la idea canónica de un teatro que se genera a partir de poner en escena el texto de un gran autor consagrado por la tradición de un época determinada.

Siguiendo esa línea estética, teatro Corsario realiza un trabajo consistente en todos los aspectos de su dispositivo espectacular: sus actores matizan sin esfuerzo el octosílabo y endecasílabo habitual del género, tornándolo en coloquial y fresco. La música, el trabajo de iluminación y la escasa escenografía, complementan un trabajo limpio y generoso que nos permite seguir el drama con atención permitiéndonos entrar en la convención y disfrutar del juego.
Uno de los riesgos de enfrentar un texto clásico, es precisamente convertirlo en un búnker insondable cargado de un lirismo acartonado y hermético que ahuyente al espectador y lo aburra, pero esto no ocurre con la propuesta de Corsario, porque logra con aplomo asumir el género y darle la intensidad requerida para valorarla desde su propia autenticidad.

Temáticamente la obra nos habla de la preponderancia del honor y la buena imagen social, por sobre todas las cosas, como mecanismos otorgadores de respeto por parte del otro.
Un hombre enfermo por los celos que le produce la sospecha de que su esposa está en amoríos con el hermano del Rey, sintetiza la desconfianza que viven casi todos los personajes de la obra en una suerte de paranoia colectiva. El enredo que podría resolverse con la exposición sincera de las circunstancias que han llevado al límite el malentendido, no puede ser desanudado y conlleva a la tragedia.

El médico de su honra es una buena oportunidad para acercarnos a un clásico del teatro universal, sobre todo en nuestra ciudad, pletórica de novelería y superficialidad, donde regresar al origen, puede ser una auténtica experiencia de frescura.