Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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La tormenta perfecta

Por Sergio Ramírez Mercado
Managua, Nicaragua

Con mi amigo empresario me encuentro generalmente en las salas de espera de los aeropuertos. Vive a caballo entre Miami y Managua, pues cuando, en los 80, sus propiedades fueron confiscadas, en medio del furor de la revolución, se fue al exilio maldiciendo, estableció negocios allá en la Florida y, luego de la derrota sandinista en las urnas en 1990, regresó y recuperó sus propiedades o recibió indemnización por ellas.

Por Sergio Ramírez Mercado
Managua, Nicaragua


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Con mi amigo empresario me encuentro generalmente en las salas de espera de los aeropuertos. Vive a caballo entre Miami y Managua, pues cuando, en los 80, sus propiedades fueron confiscadas, en medio del furor de la revolución, se fue al exilio maldiciendo, estableció negocios allá en la Florida y, luego de la derrota sandinista en las urnas en 1990, regresó y recuperó sus propiedades o recibió indemnización por ellas.

Nos entregamos siempre a largas conversaciones mientras esperamos el avión, y solemos hablar de mis libros, porque es buen lector de ellos, y también de Nicaragua y su futuro. Siempre me dice que hice muy bien en alejarme de la política, porque así la literatura salió ganando, y yo se lo agradezco, pues, al menos, quien salió ganando fui yo.

Pero no estamos hablando de mí, sino de mi amigo empresario, que en la última de nuestras conversaciones me ha hecho un listado de las bondades de las políticas del comandante Ortega, que hacen avanzar a Nicaragua hacia buen puerto, según su propia expresión: primero, un entendimiento ejemplar con los empresarios privados: ellos se dedican a producir y a expandir sus negocios, y a exportar lo que producen, y el comandante se dedica a manejar la política, en lo que ellos no se meten. Dentro de esta veda política entran, por supuesto, las elecciones justas y libres, la independencia de poderes y el Estado de derecho.

Además, continúa, las relaciones con Venezuela son una bendición. Nos pagan bien la carne, nos dan el petróleo a mitad de precio. Puede ser que no me guste Chávez en lo personal, y aquí en confianza te confieso que tampoco me gusta el comandante Ortega en lo personal, y no lo invitaría a una fiesta de cumpleaños en mi casa, pero, si yo fuera venezolano, votaría por Chávez; imagínate a Capriles de presidente, y a las masas chavistas en las calles haciéndole la vida imposible, huelgas y alborotos, paradas las refinerías, todo se iría al carajo. Como se ha visto, los deseos de mi amigo se han cumplido.

Le pregunto si es lo mismo que piensa del comandante Ortega, que, si estuviera en la oposición, la economía del país se vería afectada con huelgas, tranques de carreteras. Claro, me responde, ¿no lo vimos ya antes, cuando él no había vuelto a la presidencia? Fíjate hoy. Ni una sola huelga, todos los sindicatos le obedecen. Es la situación perfecta. ¿Y los partidos de oposición? Casi no existen, perfecto, poca falta hacen. ¿Y qué es lo que llaman populismo? ¿Que los pobres reciban algo y estén contentos? Perfecto también.

Me toma del brazo, como si quisiera conducirme hacia algún lugar, y me dice: la verdad es que nosotros lo que necesitamos es una sola persona que conduzca el barco, una persona a la que todos obedezcan; si la democracia es que unos dicen una cosa y otros dicen otra, el presidente manda una ley a la asamblea, y la asamblea no la aprueba, luego viene un tribunal y contradice lo que el presidente decidió, o aparece la contraloría y dice que determinada inversión en una carretera está mal hecha y hay que parar la carretera, ese tipo de democracia no nos conviene.

Ahora, me dice, un poco más calmado, hay cosas que no me gustan, pero no me parecen esenciales. Ese odio contra los Estados Unidos, esos ataques contra el capitalismo, eso de hablar mal del neoliberalismo; me gustaría que esos discursos fueran más conciliadores; pero, en el fondo, todo es de la boca para afuera. El comandante debe hablar así porque en su partido hay gente a la que le gusta oír esos sermones antiimperialistas.

Están llamando a abordar mi vuelo, y tenemos que despedirnos. Será en el próximo encuentro cuando podré hacer a mi amigo empresario todas las preguntas que su entusiasmo ante lo que ahora celebra, y antes tanto temió, dejó mudas. Preguntarle, para empezar, si no piensa que la situación perfecta que él pinta puede llegar a convertirse en la tormenta perfecta.

Pero será la próxima vez.

* Sergio Ramírez Mercado es escritor nicaragüense. Fue Vicepresidente de Nicaragua entre 1986 y 1990, durante la primera presidencia de Daniel Ortega. Su artículo ha sido colgado en su blog sergioramirez.com

2 Comentarios el La tormenta perfecta

  1. Cada cual tira a su lado

  2. Muy claro. Lectura recomendada para los entusiastas de la “revolución”.

Los comentarios están cerrados.