Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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La Casa del Desván

Por Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Hace pocos meses supe de una novela que se adentra en los rincones más laberinticos de la mente humana. Escogida entre las diez finalistas del Premio Planeta-Casa de América 2008, La Casa del Desván, de Modesto Ponce Maldonado (Quito, 1938), consiste en una profunda reflexión sobre la realidad que percibimos a nuestro alrededor. Una realidad inevitablemente condicionada a las patologías mentales que podríamos padecer. Una realidad que no nos permite saber hasta qué punto esta es real afuera de nuestro cerebro.

Por Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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Hace pocos meses supe de una novela que se adentra en los rincones más laberinticos de la mente humana. Escogida entre las diez finalistas del Premio Planeta-Casa de América 2008, La Casa del Desván, de Modesto Ponce Maldonado (Quito, 1938), consiste en una profunda reflexión sobre la realidad que percibimos a nuestro alrededor. Una realidad inevitablemente condicionada a las patologías mentales que podríamos padecer. Una realidad que no nos permite saber hasta qué punto esta es real afuera de nuestro cerebro.

En su último ensayo “Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción”, el escritor mexicano Jorge Volpi plantea algo que en cierto modo ya lo sospechábamos: los hechos de la realidad y la ficción son recibidos por la mente humana a través de un mismo proceso. En el interior de nuestro cerebro aquello que acontece en los libros y en las películas es tan real como los hechos de nuestra vida cotidiana y nuestro entorno. En algún punto la ficción y la realidad se fusionan, son una misma cosa.

Pero, ¿qué sucedería si nuestra mente cae en los inmisericordes predios de la esquizofrenia? Ese es precisamente el misterio que aborda Ponce Maldonado en su novela. Y no es precisamente la disyuntiva entre realidad y ficción (sobre la que nos hablaba Volpi), sino una disyuntiva más cruda y una sobre la cual no es posible hacer una elección: la salud mental y el abismo de la imaginación sin control.

Ponce Maldonado se sumerge en la posibilidad de una mente desbordada, sobrepasada por la realidad y los conflictos, vencida, enferma. Una mente que pierde la batalla contra el poder de la imaginación y es capaz de crearse para sí otras realidades posibles. No la realidad que percibimos con los sentidos del cuerpo sino la que nace al interior del cerebro y sólo existe allí.

Con un fascinante relato en primera persona el autor describe el mundo convulsivo en el que vive su personaje (el cual ciertamente no sale de su habitación en el hospital psiquiátrico). La novela abandona toda posibilidad de ser lineal: comienza un 26 de junio y termina el 29 de abril de ese mismo año. Además de un viaje de regreso en el tiempo, la narración es el descubrimiento de un misterio pues el lector podrá comprobar que las más fascinantes historias nacen del más sencillo de los pretextos. El reto es lograr activar el poder de la imaginación.

Unos dirán que la burocracia y sus tentáculos invencibles es criticada por Ponce Maldonado. Podría ser. Lo cierto es que su novela se queja de esas estructuras burocráticas capaces de absorber y tragarse la vida de las personas, los años de juventud, los valores, la esperanza. Un sistema imposible de entender o vencer (como El Proceso de Kafka), es –quizá– el culpable del deterioro mental del protagonista de la historia. Pero más allá de eso, lo cierto es que ese mundo esquizofrénico, al igual que la ficción que consumimos todos los días, tiene tanto o mas veracidad y fuerza que aquello que tristemente llamamos realidad.