Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Skyfall

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

El título de la última película de la saga de James Bond –que para muchos críticos es una de las versiones mejor logradas gracias a un contundente Javier Bardem- retrotrae a la caída del cielo de la inteligencia global que supuso la dimisión de David Petraeus, ex director de la CIA. Tal como la imagen del agente especial británico permitió construir en el inconsciente colectivo global, la del espionaje internacional sería una actividad en que se mezclarían en dosis muy elevadas y sin medida exacta racionalidad, rapidez de reflejos, destrezas multipropósitos y hormonalidad a tope, que podría expresarse en el desmantelamiento de amenazas contra la humanidad, reducción de grupos armados y seducción de mujeres bellísimas en busca de resolver complicadísimos puzzles.

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El título de la última película de la saga de James Bond –que para muchos críticos es una de las versiones mejor logradas gracias a un contundente Javier Bardem- retrotrae a la caída del cielo de la inteligencia global que supuso la dimisión de David Petraeus, ex director de la CIA. Tal como la imagen del agente especial británico permitió construir en el inconsciente colectivo global, la del espionaje internacional sería una actividad en que se mezclarían en dosis muy elevadas y sin medida exacta racionalidad, rapidez de reflejos, destrezas multipropósitos y hormonalidad a tope, que podría expresarse en el desmantelamiento de amenazas contra la humanidad, reducción de grupos armados y seducción de mujeres bellísimas en busca de resolver complicadísimos puzzles.

La de Bond sería una actividad peligrosa y seductora que es muy atractiva para el común de los mortales, hombres y mujeres, por la estela de poder, de adrenalina a tope y de novedad que significarían las misiones. Esa mezcla explosiva golpea en el espejo de la molicie propia de nuestra cotidianidad. A muchos los hace querer desear un mundo de aventuras, de heroísmo y de conquista. Pero este tipo de personaje siempre me ha hecho pensar en las cabezas de las organizaciones para las que trabaja. El agente especial 007 es un “soldado” bajo el mando de “M” y de una estructura jerárquica superior, que no tiene que estar en la primera línea de conflicto, pero que cuenta con una responsabilidad mayor, conforme se escala en la pirámide y se llega a una cúspide que tiene que decidir y velar por las relaciones de inteligencia de un país.

El caso de Petraeus muestra que la vida de los agentes se reproduce a niveles superiores, incluso al más alto posible, como es el caso de la dirección de la CIA. La historia de la relación entre Petraeus y su biógrafa, Paula Broadwell, se destapó a propósito de la solicitud de protección al FBI que Jill Kelley, amiga de la familia Petraeus, habría hecho por unos correos amenazantes de la amante del ex director de inteligencia y general encargado de las operaciones norteamericanas en Iraq y Afganistán. Las indagaciones de la agencia rival de la CIA en EEUU, pusieron en evidencia la vulnerabilidad que la relación extramarital de Petraeus le estaba causando a la seguridad norteamericana, pues existen serios indicios de que Broadwell contaba con información clasificada.

La caída en picada de Petraeus, que llevaba 38 años de matrimonio y una impecable hoja de vida como militar, no solo que incomoda al reelecto presidente Obama, quien tendrá que rearmar su gabinete y revisar los códigos de conducta de sus subalternos. También tira por la borda la carrera de una de las cartas demócratas para reemplazar a Obama en 2016. Las aventuras pueden ser muy excitantes. Pero cuando se mezclan con la responsabilidad vinculada con la seguridad de un país, no hay agente que aguante el escrutinio público, ni el peso de unos e-mails celosos.