Ecuador. domingo 10 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Releyendo a los clásicos

Por Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador

Charles Sanders Pierce, conocido como el padre del pragmatismo moderno, relata en sus Selected Writings que dedicó dos horas diarias durante tres años a leer la Crítica de la Razón Pura de Kant. Al cabo de ese tiempo la sabía casi de memoria y había hecho un estudio crítico de cada una de sus secciones. En los gloriosos tiempos de la Facultad de Filosofía San Gregorio en Quito, durante la década de los sesenta del siglo pasado, Eduardo Rubianes s.j., ponía como tarea para el semestre entero, a los alumnos que sobrevivían a las exigencias académicas, la lectura de la misma obra de Kant en la traducción castellana disponible en ese momento en editorial Losada, la de José Rovira Armengol en dos tomos. La Crítica se dividía en grupos para su lectura y exposición. El resultado era que a todos les tocaba en la práctica leer todo. La Crítica se leía por cierto como uno de los más demoledores ataques a la metafísica que reivindicaba los fueros de lo que se llamaba la teoría del conocimiento.

Por Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador


Publicidad

Charles Sanders Pierce, conocido como el padre del pragmatismo moderno, relata en sus Selected Writings que dedicó dos horas diarias durante tres años a leer la Crítica de la Razón Pura de Kant. Al cabo de ese tiempo la sabía casi de memoria y había hecho un estudio crítico de cada una de sus secciones. En los gloriosos tiempos de la Facultad de Filosofía San Gregorio en Quito, durante la década de los sesenta del siglo pasado, Eduardo Rubianes s.j., ponía como tarea para el semestre entero, a los alumnos que sobrevivían a las exigencias académicas, la lectura de la misma obra de Kant en la traducción castellana disponible en ese momento en editorial Losada, la de José Rovira Armengol en dos tomos. La Crítica se dividía en grupos para su lectura y exposición. El resultado era que a todos les tocaba en la práctica leer todo. La Crítica se leía por cierto como uno de los más demoledores ataques a la metafísica que reivindicaba los fueros de lo que se llamaba la teoría del conocimiento.

No nos dábamos cuenta que tan demoledor había sido el planteamiento de Kant que casi dos siglos después de la aparición de la primera edición de la Crítica, su efecto en el pensum de filosofía de los jesuitas, donde la crítica y la metafísica aparecían disociadas, como dos materias aparte. La metafísica lucía inconmovible en su presentación escolástica. Suponía que la crítica del conocimiento había desbrozado el campo.

Hoy día, la lectura de Kant es diferente. Existe la edición bilingüe alemán-español editada hace poco en Fondo de Cultura Económica con la traducción, ensayo introductorio, citas, bibliografía e índice de conceptos del profesor Mario Caimi.

Es posible cotejar, por tanto, el texto español con el original alemán. En todo caso el pensamiento de Kant que aparece en estas páginas, unas difíciles, otras provocativas, siempre luminosas, es la de un filósofo convencido de los fueros de la razón frente al ataque de los plebeyos del espíritu, ansiosos siempre de domesticar la crítica y de ponerla al servicio de la opinión mayoritaria.

Conocida es la conclusión de la Crítica: no existe ninguna certeza sobre la existencia de los tres grandes Ideas de la cultura occidental: Dios, alma y mundo. No puede haber un conocimiento racional de las cosas que estén situadas fuera de la experiencia por sublimes o sagradas que parezcan. El tribunal de la razón es implacable. Pero ello no implica la desaparición de la metafísica. En la naturaleza humana existe siempre una especie de clamor que exige el tratamiento de estos temas y que obliga una y otra vez a la pregunta sobre el origen del mundo, el sentido de la vida, la prevalencia de la libertad, la existencia de Otro. La razón por supuesto se abruma ante semejante carga. En su afán de dar respuestas satisfactorias confunde las certezas de la experiencia con las esperanzas de sentido. Kant no las niega. Pero exige al pensamiento aceptar la ausencia de certezas en el ámbito de las leyes de la naturaleza y buscar solo en el ámbito de la libertad, las certezas en el obrar humano autónomo.