Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Fin de Fiesta

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Así llaman los flamencos al número con que cierra el espectáculo de este género musical, único, ritual. Siempre en palo de bulerías, semicorcheas de tres por cuatro, aire festero, mucho jaleo, a compás distendido, la última representación es una catarsis, la liberación del nervio contenido, el ajuste desenfadado a la clavija de la tensión vital, porque los gitanos no suben al escenario a interpretar música, sino a perseguir su identidad, a dejarse la piel, a comprobar que existen.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Así llaman los flamencos al número con que cierra el espectáculo de este género musical, único, ritual. Siempre en palo de bulerías, semicorcheas de tres por cuatro, aire festero, mucho jaleo, a compás distendido, la última representación es una catarsis, la liberación del nervio contenido, el ajuste desenfadado a la clavija de la tensión vital, porque los gitanos no suben al escenario a interpretar música, sino a perseguir su identidad, a dejarse la piel, a comprobar que existen.

El flamenco lleva pasaporte español, aunque no tiene ahí su semilla, que salió de la India, se tostó con el fuego de la iracundia árabe, se perfumó con los aires elegantes del romance castellano, y se agitó con la pasión andaluza, para echar raíces en el triángulo del duende -ese caprichoso celador del arte que atisbó Lorca-, cuyos vértices son el Puerto de Santa María, Jerez y Cádiz. Peregrinaje que tomó acentos -¿o los dejó?- en el cante que cruza el Bósforo -intersección de todas las culturas- desde los minaretes islámicos, en los ritmos argelinos a orillas del Mediterráneo, en la misa flamenca oficiada en la Catedral de Sevilla, en el blues con que en el Norte los afroamericanos conjuraban la discriminación.

Desde Cádiz embarcó a América, se emborrachó de ron al llegar a Cuba, arrebatando la rumba en su paso hasta los Andes, ahumando sus notas con tabaco, quebrándose la voz bajo el peso de una vasija de barro, en cuyo vientre llevaría de vuelta -antes de convertirla también en instrumento de percusión-, junto con el lamento de la historia, un cajón peruano y el legado afroamericano al Sur, el tsangue, que Gardel refinaría y llevaría a París y a sus salones de postín como tango argentino, y la Niña de los Peines interpretaría en su vertiente más arrabalera, con los lances y desplantes de los alberos sevillanos, haciendo quites al toro: tango flamenco.

El flamenco es historia de mestizaje y su síntesis, demostración viva de la riqueza que resulta del cruzamiento cultural. No tiene pasaporte de origen ni visa de destino, y aunque la trashumancia es el rasgo infausto de los gitanos, es también la angustia ancestral que origina una de sus más bellas expresiones. Arraigo y ubicuidad, hambre y arte, tragedia y gloria, son los extremos que mantienen en tensión las cuerdas de la vida, las mismas que hacen la música de la corrida taurina, estatua de luces expuesta a una embestida de sombras, lance desmayado al encuentro de la turbulencia, galope encelado en la despaciosidad de una muleta, quietud ante el vértigo de la muerte. Y al final, sí, la muerte, que en ella empieza y se renueva la vida; silencio, para escuchar la música, la que surge de la misteriosa combustión vital de los opuestos.

Estrella Morente, gitana, dueña de las almas del Albaicín granadino, y por unas horas también de las estrellas de Quito, cuyo frío desafió una noche serrana, cortando el silencio conmovido de la Plaza Belmonte, daba muletazos por soleares al toro de su marido, templando la embestida con la historia de esta ciudad tan mestiza como su voz. ¡Demasiada belleza como para dejarla morir a manos de los enemigos de la libertad! El Fin de Fiesta no ha llegado.