Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Fin

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

El fin de semana fui con mi hijo a la biblioteca de Santiago. A sus tres años y ocho meses de edad siento que estoy consiguiendo traspasarle el placer y el descubrimiento de mundos nuevos que genera la lectura. Y lo hago a contramano de las tendencias, cuando su e-book contendrá más textos y posibilidades que la biblioteca. No sé a santo de qué, tiene una predilección por los dinosaurios. Después de varios intentos por tópicos más suaves -o, en mi parecer, propiamente infantiles- arribamos a la sección paleontológica, en la que me pidió le leyera el detalle de un texto lleno de dinosaurios en la carátula y el título “Triásico”.

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El fin de semana fui con mi hijo a la biblioteca de Santiago. A sus tres años y ocho meses de edad siento que estoy consiguiendo traspasarle el placer y el descubrimiento de mundos nuevos que genera la lectura. Y lo hago a contramano de las tendencias, cuando su e-book contendrá más textos y posibilidades que la biblioteca. No sé a santo de qué, tiene una predilección por los dinosaurios. Después de varios intentos por tópicos más suaves -o, en mi parecer, propiamente infantiles- arribamos a la sección paleontológica, en la que me pidió le leyera el detalle de un texto lleno de dinosaurios en la carátula y el título “Triásico”.

El libro era un compendio de los grandes saurios que poblaron el planeta en el periodo que abarca entre 250 y 200 millones de años atrás. Entonces, la tierra firme (llamada Pangea) estaba físicamente unida, como si se tratara de una sola, grandísima isla, rodeada por un gigantesco océano. En ese suelo y océano se desarrollaron las primeras grandes formas que dominaron el planeta. Me llamaron la atención no tanto las dimensiones de las bestias sino lo parecidas que eran algunas a sus versiones modernas, como las tortugas, los escualos y una suerte de tigre.

El texto también hacía un resumen de las etapas terrestres y los animales que las poblaron. Por suerte, mi hijo no me ha preguntado por qué no hay dinosaurios actualmente. Le tendría que explicar su extinción, con una lectura profusa acerca de las diversas hipótesis. O llegaría, de plano, a ese lugar común que habla de un meteorito que acabó con los dinosaurios pero no con la vida en el planeta.

Curiosamente, esta semana vi las hermosas imágenes de Tutatis, un asteroide de 5 km de extensión, que pasó cerca de nosotros. La Nasa mostró detalles inéditos de un gigante cuyo abrazo dejaría una huella de la que ninguno de nosotros podría comentar. Me imagino que uno de esos mensajeros celestiales provocó la escisión del planeta para formar la Luna, el fin de los grandes saurios y algún que otro cambio importante. Pero es difícil imaginar que hay una fecha estimada de abrazo directo de estas visitas. Como los parientes políticos y los cobradores, llegan sin avisar. Lo que permanece es esa tendencia de la vida a reaparecer adaptada a las nuevas circunstancias. Y eso es bueno. Más allá de que ninguno de nosotros quisiera que millones de años después, un texto de biblioteca muestre imágenes de la extinta raza humana.

Lo que me complica es que, llegado el momento, mi hijo me preguntará por otras especies que se extinguen ahora. Y se dará cuenta que sus congéneres son tan devastadores como un asteroide. Me preocupa que tenga que hablar en pasado de los Polos y que me reclame por la falta de agua dulce y de riego derivada de la extinción de los glaciares. Cuando entre en razón y comprenda la historia antigua y reciente, no sé qué respuesta darle por el irracional despropósito con que los humanos construimos algo parecido a un día del fin.