Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Extremos de la vida

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

En el Madrid de comienzo de los años cincuenta del pasado siglo, Dionisio Ridruejo descubre de improviso la invasión de luz con que se anuncia en la capital española la llegada de la primavera estallante y sin anuncio. No dura mucho la revelación, –un día quizás–, pero es suficiente para transformar la vida: el día se vuelve de oro puro y mariposas y la felicidad se proclama en el rostro de las mujeres que parecen recién nacidas, recién despiertas del sueño invernal que las había tenido enterradas en lana. Pero Ridruejo no pretende en prosa hacer una evocación del Madrid de aquel lejano rimero de días señalados con piedra blanca, excitantes a la felicidad. Si algún privilegio tiene ese día de primavera es el de resucitar a los muertos. A los muertos que por supuesto, evocan esa eclosión de luz y de felicidad. La felicidad, recuerda Ridruejo, extrovierte mientras el dolor encoge y cierra.

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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En el Madrid de comienzo de los años cincuenta del pasado siglo, Dionisio Ridruejo descubre de improviso la invasión de luz con que se anuncia en la capital española la llegada de la primavera estallante y sin anuncio. No dura mucho la revelación, –un día quizás–, pero es suficiente para transformar la vida: el día se vuelve de oro puro y mariposas y la felicidad se proclama en el rostro de las mujeres que parecen recién nacidas, recién despiertas del sueño invernal que las había tenido enterradas en lana. Pero Ridruejo no pretende en prosa hacer una evocación del Madrid de aquel lejano rimero de días señalados con piedra blanca, excitantes a la felicidad. Si algún privilegio tiene ese día de primavera es el de resucitar a los muertos. A los muertos que por supuesto, evocan esa eclosión de luz y de felicidad. La felicidad, recuerda Ridruejo, extrovierte mientras el dolor encoge y cierra.

No deja de ser notable que Dionisio Ridruejo identifique este Madrid renaciente con la figura de José Ortega y Gasset. Ridruejo como se sabe, fue, iniciada la Guerra Civil Española un falangista, cuyo destino político se alteró por el fusilamiento de José Alfredo Primo de Rivera. Desde el comienzo las relaciones de la Falange con el régimen de Franco no fueron buenas aunque luchasen como aliados en las batallas de la guerra. Terminado el conflicto, por lucidez política, por desconfianza, el joven Ridruejo prefirió tomar distancia del franquismo y optar por una salida heroica pero necesaria para su armonía personal: formar parte de la División Azul que marchaba a combatir junto con las fuerzas alemanas a la Rusia de Stalin.

Nada más lejano a él pues en apariencia que el liberal Ortega, demasiado crítico y distante frente a la República pero también demasiado sospechoso de agnosticismo y ateísmo para la España franquista.

Solo que la historia de Ridruejo es la historia de una larga conversión hacia la democracia. A su regreso de Rusia comenzó a criticar al régimen franquista por su autoritarismo, su intolerancia intelectual, el aumento cada vez más generalizado del espíritu aborregado de sus líderes y por las señas crecientes de corrupción que inevitablemente siguen a todo autoritarismo. Frente a la inteligencia crítica de un Serrano Súñer que ponía en duda las dotes mesiánicas del Jefe, se premiaba la incondicionalidad de un Arrese y de otras figuras que se inclinaban ante los dictados de Franco. Los <> del partido…se acomodaban de inmediato.

A los meses de regreso del frente ruso, Ridruejo renunció a la Falange y poco después fue internado para iniciar una larga vida de persecución pero también de lucha por la libertad democrática. Poeta desde su juventud, Ridruejo sufrió en carne propia también la represión intelectual. …Se prohibió la publicación de tres libros míos de poesía que estaban en prensa y se le prohibió al jurado del viejo Premio Nacional de Literatura concedérmelo como era su deseo.

Por eso el encuentro con Ortega fue gratificador, no esquivo en el Madrid luminoso y provocador del 53.