Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Constitucionalismo mágico

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

En estos curiosos y a veces extenuantes tiempos de “copy – paste” (entre nosotros, una forma técnica de aludir al plagio, nombrándolo como corresponde, en lingua franca), la experiencia de que lo que se está viviendo no es más que la repetición de una escena que ya se vivió en el pasado, es abrumadora. Una especie de retorno al pasado. Tiene mucho de razón el autor de la frase, el periodista Danilo Arbilla al resumir lo sucedido en Venezuela la semana pasada como “Constitucionalismo mágico”. Asumir su título no significa sin embargo identificarse ni con lo que plantea en el artículo ni por supuesto con sus análisis de lo que ocurre en América Latina.

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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En estos curiosos y a veces extenuantes tiempos de “copy – paste” (entre nosotros, una forma técnica de aludir al plagio, nombrándolo como corresponde, en lingua franca), la experiencia de que lo que se está viviendo no es más que la repetición de una escena que ya se vivió en el pasado, es abrumadora. Una especie de retorno al pasado. Tiene mucho de razón el autor de la frase, el periodista Danilo Arbilla al resumir lo sucedido en Venezuela la semana pasada como “Constitucionalismo mágico”. Asumir su título no significa sin embargo identificarse ni con lo que plantea en el artículo ni por supuesto con sus análisis de lo que ocurre en América Latina.

En algo más tiene razón Arbilla. Le resultan ociosas las interminables argumentaciones jurídicas para discutir la legalidad de lo sucedido en Venezuela el 10 de enero pasado. Por premeditación consciente, por torpeza o por espontaneidad de los nuevos tiempos, se ha mostrado el origen del derecho: la violencia, como dijeron hace casi un siglo Carl Schmitt y Walter Benjamin. También el réquiem del positivismo jurídico añaden algunos expertos, que basaba la legitimidad en la legalidad del cumplimiento de los formalismos vigentes. Preocupado, Alfredo Rangel recuerda en su artículo aparecido en la revista Semana, que fue el propio Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela el que sentenció que “el acta de juramentación del jefe de Ejecutivo estatal constituye una solemnidad imprescindible para la asunción de la magistratura estatal y, por tanto, condiciona la producción de los efectos jurídicos de unas de las funciones esenciales de los entes políticos territoriales”. Pamplinas, dicen los jefes de los poderes venezolanos. Se trata del caso en que un presidente es elegido por primera vez. No en el caso del presidente Chávez que simplemente continúa su mandato…

El presidente Chávez puede gobernar a distancia. ¿No es acaso la mejor interpretación de la tesis de “Understanding Media” del olvidado Marshall Mcluhan? El secreto del éxito consiste en no decir nada concreto sobre su estado de salud. Todo puede pasar: desde el retorno imprevisto del líder nuevamente fortalecido o la espera sin término de su recuperación siempre y cuando no signifique ausencia temporal definitiva. Hasta tanto misas, oraciones, plegarias, santones y cultos a la naturaleza. Cultos precristianos e invocaciones según el más ortodoxo rito católico. Chamanes y curas mezclados en igual propósito. Todos los creyentes y todas las religiones. ¿Pero no es que en realidad los latinoamericanos hemos sido siempre sincretistas y adorado a la vez a varios dioses? Solo las ilusiones de la Modernidad, mal trasplantadas a nuestro patio, pudieron hacer creer en religiones marcadas por la racionalidad, incontaminadas por otras creencias.

Lo sucedido en Venezuela impone recuerdos y preguntas. ¿No ganaban siempre las elecciones los caudillos de la primera mitad del siglo XX? Teósofos, masones, católicos practicantes, ateos. Lo decisivo: amigo o enemigo del caudillo.

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.