Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Infieles

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

La candidatura del pastor Zavala, tal como quedó plasmada en la entrevista con HOY de la semana pasada y en varias declaraciones públicas, revela que el emerger de fanatismos religiosos es un fenómeno global, que no se restringe al reduccionismo que apunta al mundo “árabe” sino a todas las expresiones fundamentalistas que dicen apropiarse de un mensaje divino desde una literalidad y una supuesta altura moral que no contempla objeciones, disonancias y otras visiones de la vida en sociedad, porque hacerlo sería participar del “pecado”.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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La candidatura del pastor Zavala, tal como quedó plasmada en la entrevista con HOY de la semana pasada y en varias declaraciones públicas, revela que el emerger de fanatismos religiosos es un fenómeno global, que no se restringe al reduccionismo que apunta al mundo “árabe” sino a todas las expresiones fundamentalistas que dicen apropiarse de un mensaje divino desde una literalidad y una supuesta altura moral que no contempla objeciones, disonancias y otras visiones de la vida en sociedad, porque hacerlo sería participar del “pecado”.

Desde la visión de una religiosidad extrema, la política presupone la tensión entre fieles e infieles que, en la óptica de los primeros, se traduce en un intento por normar la sociedad desde el Gobierno y las leyes, de enderezar las conductas de los segundos, y de convertirse en una suerte de ejemplo a seguir que no puede ser cuestionado. Como bien lo señala Christopher Hitchens en su excelente libro Dios no es bueno, las expresiones religiosas más literales conducen a una visión acrítica de la vida en general (ciencia, cultura y un largo etcétera), y de la vida en sociedad en particular, sobre todo en la relación religión-Estado. Las teocracias de todo color y sabor son un buen ejemplo de que los intentos por instaurar un paraíso terrestre desde la esfera pública se traducen en aberraciones sociales que atentan contra los principios fundamentales de una democracia. Sobre todo cuando juzgan y usan el poder estatal desde el espacio de su comprensión inapelable del mensaje divino.

Lo curioso es que estas manifestaciones político religiosas aterrizan en los mismos lugares comunes. Los aspectos de las políticas públicas son observados con el tamiz religioso. Desde la dación de preservativos para el control de las enfermedades de transmisión sexual, pasando por las normas de vestir, comportarse, trabajar o formar el hogar que deben tener las mujeres (donde las normas de índole religioso atentan contra sus derechos de autodeterminación), la aplicación de vacunas infantiles (grupos musulmanes se opusieron a la vacunación contra la polio por tratarla de una “treta cristiana”) y los contenidos de los pénsum de estudios (con los creacionistas norteamericanos a la cabeza) hasta llegar al deseo de corregir cualquier tipo de desviación (por ejemplo, eliminando a miembros de otras creencias), con una dureza que extremece por su inquina y desproporción. En la discusión sobre la moral y las buenas costumbres que los fieles quieren instaurar, la sexualidad cobra una dimensión especial, convirtiéndose muchas veces en el centro del debate. La imposibilidad de divorcio, la penalización de la homosexualidad y la mutilación genital femenina son ejemplos de los extremos a los que se puede llegar.

En las sociedades modernas la “fidelidad” es de cada individuo con su consciencia y con el respeto a los derechos del resto. Ese compromiso genera democracia. Y preserva de los fanatismos de todo tipo.