Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Rezo por vos

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Francisco, con su nombre y actitudes iniciales, quiere representar ese cambio fundamental y necesario. Cualquiera que haya visto la película Elefante blanco (2011) sabe lo que significa el trabajo de los curas “villeros” en las barriadas pobres bonaerenses, en donde la marginalidad la configuran un crisol de migrantes y argentinos unidos por su indefensión y el acoso de la droga. Allí los sacerdotes son la única referencia coherente en medio de la locura de la inexistencia del Estado y el desasosiego de un estado de guerra –la de la supervivencia- permanente. Bergoglio, en mensaje y presencia, significó una Iglesia en la calle, compartiendo con los pobres su pesar y devolviéndoles la dignidad de hijo del Dios cuya imagen nos devolvió el santo de Asís.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El Papa Francisco, sus gestos, su sonrisa e historia de compromiso con los más pobres, amén de su argentinidad, me recordó la canción de Charlie García y Spinetta: “La indómita luz /se hizo carne en mí/ y lo dejé todo por esta soledad. /Y leo revistas /en la tempestad /hice el sacrificio /abracé la cruz al amanecer./ ….Y curé mis heridas /y me encendí de amor/ Y quemé las cortinas /y me encendí de amor, de amor sagrado. /Y entonces rezo./ Rezo por vos.”

La canción es una mundana aproximación al amor pero desde la analogía con una espiritualidad vinculada a los gestos, al retorno a la cruz, al amor sagrado. Es la vuelta a lo trascendente desde el camino con los pies en la tierra de las pequeñas cosas, de lo aparentemente nimio. Esta cotidianidad nos puede devolver a lo esencial. Un viaje en el bus, una cama sencilla, un mate con los demás puede transformarse en una oración que nos enlaza con el resto de forma distinta. Esos detalles son  una excelente oportunidad para entender que la oración, sin acciones o sin formar parte de las cosas de todos los días, con una actitud militante para con los que más necesitan, no tiene sentido.

La Curia romana se había convertido en la hoguera de las vanidades del siglo XXI. No es una novedad en una institución de dos milenios de antigüedad, pero es grave en esta época en la que el ojo del Gran Hermano global mira a cada instante, saca conclusiones y toma decisiones, como la desvinculación religiosa. La nefasta combinación entre una estructura compleja de poder y la autorreferencia, sumado a centenarias prácticas patéticas como la reubicación y encubrimiento de curas pedófilos,  y el descubierto turbio manejo de dinero, requiere un giro de timón que devuelva a la Iglesia a su razón de ser: como madre y maestra del mensaje crístico del amor al otro, desde la pobreza y hacia los pobres.

Francisco, con su nombre y actitudes iniciales, quiere representar ese cambio fundamental y necesario. Cualquiera que haya visto la película Elefante blanco (2011) sabe lo que significa el trabajo de los curas “villeros” en las barriadas pobres bonaerenses, en donde la marginalidad la configuran un crisol de migrantes y argentinos unidos por su indefensión y el acoso de la droga. Allí los sacerdotes son la única referencia coherente en medio de la locura de la inexistencia del Estado y el desasosiego de un estado de guerra –la de la supervivencia- permanente. Bergoglio, en mensaje y presencia, significó una Iglesia en la calle, compartiendo con los pobres su pesar y devolviéndoles la dignidad de hijo del Dios cuya imagen nos devolvió el santo de Asís.

El Papa busca recuperar esa imagen. Será una tarea titánica pero cuando la opción por la pobreza da una riqueza de espíritu enorme, es posible imaginar que esa fe moverá la montaña más difícil. Antes que darla, Francisco pidió una bendición a su comunidad. Nos toca manifestarla en forma de oración y acciones consecuentes.