Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Este ha sido un periodo distinto para el catolicismo. Más allá de la renovación espiritual que supone la Semana Santa, el envión anímico que trajo Francisco ha hecho del periodo pascual un buen momento para reflexionar sobre el sentido del catolicismo en el mundo de hoy y la capacidad que tiene una institución bimilenaria para repensarse y rehacer sus cimientos.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Este ha sido un periodo distinto para el catolicismo. Más allá de la renovación espiritual que supone la Semana Santa, el envión anímico que trajo Francisco ha hecho del periodo pascual un buen momento para reflexionar sobre el sentido del catolicismo en el mundo de hoy y la capacidad que tiene una institución bimilenaria para repensarse y rehacer sus cimientos.

Es curioso que en el “año de la Fe” instaurado por Benedicto XVI, la posibilidad de reencantarse con una creencia es cada vez más difícil en un periodo histórico marcado por la secularización, la preeminencia del pensamiento científico, la presencia todopoderosa de la tecnología, el arribo efectivo de la aldea global y la “idea” de que el capitalismo salvaje es la herramienta clave para el desarrollo económico y la superación de la pobreza por la vía del chorreo.

Estos signos de los tiempos conllevan un conjunto de valores frente a los que cualquier religión se enfrenta como representación de otro conjunto valórico. El choque provoca daños obvios. Y máximo cuando el halo de secretismo institucional queda expuesto en su cara más oscura –con los casos de abusos a niños y jóvenes, con los manejos turbios de dineros, con la impronta más política que pastoral por parte de la jefatura de la curia-, entrando en una contradicción vital que debilita a la institución Iglesia y al eje valórico que dice representar frente a la contingencia.

Sin querer hacer una apología de Francisco, creo que sus palabras, sus antecedentes y sus gestos llanos, cercanos y sencillos, pidiendo que “los pastores huelan a oveja” y evidenciando una actitud en donde la idea de comunidad de base es el norte, me parece que devuelven a la Iglesia al origen de sus fundamentos. En este sentido, tal como lo señalan varios historiadores, en sus albores el cristianismo se pudo desarrollar con dos ejes que le dieron sentido: la idea de una mancomunidad, entendida como una comunidad solidaria entre sus miembros –lo que representó una aproximación a un sistema de protección social exitoso en medio de un imperio en donde la consigna era el individualismo extremo- y la posibilidad de pertenecer a una comunidad de iguales.

Si bien el curso de la historia ha posibilitado que el Estado secular haya podido desarrollar esas dos premisas desde los sistemas de protección social y la democracia en los Estados de derecho, es distinto cuando estas ideas forman parte de una visión más profunda, que mira a la comunidad global y predica con el ejemplo. Francisco permite abrigar esperanzas de que una fuerza renovadora insufle a la Iglesia católica. Esta renovación estaría anclada en sus fundamentos de origen y estaría representada por una cabeza que parece encarnar esos fundamentos honestamente. La llegada de Francisco ha generado un efecto cuestionador en cada católico, que le llevan a mirarse a sí mismo y a mirar a su Iglesia con unos ojos distintos. Esperemos que también nos impulse a actuar en consecuencia.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en el diario HOY.