Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Lecciones de la oveja Dolly

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

La igualdad no funciona ni en las familias. Difícilmente se puede encontrar en el mundo real, ese mundo tan distinto al que imaginan los sociólogos y los teorizadores librescos -que no hay que confundir con los lectores que reflexionan- otro espacio social como la familia, donde se aplique tanto como sea posible la igualdad: todos los hijos van al mismo colegio, maman del mismo seno, se nutren del mismo ejemplo, se forman bajo las mismas reglas y valores, perciben la misma mesada, viven bajo las mismas fronteras de la economía y cultura familiares, visten parecido y hasta la genética los predispone para ciertas habilidades o defectos comunes. A pesar de tanta base de igualdad, sin embargo, cada hijo de la vida termina andando su propio camino.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


Publicidad

La igualdad no funciona ni en las familias. Difícilmente se puede encontrar en el mundo real, ese mundo tan distinto al que imaginan los sociólogos y los teorizadores librescos -que no hay que confundir con los lectores que reflexionan- otro espacio social como la familia, donde se aplique tanto como sea posible la igualdad: todos los hijos van al mismo colegio, maman del mismo seno, se nutren del mismo ejemplo, se forman bajo las mismas reglas y valores, perciben la misma mesada, viven bajo las mismas fronteras de la economía y cultura familiares, visten parecido y hasta la genética los predispone para ciertas habilidades o defectos comunes. A pesar de tanta base de igualdad, sin embargo, cada hijo de la vida termina andando su propio camino.

Y el camino termina siendo único para cada cual porque tal es la naturaleza humana. A edad temprana, cuando la propia identidad todavía es escurridiza, los jóvenes -no todos- buscan reflejar los convencionalismos, se suben rápidamente a las modas o se rebelan -que también es una forma de moda-. Ahí se los ve como cortados por el mismo peluquero, ataviados por el mismo sastre y gesticulando como autómatas esos protocolos cool de intercambio, hechos de frases prefabricadas, de acrónimos, de anglicismos, de “emoticons”, esos íconos que ya no solo comunican el estado de ánimo, sino que hasta lo suplantan. Claro, en la era del chateo digital y de la compresión y comprensión de los mensajes a la dimensión de caca de pajarito -twits en la jerga-, distinguirse por la caligrafía o el estilo no solamente es tecnológicamente imposible, sino un desatino cultural.

Pero a medida que las personas evolucionan, se descubren a sí mismas, ya no quieren parecerse a nadie más, salvo que resientan su propio descubrimiento, que rechacen lo que ven en el espejo profundo y preferan la comodidad de mimetizarse con la masa y diluir sus deficiencias en el vestido colectivo de la comparsa. Por contraste, quienes hallan su identidad y su destino, se escriben su propio guión y se dan al cumplimiento de su misión, única e irrepetible. El ser humano no se realiza en la igualdad sino, muy por el contrario, en la diferenciación, en el afianzamiento de su personalísima razón de ser. Lo demás son rebaños llenos de ovejas Dolly, individuos reducidos a clones. Emoticons.

Esta búsqueda incansable por definir y refinar la propia identidad, por moldearla del modo más original posible, es la aspiración más honda del ser humano, la que apenas alcanzada se plantea evolucionar más y así sucesivamente en una espiral de superación sin fin. Es el plus ultra del que tanto reflexionó Víctor Frankl, la energía vital que les permitió a él y a sus compañeros de infortunio impedir que el encierro físico en un campo de concentración aprisionara también su libertad interior. Cuando la igualdad deja de ser un punto de partida y quiere transformarse en programa, en destino, cuando deja de ser un medio para convertirse en fin social, desconoce la esencia del ser humano y su necesidad vital de diferenciarse. Por ello los igualitarismos no le van a los hombres libres. Ah, y Dolly no da lecciones, es un clon.

* El texto de Bernardo Tobar ha sido publicado originalmente en el diario HOY.