Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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El fin de la democracia venezolana… ¿o el principio?

Héctor Yépez Martínez
Guayaquil, Ecuador

Con ese apretado resultado, Nicolás Maduro se autoproclama Presidente sin ninguna legitimidad política. Y digo que se autoproclama porque su “victoria” es bendecida por una autoridad electoral que se debe al propio chavismo. Legitimada por una fiscal general igualmente chavista. Defendida por el presidente chavista en un Legislativo que ahora niega el derecho de palabra a la oposición, luego de partirle la cabeza a un diputado. Y porque la única justicia a la que Capriles podría recurrir para defender a la mitad de toda la votación de Venezuela, también está secuestrada por el chavismo. Se trata de un sistema que cierra filas para defender a su propio candidato. Lo que el pueblo haya decidido, al fin y al cabo, les tiene sin cuidado. Mal que bien, antes Chávez procuraba guardar mínimas apariencias. Al menos vistió con respaldo popular su destrucción metódica de las instituciones democráticas. Hoy Nicolás Maduro ha perdido la vergüenza.

Héctor Yépez Martínez
Guayaquil, Ecuador


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Algunos han defendido hasta ahora el modelo chavista de Venezuela como una “democracia” bajo dos miopes argumentos. El primero: que Venezuela es democracia porque el pueblo elige su gobernante. El segundo: que es democracia porque su gobierno beneficia a la gran mayoría. Ambos argumentos siempre fueron falsos, pero hoy han terminado de desmoronarse con este último proceso electoral, en el que Nicolás Maduro —candidato chavista— ha sido proclamado vencedor por la autoridad electoral —también chavista— en medio de serias dudas que han desembocado en una ola vandálica de violencia política.

El primer argumento cae en la trampa del electoralismo, que confunde “democracia” con “elecciones”. En su nivel más básico, la democracia es un sistema político donde los ciudadanos tienen derecho no solo a elegir a sus mandatarios, sino también a ser elegidos en condiciones de igualdad. Parte de ello ocurría en la Venezuela de Hugo Chávez: los venezolanos podían elegir. Pero no todos los venezolanos podían aspirar a ser elegidos. No en condiciones de justicia y equidad, cuando toda la maquinaria estatal es ilegítimamente puesta al servicio de la promoción electoral del “candidato” en el poder.

El segundo argumento confunde la estructura de una democracia con los efectos de un gobierno. Muchos creen que un sistema es más o menos democrático según el número de gente que se beneficie por su administración. Nada más falso. Una monarquía o una dictadura pueden gobernar para las grandes mayorías. Y eso puede ser muy bueno, pero no por ello dejan de ser monarquía y dictadura. La diferencia con la democracia radica en la posibilidad de que esas mayorías puedan decidir su propio destino. O en la existencia de la libertad política garantizada como derecho de todos los seres humanos.

Hoy la situación de Venezuela empeoró con Maduro. Las anteriores falacias ya ni siquiera pueden disimular la autocracia que pretende, con las completas, imponer el sucesor de Chávez. Con estas elecciones, ni se ha respetado el derecho a elegir de los venezolanos, ni se puede decir que hoy la inmensa mayoría se siente beneficiada por el gobierno. Hay tan solo alrededor de 235 mil votos de diferencia con el opositor Henrique Capriles. Así dicen las autoridades. La verdad —ya que esas autoridades se rehúsan a recontar los votos— nunca la sabremos.

Con ese apretado resultado, Nicolás Maduro se autoproclama Presidente sin ninguna legitimidad política. Y digo que se autoproclama porque su “victoria” es bendecida por una autoridad electoral que se debe al propio chavismo. Legitimada por una fiscal general igualmente chavista. Defendida por el presidente chavista en un Legislativo que ahora niega el derecho de palabra a la oposición, luego de partirle la cabeza a un diputado. Y porque la única justicia a la que Capriles podría recurrir para defender a la mitad de toda la votación de Venezuela, también está secuestrada por el chavismo. Se trata de un sistema que cierra filas para defender a su propio candidato. Lo que el pueblo haya decidido, al fin y al cabo, les tiene sin cuidado. Mal que bien, antes Chávez procuraba guardar mínimas apariencias. Al menos vistió con respaldo popular su destrucción metódica de las instituciones democráticas. Hoy Nicolás Maduro ha perdido la vergüenza.

 Aun así, hay buenas noticias: éste parece ser el principio del fin. A pesar de las circunstancias, el escenario actual es prometedor. Una victoria de la oposición habría sido suicida: difícilmente Capriles hubiera podido gobernar con los demás estamentos del Estado bajo el control del chavismo. Y, lo más grave, si las desastrosas políticas económicas de Venezuela terminaban de reventar durante el gobierno de Capriles, entonces los chavistas hubieran regresado seis años después para “salvar la patria” al son de los trinos mesiánicos del Comandante.

 El fuerte olor a fraude electoral, la consolidación de la figura nacional de Capriles, la pésima candidatura de Maduro, son las mejores cartas que la oposición se lleva de esta elección para ganar espacios legislativos y seccionales antes de volver a la contienda presidencial, que se librará, probablemente, luego de que el régimen bolivariano haya implosionado entre la ineficiencia, la corrupción, el autoritarismo y las luchas internas por el poder.

 Estamos atestiguando el fin de la autocracia chavista. De la oposición depende si en su gobierno atestiguaremos el comienzo —que, por cierto, no es retorno— de la democracia venezolana.

 Publicado originalmente en el blog www.realidadecuador.com