Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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¿“Caracazo” o primavera democrática?

ABC Color
Asunción, Paraguay

Quiérase o no, la suerte de la nación venezolana pasa por la incógnita del partido que inexorablemente se verá obligado a tomar, tarde o temprano, el Ejército “forjador de libertades” de Bolívar.

ABC Color
Asunción, Paraguay


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La nación venezolana, tras 14 años en las garras de la autocracia chavista, se encuentra en estos momentos en la contracorriente de un cambio inexorable. La reñidísima puja electoral entre Henrique Capriles y Nicolás Maduro, tramposamente decidida a favor de este último por los chavistas en el poder electoral venezolano, es una bola de cristal en la que la nomenclatura bolivariana marxista puede atisbar señales de su próximo fin. Tras el fraude electoral perpetrado por el oficialismo bolivariano, el pueblo venezolano está clamando por el retorno a la normalidad institucional, con una firmeza que hace presumir no retrocederá en sus exigencias, y que está dispuesto a desafiar al régimen con una revuelta popular semejante a las protagonizadas por las naciones árabes que pusieron fin a las dictaduras sultanísticas que las oprimían desde larga data.

Las hordas bolivarianas conducidas por sus agresivos ideólogos, Maduro, Jauá, Cabello y otros en forma violenta, han tomado el control político de la República con la siniestra finalidad de impulsar una segunda ola de regresión autoritaria, esta vez del “chavismo sin Chávez”, destinada a completar la destrucción de la sociedad democrática venezolana, creando un sistema político dictatorial y estéril, como el de Cuba, económicamente sustentado por el petróleo del pueblo venezolano, que en la actualidad representa el 96 por ciento del ingreso de dólares del país. Pese a la desesperante situación económica de Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro está decidido a mantener la ligereza socialista de su antecesor, tirando dinero a todos los problemas, en el engaño de mantener el “boom” económico que cimentó la popularidad del extinto líder socialista bolivariano.

El chavismo sin Chávez ha sobrevivido, pero la confianza y la seguridad de que gozaba el régimen se ha resquebrajado severamente. Por el tiempo en que se produjo el fallido intento de golpe de Estado contra el gobierno de Hugo Chávez y el boicot de los gerentes de PDVSA contra la producción petrolera, Venezuela producía 3.100.000 barriles de petróleo diarios y exportaba 2.700.000 barriles diarios, cumpliendo con la cuota fijada por la OPEP. Actualmente, PDVSA produce apenas 1.500.000 barriles diarios, en tanto que las petroleras extranjeras consorciadas con ella que ganaron licitaciones en el proceso de apertura petrolera producen 1.000.000 de barriles diarios. De los 2.500.000 barriles diarios producidos en total, Venezuela exporta 1.900.000 barriles diarios.

Chávez puso a circular miles de millones de dólares, como parte del gasto social e improductivo, provocando una catastrófica inflación, pese a mantenerse alto el precio internacional del petróleo. De su menguada producción petrolera, Venezuela suministra a Cuba 100.000 barriles de petróleo diarios y otro tanto a Nicaragua y el grupo de naciones que componen PetroCaribe (Bolivia, Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Antigua y Barbuda, Dominica, San Vicente y Granadinas, liderados por Venezuela), la alianza fundada por Hugo Chávez en diciembre de 2004 y cuyas economías, para sobrevivir, dependen del suministro de petróleo venezolano medio gratis, a precio subsidiado o en trueque por “servicios”.

El panorama económico de Venezuela es trágico, por lo que puede vaticinarse que la economía nacional está en caída libre. La frustración del pueblo venezolano sube de punto al comprobar en carne propia la irónica contradicción de que, mientras el petróleo que les pertenece va a tapar agujeros económicos de otros países, ellos se ahogan en la miseria. Hugo Chávez tenía el delirio de imaginar que con el petróleo del pueblo venezolano él podía crear una gran potencia económica y política, no solamente para restablecer la Gran Colombia, considerada la obra inconclusa de Bolívar, sino también liderar, conjuntamente con Brasil, el resto de Latinoamérica. A tal efecto apoyó con la fuerza de sus petrodólares la creación de organismos regionales tales como Unasur, Celac, ALBA, PetroCaribe, y se obstinó en ingresar al Mercosur con el férreo apoyo de los presidentes de Brasil, Argentina y Uruguay, cuya voluntad política compró mediante inversiones financieras directas, preferencias comerciales y compra de bonos soberanos de deuda pública, en particular, de los dos últimos países citados.

Este tipo de situación absurda que se da con los países de nuestra región generalmente termina en una de dos formas: una revuelta popular al estilo de la “Primavera Árabe” del año 2011, que provocó la caída de las vetustas dictaduras sultanísticas de Egipto, Libia y Túnez; o la otra, que la encubierta dictadura instalada por la vía de hecho sea transformada por la nomenclatura gobernante en una abierta dictadura de “derecho”, mediante la disolución del Congreso, el cierre de los medios de comunicación no afines al régimen, el encarcelamiento de los líderes políticos opositores más prominentes, persecuciones políticas y exilios, culminando con la consabida proclamación de un Estado marxista-leninista al estilo de Cuba.

En casos de crisis como la que vive en el presente Venezuela, el factor decisivo de poder que inclina el fiel de la balanza a favor del pueblo o del régimen que lo oprime son, como siempre, las fuerzas armadas. Así, en el caso del victorioso alzamiento de las naciones árabes del Cercano Oriente contra los despóticos regímenes que las mantenían sojuzgadas, las fuerzas armadas optaron por salir en defensa del pueblo, negándose a reprimirlo. Por el contrario, en el caso del “caracazo”, la serie de protestas y disturbios que tuvieron lugar en Caracas en los días 27 y 28 de febrero de 1989 contra las medidas económicas del gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez, las fuerzas armadas salieron a las calles para reprimir el alzamiento popular de los sectores más pobres de la sociedad venezolana –que fueron los más perjudicados por las drásticas medidas económicas del gobierno– con un saldo de miles de muertos y muchos más heridos, aunque las cifras oficiales dieron cuenta de solo 300 muertos y un millar de heridos.

La brutal represión militar contra el alzamiento popular por un justo reclamo afectó profundamente la moral corporativa de la institución militar, en particular a los cuadros subalternos de oficiales, que fueron del parecer de que, ya que el reclamo del pueblo era justo, tras reprimir los disturbios, el ministro de Defensa, general Ítalo del Valle Alliegro, debió haber defenestrado al presidente Carlos Andrés Pérez, principal responsable de la tragedia, haciéndose cargo del gobierno. Entre los miles de oficiales militares venezolanos profundamente disgustados con la actitud del ministro de Defensa se encontraba el entonces mayor Hugo Chávez Frías, de la brigada paracaidista del Ejército, quien dos años más tarde intentaría hacer lo que a su criterio no había hecho el general Alliegro: derrocar al presidente Pérez.

Así, pues, quiérase o no, la suerte de la nación venezolana pasa por la incógnita del partido que inexorablemente se verá obligado a tomar, tarde o temprano, el Ejército “forjador de libertades” de Bolívar.

* Editorial del diario ABC Color, de Asunción, Paraguay, publicado el 10 de mayo de 2013.