Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Mujeres, ¡ya pues!

Por Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Me temo que las mujeres salen perdiendo en la revolución, aunque parezca lo contrario. Pierden, porque el sentido de su lucha está en la valoración real de sus acciones, independientes de la calificación de un macho superior, poderoso, que les regala como una dádiva espacios de aparente poder, que solo sirven para inflar vanidades femeninas, de esas que las auténticas feministas se esmeran por enterrar.

Por Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Me temo que las mujeres salen perdiendo en la revolución, aunque parezca lo contrario. Pierden, porque el sentido de su lucha está en la valoración real de sus acciones, independientes de la calificación de un macho superior, poderoso, que les regala como una dádiva espacios de aparente poder, que solo sirven para inflar vanidades femeninas, de esas que las auténticas feministas se esmeran por enterrar.

Pierden, porque están, pero no están. Pierden, porque son, pero no son. Están en cargos de inmensa responsabilidad, de un gran poder político, pero siempre y cuando lo ejerzan con la misma autoridad con la que se imponen, en otros casos y cuando les da la gana, a hombres que tienen en el hígado a su mejor aliado y dan mucho descanso a la sensatez.

No voy a decir que las actuales autoridades de la Asamblea no tienen la capacidad de presidir una función del Estado, la más importante, porque deben tenerla, y de sobra, para esa y otras más. Si se trata de materia gris, nos dan virando.

Pero las buenas ideas hay que ponerlas en práctica. No les voy a decir que vayan a pelear con Rafael, porque finalmente le deben a él esas primeras páginas de la prensa corrupta, que les asustan, pero les gustan. Lo que estoy planteando es que todo tiene un límite. Y reconocerlo, es el gran reto de estas damas, como lo fue antes de María Paula Romo, otra guerrera de la revolución verde, que se abrió, a mi juicio muy tarde, porque entendió que Rafael, que se autocalifica de mandarina, en realidad es un mandón a tiempo completo, sin excusas, sin receso.

Y que no duda, cuando le conviene, en dejar mal paradas a las propias mujeres. A las peruanas del supermercado, por ejemplo. Con su teoría, la legítima defensa de un hombre consiste en responder, de igual a igual, la agresión de una mujer. A la primera cachetada de una mujer, está bien que el hombre se defienda a revistazos o a patadas.

¿Dónde queda, mis estimadas, esa larga lucha de ustedes para erradicar la violencia intra y extra familiar? ¿Dónde está el Cepam, centro de protección a la mujer, que tiene como su lema que lo que es con una, es con todas? Silencio absoluto.

Permítanme ser franco y decirles que creo que están siendo utilizadas. Que el Corcho ya cayó en desgracia por alzado, por contestar al mandamás, hecho el defensor de una función independiente, que hace rato ya se había entregado en bandeja de plata.

Las mujeres, en efecto, están mandando en la región. Algunas tienen el poder. Y a nosotros, ya nos toca, hace rato. Necesitamos mujeres líderes que impongan respeto y que no sean solo merecedoras de piropos. Les cuento un secreto, pero no digan que yo se los conté: los hombres, en el fondo, les tenemos miedo. Miedo de que asuman el mando, como les corresponde, en serio. Miedo de que apliquen sus ideas, esas sí, revolucionarias. Miedo de que desplacen a planos secundarios las bravuconadas, por el talento innato o forjado que rebosa una dama preparada para asumir cualquier reto. De ustedes depende.