Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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De don Eloy a don Gabriel

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Si ustedes se fijan en la lista de invitados que vinieron a la fiesta de Rafael, se darán cuenta que lo del giro político de la revolución ya es un hecho. Y los primeros en darse cuenta han sido los viejos amigos Raúl Castro, Daniel Ortega, Cristina Fernández, que brillaron por su ausencia, y hasta don Maduro, que estando aquí fue, como que no había nadie, acostumbrados como estábamos a la acaparadora presencia del festivo Hugo Chávez. Sin él, ya nada es igual.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Si ustedes se fijan en la lista de invitados que vinieron a la fiesta de Rafael, se darán cuenta que lo del giro político de la revolución ya es un hecho. Y los primeros en darse cuenta han sido los viejos amigos Raúl Castro, Daniel Ortega, Cristina Fernández, que brillaron por su ausencia, y hasta don Maduro, que estando aquí fue, como que no había nadie, acostumbrados como estábamos a la acaparadora presencia del festivo Hugo Chávez. Sin él, ya nada es igual.

Ya hubo otros mensajes poniendo la direccional a la derecha. Miren ustedes la decisión de crear un Ministerio de Comercio Exterior, con la intención de concretar los anhelados acuerdos comerciales por el que tanto tiempo esperaron los considerados impiadosos empresarios.

Llámenlos como los llamen, es lo de menos. Estos acuerdos representan la antítesis de lo que hasta hace no mucho tiempo propugnaba el recordado y bien posicionado Kintto Lucas, símbolo de una etapa soberana y reacia a someternos a esas formas de neocolonialismo. Ahí queda, todavía, más solo que nunca en sus cantos cheguevaristas, don Ricardo Patiño, resignado a recibir con cara de encanto a Felipe, hijo de un verdadero rey.

¿Una más? La ley minera, que rauda y veloz ha llegado a la Asamblea, para que, cual reloj suizo, sea despachada en los términos y tiempos decididos por Rafael, así como le gusta. Una ley que ya la hubiesen querido los gobiernos neoliberales o de derecha, de los que tanto se aborreció en los inicios de la revolución. Una ley que da gusto a las aspiraciones de las transnacionales, que, como siempre y como suena lógico, ponen sus condiciones para invertir. Con la nueva ley, van a ganar más las transnacionales y lo único que pasó es que se perdió tiempo, en ese mano a mano soberano que intentó doblarlas, cuando siempre han tenido las de ganar.

Tan apurados están todos que ni la consulta previa, obligatoria según consta en la Constitución que ellos mismos aprobaron y juraron respetar –ayer no más- la van a considerar. Ya no importa ese librito incómodo que no sirve sino para ganar elecciones, cuando el caso lo amerite. Lo importante es generar recursos, explotar la naturaleza, sacarle el máximo provecho. ¿No se les vienen a la mente otros gobiernos que más o menos repetían estas palabras? ¿La conservación íntegra del Yasuní? Ya suena como un viejo chiste.

Y lo último, la reveladora confesión de un bien escondido conservadurismo en temas religiosos. Una verdadera sorpresa, considerando que se trata de un progresista, que siempre dio espacios a los grupos minoritarios, a los que puso en planos estelares, dándoles gusto en todo lo que pidieron. Hasta ahora, en que, de pronto, les puso un freno a raya, haciéndoles ir de bruces en una carrera en la que llevaban la ventaja en este gobierno.

No sé que piensan ustedes, pero a mí me parece mucha coincidencia. Y les confieso que estoy nervioso, porque no sé que puede ser peor: si un desatado fervor por Eloy Alfaro o una reprimida y clandestina admiración por García Moreno. Que Dios nos pille confesados.

* El texto de Marlon Puertas ha sido publicado originalmente en el diario HOY.